jueves, 20 de noviembre de 2014

Esto es ridículo

-          Esto es ridículo – dijo la chica recostada en la cama.
Era guapa, las había conseguido mejores, pero además de guapa tenía algo en la mirada que la diferenciaba de las demás.
-          Es que de verdad, no lo entiendo, eres un poco gilipollas
Él la miraba desde lejos, en la otra esquina de la habitación, semi oculto, muy pegado contra la pared. Como un cachorrito regañado. Callado.
-          Esto no tiene lógica, lógica ninguna – siguió la chica mientras se tocaba las muñecas, con marcas de cuerdas y rozaduras. Tenía el labio partido y la camiseta rota - ¡Si no te hacía falta nada de esto!
Hubo un largo tiempo de silencio, mientras buscaba sus calcetines, perdidos entre las sábanas y la ropa.
-          Me voy. Olvidaré esto. Y tú olvídame a mí.
Adán lo tenía todo. Era guapo y atractivo. Era un imán. Un maldito Casanova. Era ese tío al que quieres matar porque todas y todos se lo quieren follar, incluso tu novia enamorada y tu hermana pequeña. Joder hasta tu abuela querría follárselo.
Pero Adán tenía un problema. Dentro de su aparentemente amueblada cabeza de tío joven y emprendedor, era un puto violador. Como oís, un violador. ¿Y cómo se viola cuando todas quieren abrirse de piernas para ti? Joder, a mi no se me ocurre manera. Y a él tampoco. Eso le mataba.
Lo había probado todo. Había descuidado su imagen, consiguiendo así un rollo grunge hipster que daba más morbo que asco. Había probado con disfraces ridículos, lo que le hacía ser un tipo gracioso, además de guapo. Había probado con actitudes violentas, pero siempre le tocaba la típica zumbada a al que quiere que la ates y la pegues. Había probado con bolleras incluso, pero joder, hasta ellas encontraban atractivo su femenina manera de tratar con ellas. Y que un consolador se parece mucho a una polla, claro. Un despropósito.
Adán trabajaba de relaciones públicas en una importante empresa de publicidad. El pack completo. Y se le daba bastante bien, triunfaba, y eso le llenaba. Pero necesitaba violar. No aguantaba más, le podía esa necesidad, una chica retorciéndose de dolor, entre lágrimas, bajo su cuerpo cincelado.
Estaba enfermo y lo sabía. Pero que le den, joder, todos estamos enfermos, pensaba. Había visto en el historial de internet de su jefe más mierda de la que era capaz de imaginar. Su compañero de trabajo, el nuevo, le confesó en la última fiesta que le encantaban las mujeres con pene (desde ese momento entendió que existiera esa categoría en las porno, pensaba que era por rellenar, pura coña, joder). Una de las últimas chicas a la que intentó violar le pidió que se cagase encima. Así que sólo era hijo de su tiempo.
Él sólo pretendía un poco de llanto.
Pero esta vez lo iba a conseguir.
Había tenido que mover todos los muebles del salón y bajar las persianas, por si acaso. No pensó en esto cuando se le ocurrió la idea.
Como toda su generación, era un consumidor de la cultura audiovisual norteamericana y por ello había contado con un sótano, pero, joder, la vida real, sólo disponía de un piso. Suerte que era un bajo, al menos no molestaría a nadie del piso inferior.
El sofá puesto contra la pared y la mesita del salón en la cocina, lo cual era un incordio a la hora de cocinar. Tenía la tibia destrozada y llena de cardenales al patear las esquinas de la mesita cada vez que me acercaba a la encimera. Pero no había más espacio, el piso era pequeño y estaba lleno de muebles enormes y figuritas de porcelana.
La casa de la abuela.
En el medio de todo el espacio que había podido crear había plantado una silla de madera verde, con flores pintadas a mano, y sobre la silla estaba la chica. Maniatada y con cinta americana sobre la boca.
Era ciega. Del todo. No podía ver lo guapo que era Adán y se había ocupado de cubrir su cuerpo con cojines y mantas para engañar al tacto de la chica, lo que le hacía sudar y oler mal. Todo era perfecto. Lo tenía al fin.
La chica intentó murmurar algo, sin éxito. No es fácil hablar con una tira de cinta, es lógico, y pensó que quizás era el momento de dejarla hablar. Quizás iba aquejarse y llorar. Es lo que él haría.
Se levantó y se acercó a ella, le agarró la cara con cuidado y notó la suavidad de su rostro, llevándole a otras épocas. Épocas donde las cosas tenían algo de sentido. Con la otra mano agarró uno de los extremos de la cinta y tiró poco a poco, no quería hacerle daño.
-          ¿Quién eres? ¿qué quieres? – pregunto al chica. Muy calmada. Muy, muy calmada joder, demasiado. Tantos años de fracasos le auguraban lo peor.
Las fotos de la infancia le observaban desde cualquier rincón. Sobre tapetes de ganchillo con más de 50 años de antigüedad descansaban cientos de portafotos con imágenes de su padre y sus hermanos, cuando eran jóvenes, fotografías granuladas con unos colores particularmente característicos; entre medias él mismo se observaba, sonriente, con diez o doce años. Una foto del colegio, esas con fondo neutro, de color celeste. Horrible.
-          ¡Responde! – insistió
-          Cállate, te he traído para violarte
-          Muy directo
-          ¿Qué?
-          Que has sido muy directo, no se, ha perdido fuelle toda la parafernalia de atarme y tal.
