Esperando.
Todos hacíamos cola preparados para embarcar y ella solo esperaba.
Los que tengan números del quince al treinta a la derecha, embarcarán primero, los que viajen en la fila catorce o anterior deberán esperar.
Mientras se formaban las filas ella esperaba, ahí sentada, haciendo nada. Se habían olvidado.
Solo era hueso. Es lo único que tenía, hueso. Algún operario de la cadena de montaje de Dios había tenido el detalle de colocarle una fina capa de piel. Piel azul. A tiras. Un trabajo chapucero, desganado,tardío; como si hubiera tenido prisa por irse a casa.
El pelo, hecho de estropajo, comenzaba por detrás del final de la frente, casi a mitad de la cabeza. Era rubio. O blanco. No recuerdo bien, aunque seguro era pálido y en todo caso era un pelo muerto.
Operarios fosforescentes pasaban de aquí para allá y ninguno se paraba con ella. Se habían olvidado, pero ella esperaba.
La fila comenzó a avanzar, lentamente, mientras los primeros pasajeros intentaban mantener el abrigo, la maleta, el billete y el DNI solo con las dos pobres extremidades de las que disponían.
Sus ojos azules miraban asustados como los de un bebé. De vez en cuando se quedaban paralizados en algún punto determinado, mas o menos aleatorio, donde encontraba algo que podría sorprender. Entonces abría los parpados hinchados repletos de venitas rojas y entreabría la boca, con el labio inferior colgando como un oso grizzly, fruncía levemente las cejas calvas y ahí se quedaba. La mirada absorta. Pasmada.
Y así pasaba los minutos en la silla de ruedas, agarrando muy fuerte su pequeña maleta, como si fuera lo único de valor que aún le quedaba, como si lo hubiera perdido todo y solo estuviera esperando el final. Se habían olvidado de ella, el avión tragaba pasajeros y nadie venía a empujar su silla de ruedas. Se habían olvidado de ella, pero, dentro de sus reducidas posibilidades solo podía esperar.
Y ahí la dejé, mirando, sentada. Esperando.