Fuera, el frío era insoportable.
A pesar de ser la madrugada del sábado, apenas había gente en la calle y los que quedaban estaban excesivamente inundados de alcohol, algo que, al menos, les otorgaba la falsa sensación de estar entrando en calor.
Sin embargo dentro se estaba muy agusto. Hacía incluso bochorno. Las luces estroboscópicas blancas, rojas y verdes creaban una sensación violenta que acompañaba a la música y que creaba toda una nueva realidad de fotogramas independientes, un stop motion de tu propia vida.
Ella se encogía al bailar, débil como un pajarito, como si se acurrucara en el sonido. En una mano un vaso a terminar, casi tan grande como ella, y la otra a media altura, miraba de vez en cuando con sus dos ojos marrones.
Joder qué ojos.
Resulta ridículo especificar que miraba con los dos ojos. Por si alguno imaginaba que era tuerta.
Se acercaba, se alejaba, sonreía y volvía a ponerse seria. Parecía aburrida. Qué coño, estaba aburrida, pero se mantenía ahí por algún motivo.
Pasito a la izquierda, pasito a la derecha.
Cada vez mas cerca, tanto que podía oler su maquillaje.
Sus mejillas eran suaves...Bueno, como casi todas las mejillas femeninas, quiero decir, siempre se alaba la suavidad de la piel de una mujer en concreto, pero en realidad todas son suavísimas. Especialmente si esa noche antes de salir se han duchado y preparado para la ocasión.
Aún así, a pesar de lo común de la sensación, en el momento me sorprendió su tacto.
A lo largo de la noche se siguió acercando y alejando, cada vez mas cerca, cada vez más cerca, hasta que, aburrida, se alejó del todo.
No la puedo culpar. Se estaba aburriendo hacía tiempo y no ayudé, digamos, a incrementar su entretenimiento.
- ¿Salimos fuera a buscar a éstos? - gritó muy cerca de mi oído para hacerse entender.
Cuando salimos "éstos" volvían a entrar. La chica arrugó la cara todo lo que los altos pómulos le dejaban, en clara señal de fastidio, pero le apetecía fumar.
- Se me ha acabado el tabaco.
Hice el amago de dejarle el mío.
- No, no se liarlo.
Pues yo te lo lío, no pasa nada.
- No, déjalo...Bueno, sí, venga. No se.
Le hice el cigarro con más decisión de la que ella demostró al pedírmelo. Joder qué frío. Fuma rápido y volvemos dentro, aquí fuera no se puede estar mucho tiempo. Me angustiaba solo de pensar en la vuelta a casa, si ya no me respondían los dedos de las manos.
- Ya, creo que me voy a ir ya a casa. - dijo ella, de medio lado, en tres cuartos, mirándome de reojo con esos grandes pozos marrones.
"Yo también, te acompaño"; "esperate y voy contigo"; "no te vayas, quédate, me lo estaba pasando bien"...No se, posibles respuestas hay muchas ante esa situación, algunas mejores que otras, claro, pero la variedad es amplia. De eso no puedo quejarme.
Pero se ve que lo convencional no va conmigo...
Tomaba el cigarro con elegancia y fumaba de boca, como una estrella de cine clásico. Casi pude verla en blanco y negro.
- Vale, bueno, no se. Pues ten cuidadito, ya nos veremos.
Premio.
Tuve la sensación de que caerían globos de colores, confetis y una piñata.
O mas bien que yo sería la piñata, apaleada por una horda de niños crueles, armados con palos, ansiosos de averiguar si estaba relleno de caramelos.
Pero de mi interior sólo manaría estupidez.
Así que nada. Como cabía esperar y jamás debe hacerse, no insistí. Nos dimos la vuelta, y cada uno tomó su camino.
Con brusquedad.
Por suerte, luego, en el interior del local, la música era genial.
miércoles, 25 de diciembre de 2013
Genuino día de mierda.
Podría decir que fuera lloraban las nubes, dejándose el aliento en ello, con tristes lágrimas continuas que, mecidas por el aliento de los dioses, viajaban rápido de aquí para allá para recordarnos su sufrimiento.
Pero qué va.
Sólo estaba lloviendo. Sin más.
Y yo sin nada que hacer. Aburrido.