Adán no sabía dónde meterse. Puta niñata. Cómo era capaz de aguatar así y cómo se atrevía a ser tan insolente. Es cierto que no fue su mejor discurso, claro, pero estaba nervioso, no se le podía pedir más.
-          Siento haberte jodido el espectáculo chaval, pero es que noto algo raro. Verás, me has traído sin hacerme daño, me has sentado sobre la silla, me has atado con cuidado y en cuanto me he quejado un poco me has quitado la cinta. Y ahora me dices que me vas a violar…Te has vendido demasiado bien, casi estoy por dejarme.
-          No, pero..yo…no te va  gustar…era, era para engañarte
-          No jodas jajajajaa – rió la chica ciega – no vas a hacerme nada, anda, quítate los cojines y la máscara y déjame verte – alargó los brazos tendiéndole las manos.
-          No, no, por favor.
-          Bueno, pues, ¿tienes café? Al menos para pasar el rato hasta que te decidas por algo.
Adán dudó, no era la manera, se le estaba yendo de las manos otra vez. Ni siquiera había pasado a la violencia, joder, tenía que haber sido violento desde el principio. Otro fracaso a su lista. En fin. A la mierda.
-          No tengo azúcar aquí.
-          Lo tomo sin.
Puso la cafetera en el fuego y esperó un rato, pero escuchó un ruido fuera y salió al salón.
Cuando llegó a la sala la chica estaba de pie, desatada, con un cigarro en la boca.
-          ¡Eh! ¡Eh! ¿Qué haces? ¡Vuelve a la silla!
-          Tranquilo, ya me siento, pero no hace falta que me ates
-          Joder, ¿cómo lo has hecho?
-          Me has atado fatal, pero no te preocupes, a ver, vamos a hablar esto tranquilamente.
-          ¡No! ¡Vuelve a la silla! – gritó de rabia – ahora traigo el café
Buscó algo de comer y pensó en el olor acre e intenso a vieja que impregnaba toda la casa, con asco, hasta que escuchó el grito agudo y ahogado.
Salió de la cocina corriendo, con el corazón en la garganta, hasta el salón, donde le esperaban dos tipos. Uno tenía a la chica, reteniéndola con un cuchillo en el cuello.
-          Hola – dijo. Por ser educado.
-          Hola – respondió el más grande de los dos, que no sobrepasaba el metro setenta y cinco, rapado.
-          ¿Se puede saber quiénes son y qué hacen aquí?
-          Soy el del gas, no te jode. Hemos entrado a robar y nos hemos encontrado con tu preciosa muñequita.
-          No es mi…nada, es igual
-          Cállate y escucha, dime dónde están los objetos de valor, os quedáis calladitos sin llamar a la policía y todo bien.
-          No sé dónde están
-          Miente – apunto el más bajito, con una voz grave, mientras sostenía a la chica
-          No, en serio, es la casa de mi abuela…a ver, supongo que en su dormitorio. Pero, por favor, no lo dejéis todo desordenado
-          No, tranquilo chico, que lo dejamos todo tal cual – respondió el más alto con una sonrisa, se acercó a él y le propinó un fuerte puñetazo en la cara que sonó a hueso roto.
-          ¡Ah! ¡Joder, capullo! – gritó Adán – Déjala en paz, soltadla. ¿No veis que es ciega? Un poco de compasión.
La chica rió. Compasión, dice el que quería violarla.
-          ¿De qué mierdas te ríes? – preguntó el pequeño
-          De nada, de nada – respondió – cosas de ciegos…
Ninguno respondió.
Con ojos rojos el pequeño caco encontró la cinta americana y con ella ató a la chica en la silla. “Ya estamos otra vez” musitó ella, pero el ladronzuelo no le hizo caso.
-          Vigila al guapo, voy a ver qué hay.
-          Así que encima guapo – dijo ella
Adán pensó que era su momento, que podía con su atacante, ya que le sacaba al menso dos cabezas y alguna que otra espalda. Se lanzó contra él con toda su fuerza, tensando sus trabajados músculos de gimnasio y consiguió propinarle un fuerte golpe en la mano para que tirase el cuchillo.
Esto cabreó mucho al rapado, que se levantó en guardia y comenzó a dar un recital de boxeo. Arriba, abajo, arriba, dentro, fuera. Buena respiración, movimientos rápidos y sueltos, sin parar de moverse. Precioso.
Adán acabó tendido en el suelo, sin un diente y algunos cortes en el pómulo y las cejas, pidiendo clemencia con la mano y un ojo completamente tapado por la sangre.
-          Y ahora queitecito. Esta vez de verdad.
-          ¡Ya está, lo tengo! – gritó con voz profunda el más pequeño – Nos piramos…jooooder, cómo te has pasado con el guaperas, tío. Bah, que le den. Vámonos, no queremos interrumpir a la pareja.
Y se fueron.
Así, sin más. Con la cara partida y su última oportunidad de violar convertida en un show de terceros. La chica, atada a una silla y esta vez correctamente, le preguntaba con dulzura. Cómo estás, cómo te encuentras y esas mierdas. Pero él prefería no escuchar. No, joder. A tomar por culo todo.
Se levantó y se fue a lavar, con suerte las cicatrices le dejarían desfigurado, aunque lo dudaba, sabía lo bien que le curaban las heridas. Desató a la chica y la dejó donde la había raptado.
-          Un día movidito – dijo ella
-          No estoy para bromas, ¿vale?
-          Perdona, bueno, si quieres, me puedes llamar – le dictó su número y él lo apuntó en el móvil – tenemos que terminar la charla, esta vez sin tonterías, ¿eh? -  y rió con dureza.
-          Sí – respondió, con voz débil y abatida.

