Hace ya bastantes años que se lleva oyendo por las altas
esferas culturales un rumor que dicta que la cultura debe ser democrática. Que
debe ser de todos y para todos, pues a fin de cuentas, a todos nos pertenece y representará
en algún momento.
Desde hace un tiempo, en el mundo del arte, el que más
conozco y probablemente el más elevado de todos los corpúsculos culturales, se
ha establecido la moda de la cultura democrática y popular, unida a la idea de
representación institucional y gentrificación*
Mi pregunta, después de haberme obsesionado por las teorías
de expansión del arte al “pueblo” o de realizar un arte para el mismo, es: ¿de
verdad queremos una cultura democrática y popular? Analicemos lo que esto
supone.
En primer lugar debemos admitir, aunque cueste, que existen (aunque no debieran existir) dos (o tres, o
cuatro…) tipos de cultura: la popular y la culta, la alta y la baja. Puede
parecer una redundancia llamar a una cultura “culta”, pero es así como se
considera. Veamos, si el sujeto A sabe de historia, arte, opina sobre política,
toca algún instrumento con ciertas nociones de música y no se atraganta al
pronunciar Nietzsche, el sujeto A es culto. Si, por el contrario el mismo
sujeto, al que llamaremos ahora B, declara públicamente su aversión a la historia,
la política y el arte y se declara fashion victim, forofo del equipo de fútbol
de su ciudad y devorador de televisión y cine palomitero holliwoodiense, el
sujeto B pasa a ser inculto. El entretenimiento está prohibido.
A mi manera de ver, esto es injusto. Por dos motivos, en
primer lugar, nadie se ha planteado la calidad de los conocimientos del sujeto
A, los cuales, probablemente, sean calco de los de su grupo de amigos
intelectualoides con los que se retroalimenta; y en segundo lugar porque si existe
una cultura popular democráticamente aceptada, el sujeto B está mucho más cerca
de lo que el sujeto A quiere admitir que lo está.
De esta misma manera, por ejemplo, una mala ópera siempre
estará mejor considerada que un buen late night show, o un libro de poesía
influmable siempre estará más cerca de la elevación cultural que una amena y
entretenida novela best seller. Entre otros ejemplos que vienen a demostrar que
el medio pontifica de manera religiosa al acto.
Como término político, democracia es un régimen que permite
y garantiza la participación activa en beneficio pasivo de todos los miembros
de la comunidad, por lo tanto, para que exista democracia es necesaria la
participación general, es la obligación del ciudadano. Esto quiere decir, que
si democratizamos del todo y de manera revolucionaria (entendido aquí como
cambio radical) la realidad social, el conjunto cultural actual debe asumir que
el ciudadano considerará cultura lo que le venga en gana y participará a su
antojo de la misma, diluyéndose así el mismo estrato cultural (o cultureta).
¿Están realmente dispuestos esos luchadores y mártires de la
cultura popular a que esto suceda? A no ser reconocidos, a que sus ideas se
entremezclen en el conjunto general, a que los artistas, literatos y músicos
que ellos consideran y mantienen como referentes caigan junto con los que ellos
quieren derribar en pos de los productos publicitarios, los Jorge Javier
Vázquez y los Gandía Shores. Lo dudo. Y lo dudo con motivos, porque yo mismo,
actuando con la habitual doble moral del artista leído y culto, no quiero que
suceda.
Lo cual, a mi parecer, resulta inmoral.
Veamos la diferencia entre lo que los grupillos
pseudoartísticos e intelectuales quieren y lo que realmente significa
democracia cultural.
Lo que quieren (o “de
la élite, al pueblo”)
· - La
cultura se entiende como un bien colectivo, que debe estar al alcance de la
ciudadanía.
· La
iniciativa y creación de cultura es generada desde la cúpula cultural, no desde
el pueblo (la cultura del pueblo, recordemos, no es cultura culta).
· Los
ciudadanos tienen la condición de público-espectador, se les entrega la
cultura, y se les convence de lo que está bien y mal, de los temas que les
deben interesar y las modas que deben contrariar.
· La
participación en las dinámicas culturales es en función del origen social,
recursos económicos, educación recibida, etc., sin preocuparse por la equidad,
todo ello escondido ante una negativa rotunda.
Lo que significa una
total democracia (o “la cultura cotidiana”)
· La
cultura la entiende como una práctica social, construida en el diálogo y la
convivencia social.
· Los
ciudadanos participan en la creación y acción cultural, donde las
Administraciones públicas comparten responsabilidades, fomentando el pluralismo.
· Los
ciudadanos tienen la condición de público-actor, donde se fomenta la
participación, en un contexto de libertades y derechos.
· Las
dinámicas culturales se identifican con la vida cotidiana.
Para mí está muy claro qué significa esta manera de defensa
de lo público: Todo para el pueblo pero
sin el pueblo, pero negando esa actitud, negándose a sí mismos. Lo dicho,
inmoral.
Para ellos, dicen, lo inmoral es que la cultura popular esté
decidida por empresas que han creado toda la realidad y contexto de una
sociedad a nivel mundial, basándose en políticas de rendimiento económico. Y
que, para esto, no han preguntado al pueblo, imponiendo sus modas, músicas y
monumentos. Imponiendo, dicen, de una manera sibilina y manipuladora, claro,
porque no pueden negar que la población ha adaptado esa realidad cultural y la
abraza con gusto. Algo tendrán que decir al respecto.
Desde mi punto de vista la diferencia entre lo que pretenden
es la misma diferencia que existe entre una aristocracia y….otra aristocracia
distinta. Pero los que abogan por su bolsillo al menos son capaces de admitir
su verdadero motivo.
La distancia entre la cultura culta y la cultura
inculta es amplísima, y siempre lo ha sido, que nadie se engañe; y a lo largo
de los siglos, como ahora mismo se hace, la cultura popular, la real, la
diaria, se denigra con críticas violentas, entre esputos, por todo aquél que
quiere autodenominarse culto. Pero ahora tenemos Internet, además de los
clásicos mass media, lo que supone un crecimiento de la cultura popular, que se
enraíza, además, con ciertas competencias que antaño eran de dominio únicamente
culto. Y eso cabrea.
Por eso yo pregunto ¿Queremos realmente una
cultura democrática? ¿Estamos preparados para romper la barrera y dejar a todos
y cada uno de los individuos decidir con activa participación en lo que
consideran su cultura real?
No.
Rotundo y abnegado, no.
Hasta que los ilustrados de turno no bajen la
mirada y observen que su actitud mesiánica no significa más que un onanismo
moral, probablemente necesario para suplir sus carencias y traumas, y acepten,
de una vez por todas, que la cultura democrática significa abandonar y destruir
la cultura elevada y admitir que Belén Esteban es escritora y literata, y que
Justin Biever , ídolo y héroe para muchos, es el gran músico de la primera
mitad del siglo XXI.
Hasta que eso no ocurra, no voy a creer jamás en
la democratización de la cultura.
Gentrificación: proceso de transformación urbana en el que la población original de un sector o barrio deteriorado y con pauperismo es progresivamente desplazada por otra de un mayor nivel adquisitivo a la vez que se renueva.