Caía agua de las nubes como solía hacer cada vez que llovía. Nubes grises, continuas, que creaban una capota densa de color terroso. La poca luz que filtraban era ridículamente amarilla.
Joder, lo nunca visto. Amarilla, lo juro.
El viento resultaba molesto. Te golpeaba como el abusón de clase, de manera inesperada y con total impunidad, empujando a su vez las gotitas de lluvia contra su objetivo, convirtiéndolas en pequeñas agujas de agua.
Podían llegar a doler. Si le echabas algo de imaginación, claro.
Por suerte Dios inventó el techo y las ventanas con cristales, lo que me permitía verlo todo de lejos, resguardado. Demos gracias. Todos juntos.
Apoyado sobre la calefacción, notaba que estaba demasiado cerca de la misma en mis tibias, ardiendo, directamente en contacto con el radiador y en la sequedad de mis fosas nasales. Mas tarde me iba a arrepentir, cuando quisiera sonarme. Seguro.
El caso es que quería, no, necesitaba estar tan cerca, colocando la punta de la nariz en el frío cristal, dejando, con cada respiración, una zona de bao condensado, que crecía y crecía.
Y así observaba lo que pasaba fuera. Los árboles tumbados por el viento, la lluvia horizontal, los coches levantando agua...
Desde la seguridad del hogar todo parecía una película. Ya sabéis, cuando vivís algo pero parece que sólo lo estáis observando desde fuera, como a través de una pantalla. Como un sueño. Sin participar. Aburrido.
Tenía muchas ganas de salir.
Es cierto que hacía un tiempo de mierda, es cierto que dentro de casa se estaba mejor, es cierto que a la vuelta vendría acompañado por litros de agua entre las fibras de mi ropa y un precioso resfriado que amenizase mis días. Lo se.
Era consiente.
Pero al menos fuera ocurrían cosas.
(...)
Pero qué va.
Sólo estaba lloviendo. Sin más.
Y yo sin nada que hacer. Aburrido.
Caía agua de las nubes como solía hacer cada vez que llovía. Nubes grises, continuas, que creaban una capota densa de color terroso. La poca luz que filtraban era ridículamente amarilla.
Joder, lo nunca visto. Amarilla, lo juro.
El viento resultaba molesto. Te golpeaba como el abusón de clase, de manera inesperada y con total impunidad, empujando a su vez las gotitas de lluvia contra su objetivo, convirtiéndolas en pequeñas agujas de agua.
Podían llegar a doler. Si le echabas algo de imaginación, claro.
Por suerte Dios inventó el techo y las ventanas con cristales, lo que me permitía verlo todo de lejos, resguardado. Demos gracias. Todos juntos.
Apoyado sobre la calefacción, notaba que estaba demasiado cerca de la misma en mis tibias, ardiendo, directamente en contacto con el radiador y en la sequedad de mis fosas nasales. Mas tarde me iba a arrepentir, cuando quisiera sonarme. Seguro.
El caso es que quería, no, necesitaba estar tan cerca, colocando la punta de la nariz en el frío cristal, dejando, con cada respiración, una zona de bao condensado, que crecía y crecía.
Y así observaba lo que pasaba fuera. Los árboles tumbados por el viento, la lluvia horizontal, los coches levantando agua...
Desde la seguridad del hogar todo parecía una película. Ya sabéis, cuando vivís algo pero parece que sólo lo estáis observando desde fuera, como a través de una pantalla. Como un sueño. Sin participar. Aburrido.
Tenía muchas ganas de salir.
Es cierto que hacía un tiempo de mierda, es cierto que dentro de casa se estaba mejor, es cierto que a la vuelta vendría acompañado por litros de agua entre las fibras de mi ropa y un precioso resfriado que amenizase mis días. Lo se.
Era consiente.
Pero al menos fuera ocurrían cosas.
(...)
lunes, 2 de diciembre de 2013
Extracto (ruptura)
De cómo Helena de Troya deja a Paris, después de una batalla en la que resulta herido en la cara.
A la mañana
siguiente me desperté con un dolor continuo en la cara, apenas podía gesticular.
-
Quiero
hablar contigo – Helena ya estaba vestida, sentada en su borde de la cama,
mirándome con ojeras.