Adán no la llamó, siguió con su vida normal. Los compañeros alababan su historia, se la hacían repetir y envidiaban sus cicatrices, que creaban una especie de enfermizo morbo en las chicas que le miraban. Imposible. Su sino era ser así.
A la mierda todo. Llamaría a la chica y olvidaría su sueño violador con una chica amable y simpática, para la cual, su físico no importaba. Un sueño precioso, el mejor final de la historia. Pero nadie respondía al otro lado. Apagado o fuera de cobertura. Así día tras día.
Una semana.
Un mes.
Y dejó de llamar…

Así que se resignó a sonreír y ser el mejor en su trabajo, era lo único a lo que podía aspirar, admitió la frustración y la incluyó en su forma de vida. Porque, como todo el mundo, nunca podría llegar a ser lo que deseaba y tenía que convivir con la realidad de que, como todo el mundo, de una manera u otra, era un puto enfermo frustrado.

lunes, 28 de abril de 2014

Una historia de sexo y estupidez

Una historia de sexo y estupidez

No era mal tipo. De hecho era un gran tipo, lo que pasa es que no era capaz de encontrar su sitio, lo que hizo que durante un tiempo  fuera insoportable.
Le llamábamos M. No tenía nada que ver con su nombre, pero siempre le habíamos llamado así, desde que éramos pequeños. De hecho hace tanto tiempo que el llamamos así, que ya soy incapaz de recordar su puto nombre real.
No es de mi edad, es mucho mayor. Pero siempre andaba por ahí.
Desde detrás de la barra, con la camisa remangada, limpiaba las jarras de vidrio, silbando mierdas de la radio, con movimientos nerviosos. De vez en cuando me miraba y sonreía, pero no interrumpía, cada uno a sus asuntos.

Al poco la puerta del bar se abrió con  violencia. La luz de fuera, potentísima, recortaba en contraluz la poderosa figura de una chica de cuerpo imponente, que andaba moviendo sus caderas de manera exagerada. No estaba buena, no, pero te la querías tirar. Aunque ese pelazo rubio ondulado hacía bastante.
-          ¡Eva! – gritó M.
-          ¡Hola! – respondió al saludo con voz alegre, pero sin cambiar su rostro triste.
-          Mira quién está ahí – dijo M señalándome.
Me levanté pesadamente con los labios en una mueca de alegría contenida. Quizás falsa. No, no era falsa, joder, claro que no. Me alegro de ver a mis amigos, ¿sabes? Pero algo raro había en mi expresión.
M y Eva llevaban un tiempo saliendo. No hacían mala pareja a priori, bueno, salvo qeu ella era una víbora buscahombres veinte años más jóven y él no podía mantener la polla guardada mucho tiempo, lo que hacía que ambos lucíeran una cornamenta digna del macho alfa de una manada de alces prehistóricos.
Estaba bien, todos lo sabían y ellos lo aceptaban.
No, era una soberana estupidez que algún día explotaría. Ya lo había hablado con él y se auto-engañaba. “Yo soy el hombre” decía, “no me afecta”, decía.

Volví a mi sitio, con las personas que me acompañaban y los asuntos que nos concernían y allí estuve, durante más o menos una hora, hasta que el sol de la tarde, que antes entraba rojizo por los ventanales del bar, desapareció. Durante esa hora Eva no paraba de mirar, había ido a ver a M un rato, pero claro, él tenía que trabajar, clientes que atender y ajetreo del que hacerse cargo, así que se aburría.

La invité a sentarse, mientras descansábamos. Mala cosa.
-          ¿Qué tal te va?
-          Bien, no me puedo quejar, hay poco trabajo pero al menos me mantengo.
-          Bien, las cosas no están bien para nadie
-          ¿Quieres un poco de hierba? – le ofrecí, sin que se dieran cuenta los señores de traje que se sentaban frente a mi. No era mala, pero desde luego no era la mejor mierda que había pillado, ni mucho menos.
-          Esas cosas hacen que me ponga muy cachonda
-          Jajaja, bueno, así le hago un favor a M, para eso estamos los amigos – reí, nervioso – y yo soy un buen amigo, un amigo fiel.
-          Yo también soy tu amiga.
       Fiel.
       No lo dijo, claro, a ver si tenía cojones de utilizar ese adjetivo para nombrarse.
      Intentando huir de la situación me levanté a mear, eso me mantendría un tiempo fuera de la tensión, podría saludar a M y cruzar palabras con él; sería como mantenerse cerca del profesor cuando el niño abusón de clase te busca por el patio.
      Al levantarme tuve que pasar por delante de Eva, y la mesa, anclada al suelo y jodidamente pegada al banco en la pared sobre el que me sentaba, me obligó a pasear mi paquete a escasos centímetros de su cara. Ella aprovechó y me miró desde abajo, sin levantar la barbilla, con la melena rubia ondeando alrededor de esos ojos marrones. Joder.
      A los cinco minutos se repitió la situación. En el baño. Ya sabes, no hay que explicar más. La pava disfrutaba, y eso se nota.
      Pero lo importante es que cuando estábamos en pleno duelo de miradas, en el tiroteo final al más puro estilo western, se escuchó un golpe fortísimo fuera, en el bar. Tiraban los taburetes de madera de la barra y gritaban, aunque no podíamos entender bien desde nuestra situación.
      Pero yo no yerro un tiro, vaquero. Vamos, que la lié.
      Cuando sonó el disparo nos quedamos paralizados, de repente nos cagamos de miedo y no fuimos capaces de movernos, con la mirada fija a la puerta del baño, en dirección (aproximada) al origen de los ruidos. Así estuvimos un rato, quietos.
-          Joder, voy a salir – susurró Eva.
      No tuve más remedio que seguirla, por detrás, agachado e intentando no hacer ruido.
      El salón estaba tomado por tres tipos en trajes elegantes, con la cara cubierta por caretas de plástico con forma de animales. Dálmata, tortuga y pato. El dálmata era hembra. Quiero decir, la máscara del dálmata llevaba añadido un lazo rosa, por lo que deduje que era una máscara hembra, o un jodido travelo, yo qué sé.
      El de la máscara de pato llevaba una pistola, no sé la raza ni el  pedigrí, no sé de esas cosas. Pero acojonaba. Era el que llevaba la voz cantante sin duda alguna, el cerebro de todo eso. El de la máscara de tortuga apuntaba a mis colegas con una escopeta de caza de dos cañones, con el pulso firme y la mayor corrección postural que he visto nunca. Mientras, el de la máscara de dálmata hembra, el más grande de todos, se dedicaba a romper el local de manera aleatoria con un bate.
-          ¿Dónde está? – preguntaba Pato a M.
-          No lo sé – respondió con calma – no trabaja hoy.
-          Ya sé que no trabaja hoy, ya lo veo, no está aquí…pero quiero saber dónde está.
-          Mira, no sé qué problemas tienes con él, pero yo no sé nada y los clientes no tienen la culpa.
-          El camarero perfecto – dijo Pato a Dálmata Gay, que rió bajo su máscara con una leve carcajada aguda – A ver chico, no me importa. Hemos venido a saber dónde está y a destrozar su bar. Dos cosas muy sencillas y tú puedes ayudarnos en una. Si lo haces, no te consideraremos parte del bar.
-          No.
      Pato levantó la pistola con pesadez y cara de fastidio y se fue acercando poco a poco a M, hasta que posó el cañón del arma en su nariz. Parecía que realmente no disfrutaba con esto, pero M no sabía dónde estaba su jefe, el puto yonki putero, siempre metido en problemas. Sólo tenía el bar como tapadera, su negocio real era la droga, pero un camello no puede ser drogadicto, o pasan estas cosas.
-          Perdonen – se escuchó de fondo – disculpen – repitió.  Era una de las personas con las que había ido, no las conocía realmente, eran asuntos de curro – Pero, de verdad, parece que el joven está siendo sincero.
-          ¿Qué? – preguntó Tortuga.
-          Digo que, si no es molestia, podrían dejar de apuntarnos con eso y volver en otro momento, cuando la persona a la que buscan esté por aquí.
            
      Este tío es gilipollas.
      
      PUM.
      
      Así de fácil. Accionas un mecanismo más o menos sencillo y la cabeza del tipo de enfrente estalla como un melón blandengue. Adiós a mi contrato de prácticas.

-          ¡HIJO DE PUTA! – gritó su secretario mientras se lanzaba a por Tortuga con las manos en garras. Este sí que era gilipollas.
      
      PUM PUM
      
      El cuerpo chocó con violencia contra el gotelé de la pared, con el pecho destrozado, cayendo sobre la mesa, de espaldas, arrasando con todos los vasos y jarras que habíamos apurado esa tarde.
      Eva lanzó un pequeño grito cuando la cabeza del secretario calló directamente sobre el agudo filo de una jarra rota, atravesándole el pómulo y desgarrando todo el tejido hasta abrirlo, como una tela pasada por la lejía.
      
      Pato señaló al baño con un gesto sutil de cabeza e inmediatamente, como un esclavo servicial, Homo-Dálmata se dirigió a nosotros. Cuando llegó empezó a reír y nos levantó a ambos por los brazos.
-          ¡Tíos mirad! ¡Había fiesta en el baño!
      M dirigió sus ojos grandes y azules directamente a  nosotros, con una mirada fría y agresiva, que a cada segundo crecía y daba más miedo.
-          Siéntalos ahí, con los pijos de antes – ordenó Pato.
-          Bonito peinado, rubia – inquirió Tortuga.
-          Menudo lefazo amigo – rió Dálmata con esa ridícula carcajada aguda – Al menos os hemos dado tiempo a acabar la faena ¿Eh? Para que no se diga nada malo de nosotros.
      En ese momento me cagué en todos los panteones religiosos que conocía, en mis ancestros muertos y en mis familiares vivos. Incluso me cagué en cosas que no tenían culpa de nada.
-          Eres un hijo de puta –dijo M, muy serio – Y tú una guarra.
-          Pero a ver…
-          Ni a ver ni hostias, joder, ni hostias. Se supone que eres mi amigo y así me lo pagas, corriéndote en el pelo de mi novia.
-          Bueno, eso ha sido un accidente…no pretend…
-          ¡Cállate!
      Salió con brusquedad de la barra y se colocó muy cerca de mí, de espaldas a los tipos de las caretas de los animales. Pato volvía a apuntarnos, pero no se atrevió a decir nada, mientras Tortuga sentaba a Eva entre los dos cadáveres y la vigilaba con la escopeta cargada de nuevo.
-          Me has traicionado.
-          Hemos hablado esto muchas veces, joder, te dije que la dejaras.
-          Me has traicionado, hostias, traicionado por mi amigo.
-          Tú siempre decías que no te importaba, que podías manejar la situación.
-          ¡Y puedo! ¡Puedo perfectamente! ¡Pero no con mi amigo!
-          ¡Entonces no puedes! Te engañabas, tal como te decía.
Posó sus puños en mi camisa y me levantó por el cuello, contra la pared, tirando alguno de los cuadros de fotografías de pescadores que decoraban el bar con un gusto bastante cuestionable.
-          ¡No me jodas ahora, cabrón! - el sudor le resbalaba por la frente, ya despejada de su antiguo pelo negro.
-          ¡Te has jodido tú solo engañándote!
-          ¡Chicos! – gritó Pato
-          ¡NO MIS AMIGOS!
-          ¡Eh! – insistió, sin éxito
-          Creas una situación de libertad absoluta para ti y coartas la de los demás. ¡Muy cómodo señorito, muy cómodo!
-          ¡Ya está bien! – gritó Pato de nuevo, acercándose con el arma cargada – No es momento para vuestras mierdas.
-          ¡¡¡CÁLLESE DE UNA PUTA VEZ!!! – gritamos M y yo de manera simultánea.
      Pato, con los labios apretados y los ojos rojos, quitó el seguro del arma y la cargó, apuntando directamente a M, que no podía verle ya que estaba de espaldas y en ese momento solo tenía ojitos para mí.