-
Tú
dirás – dije cansado y dolorido
-
Lo
quiero dejar. Te dejo, lo he pensado un tiempo. Esto no puede seguir.
¡Hey! Un
momento, árbitro, tiempo.
Así, de
repente. Pues resulta que así fue. Y no me lo esperaba, lo juro.
El tercio medio del rostro está integrado por quince huesos,
de los cuales hay tres impares que son el vómer, el etmoides y el esfenoides, y
seis pares, el maxilar, el malar, el nasal, el unguis, el cornete inferior y el
palatino. Los traumatismos sobre el tercio medio de la cara generalmente
producen fracturas que interesan a más de un hueso, ya que esta región está
constituida por un conjunto de huesos de paredes delgadas y frágiles unidos
estrechamente entre sí por suturas compactas.
-
Tú ya no me quieres, y yo ya no puedo soportarlo
más – jamás sabré qué significaba su rostro. Una mezcla de pena, dolor y
cabreo. Estaba enfadada conmigo y aun así lloraba por dejarme. – No hay marcha
atrás.
-
Bueno, yo, no sé. Me ha pillado de improviso. No
entiendo nada.
-
Quedamos esta tarde, no se si vendré a comer,
pero esta tarde lo hablamos con tranquilidad.
Sí, claro, a ver si me entero de lo que está pasando. Joder
cómo me dolía la cara.
No sabía si me había roto alguno de esos huesos o solo me
dolía tanto porque era un quejica.
Los síntomas comunes a casi todas estas fracturas son:
movilidad de los fragmentos, crepitación, dolor, impotencia funcional y aumento
de volumen de la zona. Me dolía mucho, no podía mover la mandíbula y mi rostro
se había hinchado como una lata caducada inflada por el gas de los hongos. No
pude saber si se movía algo dentro de mí o si crepitaban los huesecillos,
porque solo el roce ya me parecía insoportable.
Aun así era muy probable que solo estuviese magullado.
Siempre he sido un quejica.
-
Hace tiempo que esto no funciona – primera
noticia, bueno, no exactamente, pero no pensaba que fuera para tanto. Además tendré que defenderme un poco. Mi cara de gilipollas fue épica – y creo que ahora es el
mejor momento.
-
Pero yo te quiero
-
¿Ahora me dices eso? – dijo, llorando – Hace dos
años que espero que me lo digas. Antes solías hacerlo.
-
Bueno, no sé, creo que no hace falta. A Héctor no
se lo digo, porque no hace falta, lo sabe. Punto. Y a ti te quiero.
-
¡Cállate!
-
No, escucha, Héctor sabe que daría mis manos por
él. Bueno, la derecha quizás no, la necesito para trabajar, ya sabes.
-
Si, lo entiendo.
-
Claro. ¡Pero daría mi brazo izquierdo sin
dudarlo! Él lo sabe, no hace falta que se lo diga.
-
No me jodas.
-
¿Qué?
Solo tenía una contusión, una lesión determinada por agentes
contusos, que no desgarra tegumentos, generalmente no grave. Un puño acompañado
de un pomo de metal puede ser considerado un agente contuso.
Los síntomas a largo plazo son locales: dolor, hemorragia
subcutánea, hinchazón e impotencia funcional leve. Los síntomas a largo plazo en
lesiones graves son shock, fiebre, pérdida de consciencia y coma.
Definitivamente soy un quejica.
-
Me estás comparando con tu hermano... ¡Soy tu
novia!
-
Bueno, ya no.
-
Exacto, ya no…Mira, déjalo, lo hablamos esta
tarde. No es buen momento. – se enjugó las lágrimas y me miró – tómate algo,
tienes el pómulo fatal.
Se levantó y se marchó. La luz del día era ridículamente
bonita, entraba blanca y recortaba nítidas las sombras proyectadas de los
objetos del cuarto. Delicioso, perfecto para la situación. ¿Quién cojones es el
director de fotografía de mi vida? No me importa su nombre, despídanle. Y decidles a los guionistas que necesito una charla con ellos.
Bueno.