-          Silencio todos – susurró Tortuga, muy quieto, como si nada fuera con él – o me cargo a la chica.
M y yo miramos despacio. Eva estaba sentada entre los cuerpos destrozados de los que, hasta hacía un rato, iban a ofrecerme la posibilidad de empezar a trabajar en su empresa una vez acabase el contrato de prácticas. El rostro desfigurado por el llanto y los antebrazos llenos de sangre y trocitos de piel y músculo. Es gracioso cómo puede una persona perder toda su belleza en cuestión de segundos.
-          Cárgatela, no me importa – dijo M con los ojos llorosos.
-          No, M, no, piensa tío…
-          Tú te callas.
-          Me la cargo de verdad – repitió Tortuga, en posición de tiro
-          Hazlo
-          ¡No!

Pato movía la cabeza continuamente entre Tortuga, Eva y nosotros dos, no sabía cómo reaccionar. Se le estaba yendo de las manos. Y vaya si ya se le había ido de las manos. Eran unos hijos de puta aficionados…ya sabes, como si me pongo yo a hacer lo mismo; pelis hemos visto todos, pero la vida real siempre es más divertida. Incontrolable.
-          Peri, tío, para – dijo Pato a Tortuga – no hay necesidad, vamos a controlar esto.
Jamás pensarías que alguien llamado Perico pueda matar a sangre fría con una escopeta. Los tipos delgados, fríos y violentos se llaman Jackie, Slim John o cualquier mierda así. Perico, no.
-          Oye, chicos, vamos a poner orden – apuntó Dálmata Gay – Sigue apuntando a la chica Peri, yo cojo al barman y le interrogo en el baño, mientras tú controlas al otro.
-          ¿Estás idiota? – Pato estaba cabreado - ¿Y quién vigila la puerta? ¿Y si llega la pasma? – cabreado y nervioso – Eres idiota joder, por eso no te damos armas.
-          Y por eso me dais la máscara de chica.
-          ¿Qué? Venga ya, céntrate en tu trabajo.
-          No – Homo-Dálmata-Cabreado se acercó a Pato, con el bate apoyado en el hombro – Estoy harto de esto, ¿quién cojones te ha dado el derecho de mandar? Una máscara de chica, joder, parezco el puto Pumba gay.
-          Pongo – dije, sin querer, con M aun agarrándome fuerte la camisa.
-          ¿Cómo?
-          Quisiste decir Pongo, el perro de “101 dálmatas”…Pumba es…
-          ¡Me importa una mierda niñato!
Con una fuerza sobrehumana destrozó la mesa más cercana de un batazo.
-          Una puta máscara con un puto lacito – siguió Dálmata – tengo una mujer y tres hijos, joder, y me toca la máscara gay.

Durante un momento siguieron discutiendo, olvidándose de nosotros. “Vamos a aprovechar para quitarles las armas y salir corriendo” o “Pensemos un plan de huída” o “Llama a la poli desde el móvil, sin que se den cuenta” eran las conversaciones más recurrentes en esas situaciones, pero nosotros, que siempre hemos llevado la contraria al mundo, no íbamos a hacer lo típico, lo que se esperaba de nosotros. No.
-          Casi nos matan con tu mierda – dijo M, con los dientes apretados
-          Creo que nos van a matar de todas formas…
-          Entonces qué más da todo ya – me soltó la camisa. En ese momento pensé que vendría la disculpa mutua y que nos daríamos la mano para morir juntos, como verdaderos amigos.
Pero con estos gilipollas nunca se sabe.
-          Peri me apoya en esto, ¿verdad Peri? – preguntó Pato
-          A mí no me miréis tíos, yo solo quiero dinero…Me da igual quién mande, mientras la responsabilidad no caiga sobre mi – acomodó el arma para no perder el tiro a Eva – nunca me moló eso de mandar.
-          Paso de vosotros dos – dijo Dálmata – me voy de aquí, no quiero saber nada. Paso del dinero, no quiero acabar en la cárcel por esto.
-          Tú no te vas de aquí – contestó Pato. Levantó el arma y le apuntó – no me fío de ti, gordo maricón.

M vio de reojo la escena y decidió actuar.
Tomó un poco de espacio hacia atrás y me soltó un buen puñetazo en el hígado. Caí al suelo, sobre trocitos de vidrio y astillas, sin respiración y con el tiempo justo para cubrirme de las patadas que apuntaban al costado o a la cara. Joder, a punto de morir y me tienen que meter una paliza. Además de puta, apaleada.

Hostia, es jodidamente falócrata esa expresión, ¿no? Nunca había caído en la cuenta.

Pato disparó a Dálmata, fallando el tiro.
Siguió disparando mientras Dálmata corría a cubrirse, herido en una pierna.
Mientras, conseguí ponerme de cuclillas, agarrar a M por detrás de las rodillas y tirarlo al suelo, donde empecé a descargar puñetazos y codazos sobre su rostro. Él hacía lo propio. Detrás de nosotros se había desatado el infierno: Pato, enloquecido, vaciaba los cargadores sobre Dálmata, mientras éste le lanzaba jarras de cerveza escondido tras la barra; Tortuga, nervioso por primera vez, gritaba a Eva que se quedase quieta, disparando a su alrededor; mientras Eva se desgañitaba ante nuestra pelea y nos intentaba obligar, con agudos chillidos, a parar.

Nosotros rodábamos por el suelo del bar, ajenos a todo, sangrando por la nariz, la boca, las cejas y por los múltiples cortes en los brazos y la espalda causados por las miles de astillas y trozos de vidrio que volaban como confetis en la escena. Viva la fiesta.

Por fin, la policía llegó, pero no sabía a quién debía parar, atender o amenazar.
No les culpo.
Así que decidieron quedarse en la puerta y disparar al techo, una y otra vez, mientras vociferaban sus mierdas de polis. Ni caso.
Pero los disparos asustaron a nuestros amigos de la granja, causando efecto: Dálmata, aun con la máscara lanzó una poderosa jarra de Lager alemana sobre Pato, que esquivó el proyectil y aprovechó para dispararle, atravesando la máscara y el pómulo del buen padre de familia que había debajo. Pero Tortuga, con la máscara levantada, atento a todo, vio cómo la jara se le venía encima y, justo antes de recibir el impacto sobre su huesudo y aireado cráneo, disparó, asustado, reventándole la cabeza a Pato.

 Más confetis.

Silencio.

La policía nos separó e interrogó. Dos agentes para cada uno, distintos y alejados uno de otro.  Mientras narraba esto mismo que ahora declaro, me di cuenta de que me dolía todo, que me había torcido el pie y que, por algún jodido casual, llevaba una puta bala de la policía en el hombro izquierdo. Pobre agente, le despidieron sin remedio.

Al cabo del tiempo el bar cerró, M quedó en paro un tiempo hasta que encontró otro sitio, más tranquilo, donde currar. Un sitio de esos de cupckakes, con las paredes salmón clarito y rosa. Todo muy pastel. Una mariconada, pero donde creo que no volverá a repetirse una situación parecida.

Por el contrario yo no conseguí las prácticas y, mucho menos, el contrato posterior. Una suerte seguir estudiando. Te la soplan esas cosas.

Y Eva…Eva está ingresada en un centro psiquiátrico. No pudo aguantar. Y no la culpo, joder, pero no sé, quizás no fuera para tanto ¿no?

A fin de cuentas, y después de todo, seguimos vivos.

sábado, 5 de abril de 2014

Soliloquio de un sapiens apático

No entiendo el aprecio a la vida humana. Quiero decir, a la propia sí, claro, y a la de los amigos y la familia. Ya sabes, mola tener eso. Bueno, no a toda la familia.
Pero no entiendo el respeto a los desconocidos. ¡Sólo porque compartimos especie! Porque luego, la vida de las demás no la respetamos. Sin ningún problema ¡eh! No soy un hippie de esos a los que les da penita pisar el césped, no vaya a tener sentimientos. Si los tiene que se joda, no haberse puesto en medio.
Cuidado, que tampoco defiendo ir matando porque sí, joder, no. Fastidiarles la vida a los demás no es bonito, está feo. Solo digo que no entiendo por qué podemos matar arañas como si nada y debemos sentir pena por cualquier muerto aleatorio.
Especialmente si nos dicen su nombre. Ahí les ponemos una cara, una vida, una historia, una familia y unos sueños que quedan por cumplir. Y de repente te sientes ese muerto y empiezas a rallarte con la fugacidad de la vida y esas mierdas. Figuras literarias, al fin y al cabo.

Sentimientos. Empatía, le llaman.

Mariconadas.

Seguro que hay algún tipo de explicación psicológica o científica o lo que sea ¿sabes? Pero no puedo entenderlo. Quizás venga un antropólogo y me explique, o un biólogo o cualquiera que se considere nosequeologo, esos tipos de bata blanca y mirada de superioridad. Bah, me caen fatal los científicos, se creen que lo saben todo y no saben una mierda.

Bueno, al tema, si tuviera un cerdo como mascota me daría pena comérmelo, ¡joder, ni lo tocaría! Pero al resto, que les den, con lo ricos que están. ¿Por qué me tiene que dar pena ese niño negro desnutrido? Si no le conozco, no puedo sentir pena por algo cuya pérdida no me va a afectar. ¿Por qué hay que acongojarse con los miembros destrozados que se desperdigan por el asfalto tras un atentado? Bua, con lo que mola esa imagen. Lo siento, no les conozco. No me afecta.

Es así. Me dará más pena si se me mueren mis plantas, ostia, con lo que cuesta hacerlas crecer. Sí. Ahí sí que me pillo un cabreo gordo.Y no quisierais verme cabreado.

En fin, no lo entiendo. Quizás haya perdido la capacidad de sentir algo. Lo poco que me quedaba, claro.

Pero no, no puedo. Que no. No insistas. Imposible.


(…)

sábado, 1 de marzo de 2014

Glúglúglú

No le gustaba ir a hacer la compra. No era una persona irresponsable que rehuyese de las obligaciones para con el piso, no, para nada, más bien al contrario. Pero no le gustaba ir a hacer la compra, como acto en sí mismo.
Entró en el supermercado y notó el olor acre típico de éstos establecimientos, se dirigió al lugar indicado y ató su monedero, tal y como indicaba el cartel. El ruido era ensordecedor.
Por suerte no había sacado mucho dinero ya que iba a hacer una compra pequeña. Se dio una vuelta por todo el supermercado, entre las estanterías cargadas de productos de colores, hasta que encontró aquello que había ido a buscar. También cogió algunos productos más que no estaban en su lista, pero que se le habían antojado en el momento. Algo muy típico, no podemos culparle. Calculaba que todo le saldría pro unos quince pavos, más o menos. Había traído veinte, así que sin problema.
Se dirigió a la caja y mientras la cajera pasaba todos los productos por la cinta, él se dirigió a desatar su monedero. Atados con correas, los veinte animales revoloteaban de aquí para allá, haciendo de la tarea de dirigirles algo casi imposible.
-          Dieciséis con veinticinco.
Odiaba comprar, esto no tenía sentido ninguno.
Tomó dieciséis pavos y comenzó el regateo. ¿Por qué habían mantenido los decimales? ¿Cuánto es el 25% de un pavo? La cajera, obviamente, empezó reclamando un decimoséptimo pavo, alguno pequeño. Él se negó. No, no, no. Que no.
Al final le entregó los diecisiete pavos más pequeños de entre los veinte que había llevado, algo que no era, ni por asomo, realmente justo. Era completamente injusto. Era, de hecho, una soberana mierda. Un robo en toda regla.
Pero así estaban las cosas desde que los americanos descubrieron aquella manera de criar pavos a coste mínimo para sus cenas de Acción de Gracias. Primero empezó habiendo pavos en las mesas de todas las familias del primer mundo, luego se exportó de manera mundial y al final, por orden internacional de consenso en las Naciones Unidas, ante la imposibilidad de parar la reproducción masiva del animal, decidió utilizarse como moneda de cambio.
A él le gustaban más los billetes y las monedas. Y las tarjetas de crédito…como las echaba de menos.
En fin, lloriquear por el antiguo sistema no servía para nada, más aun cuando la gente parecía estar felizcomprando con sus pavos.
Así que tomó las dos bolsas de la compra con una mano y los tres pavos que le sobraban con la otra, se despidió con una sonrisa de la cajera y marchó a casa, intentando que los animales le siguieran el paso mientras gritaban de esa manera tan particular.