La droga no me la iba a quitar nadie. Ahora tenía motivos
para meterme seiscientos miligramos de un derivado de 2-arilpropionato, más
concretamente ácido (RS)-2-(4-isobutilfenil) propiónico. Soluble con sabor a
naranja; pero no soluble como el azúcar o la sal, ni soluble como uno se
imagina algo soluble, más bien soluble como el aceite en agua, de forma que
acabas tomando los polvitos del medicamento flotando en el vaso, pero no
disueltos.
A la media hora se me había bajado algo la inflamación y empezaba a
poder mover la mandíbula sin problemas.(...)
martes, 19 de noviembre de 2013
Extracto (detención)
(...)
El ruido se
define como un sonido no deseado. Es subjetivo y no permanece en el ambiente.
Este tipo de contaminación no deja residuos, teniendo un efecto no acumulativo
en el medio, pero si en el ser humano, porque a la larga crea hinchazón
testicular. A menos a un nivel metafórico.
Puse música
que me ayudase a pensar y encendí mi ordenador. Realmente y para ser sinceros,
primero encendí mi ordenador y luego busqué la música en Internet. Ya no se
utilizan los equipos de sonido para escuchar un CD o la radio a menos que no
tengas el suficiente dinero como para comprarte uno en condiciones. Si tuviera
un buen equipo 5.1 instalado en el salón lo haría, pero siquiera tengo una mini
cadena.
No pasa nada,
pertenezco a la generación del ruido metálico y enlatado de la tarjeta de
sonido de un portátil.
Pasada la
media tarde, cuando ya había anochecido, vinieron a mi casa a verme unos amigos.
Pensé que vendrían con cervezas y pizzas pero resultó que vinieron con chalecos
antibalas y una Heckler & Koch USP negra mate, de nueve milímetros, cada uno.
- ¡Alto,
policía!
- ¡Quieto!
- ¡Las
manos sobre la cabeza!
No recuerdo exactamente
qué dijeron, así que pongo esas frases de peli que al menos son resultonas.
Lo de “alto,
policía” sí que lo dijeron. Es una frase que siempre me hizo gracia.
- Pero
si yo no soy policía…
- Quédese
quieto y no diga tonterías – dijo una mujer vestida con sobriedad y un peinado
obsoleto, madura si se comparaba conmigo, pero joven según los estándares
actuales.
- No,
en serio, escúcheme, si quiere… ¡Ouch! ¡Me ha pellizcado con las esposas, más
cuidado, señora!
- Levántate.
- Sí,
voy, pero escuche, si quiere dar el alto porque usted es policía, debe marcar
más la pausa, si no parece que está dando el alto a un policía. ¿entiende? No
lo creo, bueno, usted hágalo, es un consejo.
Seguidamente
dijo algo más, pero la música estaba a tanto volumen que no me enteré de mucho.
El ruido es un sonido que a determinada intensidad y tiempo de exposición
produce daños en nuestra capacidad de audición, además de otras reacciones
psicológicas y fisiológicas en nuestro organismo, tales como mareos,
irritabilidad, cansancio físico, dolores de cabeza, dolor de oídos e insomnio.
Esta última
sufrida especialmente por los vecinos cercanos al ruido.
Lo que más me
cabrea es que podamos considerar en ciertos momentos y en determinados campos
de investigación a Johann Sebastian Bach como ruido.
Entró todo el
equipo y empezó a revisar la casa de arriba abajo. Era normal, lo que no me
parecía normal era la hora, yo estaba tranquilo pasadas las cinco de la tarde
pensando que estos funcionarios estatales seguían un horario de oficina normal,
o algo parecido.
- ¿Se
puede saber de qué se me acusa? – grité.
La mirada del equipo ante la estupidez de la pregunta no tuvo precio y yo no pude evitar
reírme.
Debí haber
intentado huir, pero no es mi estilo. Cuando corres con las manos atadas a la
espalda pareces un pingüino retrasado y yo no podía dejarme ver de esa forma.
Además, El concierto en Sol Menor de Bach que salía a trompicones de mi
portátil por culpa de la mala conexión a la red, no era una buena banda sonora
para una huida.
Benny Hill o nada.
(...)
martes, 12 de noviembre de 2013
Volver...
"Mantengan la mesita plegada y el asiento en posición vertical."
Vueling airlines.
Volver.
Lo malo de volver es que esperas que todo siga igual, tal y como lo recuerdas.
Pero solo son eso, recuerdos.
Volver.
Es enfrentarse de nuevo a todo lo que conocías. Cambiado.
Duplicar esfuerzos, hacerse a todo de nuevo.
Volver.
Sentir que no encajas es lo mas parecido a regresar de nuevo.
Qué pereza.
Volver.
Vueling airlines.
Volver.
Lo malo de volver es que esperas que todo siga igual, tal y como lo recuerdas.
Pero solo son eso, recuerdos.
Volver.
Es enfrentarse de nuevo a todo lo que conocías. Cambiado.
Duplicar esfuerzos, hacerse a todo de nuevo.
Volver.
Sentir que no encajas es lo mas parecido a regresar de nuevo.
Qué pereza.
Volver.
miércoles, 23 de octubre de 2013
De mayor quiero ser...
Hace horas que salió de su casa y ya empieza a refrescar, pero aun no ha llegado al supermercado y tiene que ir, debe ir. A sus nietos, que hace semanas no pasan por casa, les gustan las galletas de chocolate y se han acabado. En la despensa solo hay tres paquetes. No serán suficientes.
A pesar del surco que dejan sus pesadas gafas sobre los laterales de la nariz, anda por la calle entre espejismos borrosos que, supone, son personas.
"Hola" le dicen de lejos
"Hola" responde.
"¿Qué tal vas con los ejercicios?"
Ahh, ahora cree saber quién es. Una vecina, no mucho menor que ella, pero lo suficiente como para que se note. Hace días le recomendó que, durante quince minutos al día, abriera y cerrara las manos, apretando, para mantener en movimiento las articulaciones. No recordaba siquiera si lo había hecho laguna vez.
"Muy bien, muy bien hija" responde, "mira, mira" . Mueve la mano. Abre y cierra lo que antaño fue una mano tersa, áspera por el trabajo, pero cargada de calor. Arruga y arruga cada vez mas los dedos. "Hago así y muevo la mano, me viene muy bien".
"Claro, claro, mujer, sigue que verás que bien"
Seguro que tu ridículo ejercicio consigue engañar a la naturaleza, piensa, seguro que puede hacer que lo que ya no sirve para nada encuentre un nuevo uso. El engaño del reciclaje.
Se despiden y sigue el camino. El supermercado.
No recuerda que vino a comprar. Pero en casa siempre necesitan pan. Por si su hijo viene a comer.
Allí se encuentra con una antigua amiga, vecina de toda la vida y la saluda.
Su amiga, temblorosa, trata de meter productos en una bolsa. Le ha respondido al saludo con un leve movimiento de cejas. No la ha reconocido. No importan los años compartidos, las tardes de merienda, las partidas de cartas. Al final, el tiempo compartido es garantía de olvido.
Al lado, su marido, agarra con las axilas sus dos muletas mientras sigue metiendo productos en otra bolsa. Movimientos violentos, rápidos. No precisos.
"Pon la bolsa así" grita a su mujer. Coloca una docena de huevos XL en el fondo, para que apoye sobre la superficie metálica y levanta los bordes de la bolsa. Su mujer los arruga y baja. Él grita y los vuelve a subir. De nuevo movimientos violentos y duros. "Haz como te digo" Que yo se. Esto último no lo dice, pero lo piensa. Se le cae una muleta.
"Me cagüenlaa"
Nuestra señora se acerca y recoge la muleta.
"Gracias, gracias" balbucea el hombre, sin mirarla.
Está harto de cargar con su mujer. Que ya no es su mujer. Recuerda cuando eran jóvenes, lo guapa que era. Cuando empezó a envejecer no importaban sus arrugas, las manchas de sus manos ni las canas. Seguía siendo la mujer que amaba.
Ahora es solo un trozo de carne arrugado sin consciencia, que se tambalea de aquí para allá, a un ritmo insultante, y que no sabe hacer nada. Pero que intenta hacerlo todo. Una maldita carga.
"Que majos eran" Piensa. "Hacían buena pareja" EL tiempo pretérito de la oración no ha sido escogido por casualidad. Pero a nadie importa su opinión.