-          ¡Glúglúglú!

sábado, 8 de febrero de 2014

Almohada.

Durmió abrazado a la almohada y soñó con ella.
No con la almohada, claro, con la chica. Soñar con almohadas no protagonizaría un relato que muchos quisiéramos leer. Sería sucio y propio de un degenerado…Y no es nada romántico a menos que no seas ese japonés que se casó con su almohada, en ese caso me retracto de todo, porque lo de ese señor era puro amor. Pero nuestro protagonista no era japonés.
El caso es que soñó con ella de la forma más tierna que jamás había soñada con una mujer. Ni con un hombre, claro. Alguna vez había soñado tiernamente con animales, pequeños cachorritos y demás, pero con hombres nunca de manera tierna. Presuponemos que las opciones sexuales, en el fondo, no son un constructo.
Soñó cómo le tomaba la mano con descaro y ella, en vez de retirársela, apretaba. Fue jodidamente bonito ese momento tácito en el que ninguno de los dos tuvo que decir nada para saber lo que estaba pasando. Claro que era un sueño, ¿no? Es decir, normal que ambos supieran lo que iba a pasar si pertenecían a la mente de una sola persona.
No es por quitarle romanticismo a la historia, cuidado, es solo por aclararlo.
Estuvieron durante horas (o lo que parecieron horas) agarrados de la mano, hasta que ella pasó el brazo de él por su espalda. Un abrazo. Pero sin soltarle la mano.
Y entonces ocurrió, claro. El beso. Si no llega a ocurrir, vaya gracia. Tampoco se sorprendió mucho de que ocurriera así, joder era su sueño, si no llega a ocurrir vaya mierda de preparación.
No fue llamativo, es como cuando vas al cine, sabes quienes se van a acabar besando y sabes que, aunque sobre, en el largometraje habrá un beso. Reminiscencias de cine clásico. Estupideces para adolescentes. Generadores de dinero.
Aunque, definitivamente, nadie iba a pagarle por ese beso. Así que simplemente lo disfrutó.
Luego, como solo en un sueño puede acontecer, ocurrieron millones de cosas absurdas. Regalos escondidos bajo un sofá, amigos que salen del baño mientras otro continúa sentado en la taza, un amigo con la cara de otra persona…en fin, sueños. Pero pasara lo que pasara lo realmente bonito fue que no se soltaron la mano en ningún momento.
La putada fue despertar, como siempre. Abrió los ojos y le pareció la mayor putada del mundo, como el día en que se enteró que los chicles Boomer habían desaparecido. Joder, durante dos segundos nada tuvo sentido.
Luego se le pasó. Sonrió y se quedó abrazado a la almohada un rato, esperando a que las conexiones cerebrales le hicieran contacto para poder levantarse y continuar con su vida normal, ojeroso y despeinado.
Imaginaos que os pasa eso, menuda putada.
Jajajaja.
Qué pringao.

viernes, 24 de enero de 2014

domingo, 19 de enero de 2014

(Róterdam, 28 de octubre de 1466 - Basilea, 12 de julio de 1536)

Se abre la puerta de madera combada, pintada de blanco con un esmalte duro, que se descascarilla con cada roce, y encuentras varias caras que te miran directamente. No les suenas. Caras altas y bajas, del hemisferio norte y del hemisferio sur. Caras con ojos, como suele ser habitual, ojos azules, marrones y verdes, acompañados todos, sin excepción, por grandes bolsas y ojeras teñidas de púrpura.

Saludas de medio lado, mirando de reojo, con ese saludo internacional que consiste en apretar los labios como si fueras a pronunciar una M larga, alzas las cejas y levantas levemente la frente. Joder no conoces a nadie, no puedes ser mas efusivo. Además, no sabes qué idioma hablan.

Reconoces que ese tío alto (extremadamente alto), con la cara cuadriculada y las facciones angulosas debe ser muy del norte, alemán o sueco. El otro del fondo, rubio y con la cara redonda como una torta de jugoso pan recién hecho debe ser ruso. O de por ahí cerca. Le delatan los ojillos pequeños y juntos.
La china es fácil de reconocer, porque no has visto nunca a nadie en tu vida bailar con menos gracia una cumbia. Sólo puede ser china. O coreana. O japonesa. Chinos, a fin de cuentas.

Hace calor, todos están borrachos y te limitas a seguir a la persona con la que has venido. Conoce a los que viven en la casa, pero no están. Luego descubres que sí que están, obviamente, pero los nervios y la incomodidad no te dejan pensar porque te has dado cuenta de que estás en una habitación.
Hay un ordenador a modo de equipo de música. Un armario. Una cama. Gente tumbada en la cama. Gente tumbada sobre gente que está tumbada en la cama. Y otros tantos bailando, menos la china, la china está haciendo algo parecido a bailar pero no sabrías decir qué hace exactamente.
Todos bailan por parejas. Parejas multirraciales con el libido aumentado por el alcohol y las drogas. Estás metido en un maldito anuncio de Beneton  Colours dirigido por Robert Rodriguez. Surrealista.