El hombre paga y sale de allí lo mas rápido que le permiten sus muletas, aun así, bastante rápido. Su mujer se dirige a la puerta y allí se queda. Derecha o izquierda, no sabe. No recuerda cómo se va a su casa, pero sabe que en medio de la puerta automática estorba. Así que sale, en alguna dirección.
"Voy a ayudarla" murmura...pero...
¡Galletas de chocolate! Acababa de recordar para qué había salido de casa. Sonríe pensando en sus nietos y se recorre todo el supermercado buscando las galletas, que estaban a la entrada.
Cuando llegue a casa guardará las galletas junto al resto de paquetes y se hará la cena. Verá la televisión y se irá a dormir, evitando pasar frente a un espejo. Evitando pensar.
Y así, todos los días. Como quien lee revistas que no le interesan en la sala de espera de un médico. Por hacer algo, esperando que llegue tu turno. ¡Y qué cojones! Llevas horas esperando y ves como gente que ha llegado mas tarde que tú entra primero.
Así que sigues con las revistas, cada vez mas asqueado, cada vez con menos interés.
Hasta que llegue tu turno.
martes, 22 de octubre de 2013
Pintura
Sobre el ser
Sobre la realidad cotidiana.
Sobre lo primitivo y las concepciones creadas.
sobre el choque entre necesidades biológicas y culturales.
Sobre la negación continua y la contradicción.
Sobre la moral.
Sobre el comportamiento racional.
Sobre el individuo y su relación con el otro y con si mismo.
viernes, 18 de octubre de 2013
El arteólogo y la lejanía de la obra de arte
Desde las vanguardias, muchos de los movimientos artísticos han tratado lo que solemos denominar "la problemática del arte". Arte que habla de arte. Cada vez con un mayor hermetismo, hasta que finalmente se cerró el círculo.
El aprendizaje del arte se basa en su estudio, un repaso histórico y periodístico de lo que se ha hecho y lo que se está haciendo, respectivamente. Y con esos conocimientos sesgados el creador trabaja en su propia obra, basada así únicamente en convencionalismos del arte. El artista ya no existe.
El nuevo artista ya no es un creador como tal, es (somos) un estudioso del arte, un científico, un "arteólogo". El nuevo artista realiza experimentos prácticos con una finalidad tan difusa como es la comprensión del arte. Todo este encapsulamiento de los conocimientos del artista es lo que hace (desde hace ya mas de un siglo) que la obra de arte se aleje, poco a poco, del disfrute general. Lo desarrollo.
El arte, como campo de conocimiento, debe ser un lugar de élite intelectual, al igual que lo es la medicina, la física, la ingeniería, el derecho,la biología, la jardinería, la mecánica, etc, etc. Hay mucho que aprender y asimilar como para que podamos hablar de "acercar el arte al público", a la masa,a la plebe,a la chusma obrera, cuando ésta no tiene el conocimiento necesario. Ahora bien, comprensión y disfrute no tienen por que ir de la mano y sin embargo, se han vuelto un binomio inseparable en lo que al arte se refiere. Aunque saber acerca de algo ayuda a disfrutarlo, puedes disfrutarlo y punto, sin conocer nada previamente, como disfrutamos de los puentes y los aviones, o de los parques y jardines, por ejemplo. En el arte esto ya no ocurre así. No.
El entendimiento queda reservado para los que nos dedicamos de lleno a este campo concreto de conocimiento. Pero no tenemos derecho a quitarles la posibilidad del disfrute de una característica cultural a aquellos profanos.
¿Dónde está el problema entonces? ¿En la obra de arte? No es autónoma. El problema es del creador. El problema es del arteólogo que sabe de arte y nada más. El creador que ha olvidado su faceta cultural, que ha olvidado que debe ser etnógrafo, antropólogo, historiador y psicólogo. Todo a la vez.
El arte ha sido un reflejo del momento sociocultural en el que se desarrollaba. Siempre han ido de la mano. Pero para que esto sea así el artista debe vivir en su momento y así, sea cual sea la temática que escoja, el carácter de su obra y la evolución de la misma avanzarán conjuntamente a la sociedad. Pero les hemos amputado las manos y ya no pueden agarrarse mutuamente.