No sabes muy bien cómo, pero estás en la cocina. Una cocina amplia, con dos neveras y una pila de piedra. Los fuegos podrían funcionar a leña, pero están cubiertos por una tabla y a su lado reposa un horno con vitrocerámica eléctrica. Les estará saliendo cara la factura de la luz.
Allí están los dueños del piso. Bueno, no dueños, claro, los responsables. Italianos. Se insultan de una punta a otra de la cocina mientras sonríen y te das cuenta de que son primos mediterráneos, a fin de cuentas.
Están todos tan borrachos que no importa que no hayas llevado nada para beber, te vas a acabar todas las existencias que tengan. No importa, de verdad, es un mundo distinto. Y encima te van a  invitar a cenar, o a desayunar, a esas horas uno nunca sabe lo que está haciendo.

Un mejicano, o mexicano, o como se escriba, se te acerca y se presenta. Parece hawaiano, samoano o de por ahí. Pero tanto él como su acento aseguran que son mejicanos. O mexicanos.  Nos pregunta de dónde somos y toma especial cariño a una de las chicas con las que has entrado a esa improvisada reunión de la ONU. Quiere fotos, pero no le interesas tú, solo la chica, así que te pide a ti que las hagas. Cinco años de bellas artes para acabar fotografiando una fiesta. Con un móvil. Y lo peor es que intentas enfocar y componer la imagen, casi estás tentado a pedir que se reorganicen, porque el que va disfrazado de Kiss (con muy poco éxito) descompone ahí atrás, atrayendo toda la luz. Pero recapacitas y pasas, claro, y que salga como sea.
Maldita sea, el móvil hace fotos mejores que cualquiera que haya sacado con una réflex digital.
"Oye, ¿De qué vas?" Suelta bruscamente la chica. Nadie le he dicho nada malo, ni la a tocado en un intento beodo e insistente por ligársela, no, sólo pregunta que de qué va disfrazado uno de los chicos de la cocina. Ese pequeño argentino que no para de cruzar la cocina con movimientos nerviosos. Pero claro, tiene modales del norte y decide omitir en la oración todo aquello que definiese la actitud tranquila y curiosa de su intención.
La miras con reprobación y repites su frase con voz cascada y acento de yonki. Se da cuenta de cómo ha sonado y corrige: "Oye, ¿de qué vas disfrazado?"
"De qué iba, dirás" responde con tranquilidad el argentino. Nos cuenta no se qué de un sombrero y un payaso. Creo que solo ha utilizado la palabra payaso para usar ese característico sonido de la Y /l/ que le define como argentino. O como Uruguayo. No, argentino, porque escuchas de fondo algo de Buenos Aires, todos quieren contar su vida y saber la vuestra, de una manera u otra; además, les hace mucha ilusión cuando descubren que ni siquiera tú eres nativo. 
Uno de los italianos, el que más sonríe, te mira mientras abre la nevera con una mueca que indica, claramente, que no tiene comida. Pero sí hambre. Y ganas de invitarte a cenar. Por suerte es una fiesta donde todo puede ocurrir, así que pasados unos minutos aparece sonriente y triunfante, con las manos en alto gritando: ¡PAAASTAAA!

Alimentando tópicos.
También te alimentará a ti, así que no importa.

Pero ya es excesivamente tarde. O temprano. Los primeros negocios empiezan a abrir ahí fuera, en el mundo real, y crees que es hora de marcharte, sin probar la pasta. Una pena.
Recoges tu abrigo del suelo de la cocina, junto a un charco rodeado de vasos y bricks de diferentes colores, no sabes cómo ha acabado ahí pero sabes y aceptas con resignación que olerá a vino tinto barato durante días. Atraviesas el pasillo, te despides y bajas las escaleras imaginándote las reuniones de la ONU con alcohol, droga y música, todos presentándose en un idioma común y preguntando ¿De dónde sois? ¿Sois de por aquí?
Todo iría mejor, seguro.

Bueno, no, iría igual, joder, no puede salir nada bueno de estas fiestas...pero sería mucho más divertido.

domingo, 5 de enero de 2014

Rotura espacio-tiempo

“Hola” Decía.
“Hola” Repetía algo más fuerte.
Se movía de aquí para allá, probando suerte. “Hola”, dijo mirando fijamente a los ojos a ese chico moreno. Nada. “¡Hola!” repitió con efusividad a la chica de la esquina, la cual, él juraría, la conoce. “Hola”.
No.
De alguna manera se había vuelto transparente, como si no perteneciese a esa dimensión. Parecía que nadie pudiera verle, ni oírle, ni sentirle de ninguna de las maneras que un humano puede sentir. Elegid vosotros el número de sentidos que hay, para así no entrar en  conflicto con lo científico o lo paracientífico.
Aún así no se daba por vencido, seguía yendo de un lado a otro, de grupo en grupo, saludando. “Holaaaa”
Insistió más con aquellos que mejor conocía. O al menos con aquellos que él recordaba más conocía. Aunque visto lo visto, no pondría la mano en el fuego por su afirmación. “Holaa, ooyeee, hola”.
Nada.
Deja de intentarlo, pensó, está claro que no se puede. No cabía otra respuesta, venía de otra dimensión, vivía en un mundo paralelo al de ellos, aparentemente misma realidad, pero nada que ver. Mundos distintos.
O eso, o le estaban haciendo oídos sordos. Pero eso no es propio de los colegas, ¿verdad? No, los amigos jamás harían como que no existe, los amigos no ignoran. Estaba claro.
Así que sin más, se marchó.
Ya habrá alguien en su misma dimensión.
A lo mejor había cambiado de dimensión sin darse cuenta, al dormir, en un estornudo fuerte, o en un ataque de tos. Volver sería fácil.
También pudiera ser que ellos hubieran cambiado y se les hubiera olvidado avisarle, claro, era muy posible. Se habrían olvidado. Jamás hubieran pasado de él, ¿verdad?

Los amigos no hacen eso.