El artista ya no vive su momento. El arteólogo medio ha confundido el significado de la palabra "élite" a la que me refería anteriormente y se cree por encima, literalmente, en el aspecto cultural, del resto de la población: desprecia sus gustos y modus vivendi per sé. Juzgan que existe buena y mala cultura; esto no es así, existe cultura. Punto. Cultura creada o cultura impuesta, en cualquier caso cultura aceptada por la población y, por tanto, cultura descriptiva de la misma.
Si el artista no vive su tiempo no puede llegar a la población no especializada de su momento. Sus obras estarán lejos. Muy lejos, como ahora ocurre.
No ocurre así, aunque me pese, con el artivismo político o feminista, porque tratan la realidad que interesa a la población, lo que les preocupa, lo que les define.
Por todo esto mi obra trata de lo cotidiano, muy lejos de la vida poética. Independientemente de las características especialmente pictóricas o propias de la "arteología" que apreciarán los letrados en este mundo hermético, el que no pertenezca a la élite artística podrá disfrutar (o no) sin complicaciones lo que en mi pintura presento. Porque lo reconocen. Lo pueden hacer propio. Lo entienden. Y no se trata, ni mucho menos, de simplificar nada o volverlo profano. Jamás.
Solo hablo de su(mi)contexto,su(mi)realidad, su(mi)día a día, su(mi)vida.
El arte vuelve a estar dentro de la sociedad.
El aprendizaje del arte se basa en su estudio, un repaso histórico y periodístico de lo que se ha hecho y lo que se está haciendo, respectivamente. Y con esos conocimientos sesgados el creador trabaja en su propia obra, basada así únicamente en convencionalismos del arte. El artista ya no existe.
El nuevo artista ya no es un creador como tal, es (somos) un estudioso del arte, un científico, un "arteólogo". El nuevo artista realiza experimentos prácticos con una finalidad tan difusa como es la comprensión del arte. Todo este encapsulamiento de los conocimientos del artista es lo que hace (desde hace ya mas de un siglo) que la obra de arte se aleje, poco a poco, del disfrute general. Lo desarrollo.
El arte, como campo de conocimiento, debe ser un lugar de élite intelectual, al igual que lo es la medicina, la física, la ingeniería, el derecho,la biología, la jardinería, la mecánica, etc, etc. Hay mucho que aprender y asimilar como para que podamos hablar de "acercar el arte al público", a la masa,a la plebe,
El entendimiento queda reservado para los que nos dedicamos de lleno a este campo concreto de conocimiento. Pero no tenemos derecho a quitarles la posibilidad del disfrute de una característica cultural a aquellos profanos.
¿Dónde está el problema entonces? ¿En la obra de arte? No es autónoma. El problema es del creador. El problema es del arteólogo que sabe de arte y nada más. El creador que ha olvidado su faceta cultural, que ha olvidado que debe ser etnógrafo, antropólogo, historiador y psicólogo. Todo a la vez.
El arte ha sido un reflejo del momento sociocultural en el que se desarrollaba. Siempre han ido de la mano. Pero para que esto sea así el artista debe vivir en su momento y así, sea cual sea la temática que escoja, el carácter de su obra y la evolución de la misma avanzarán conjuntamente a la sociedad. Pero les hemos amputado las manos y ya no pueden agarrarse mutuamente.
El artista ya no vive su momento. El arteólogo medio ha confundido el significado de la palabra "élite" a la que me refería anteriormente y se cree por encima, literalmente, en el aspecto cultural, del resto de la población: desprecia sus gustos y modus vivendi per sé. Juzgan que existe buena y mala cultura; esto no es así, existe cultura. Punto. Cultura creada o cultura impuesta, en cualquier caso cultura aceptada por la población y, por tanto, cultura descriptiva de la misma.
Si el artista no vive su tiempo no puede llegar a la población no especializada de su momento. Sus obras estarán lejos. Muy lejos, como ahora ocurre.
No ocurre así, aunque me pese, con el artivismo político o feminista, porque tratan la realidad que interesa a la población, lo que les preocupa, lo que les define.
Por todo esto mi obra trata de lo cotidiano, muy lejos de la vida poética. Independientemente de las características especialmente pictóricas o propias de la "arteología" que apreciarán los letrados en este mundo hermético, el que no pertenezca a la élite artística podrá disfrutar (o no) sin complicaciones lo que en mi pintura presento. Porque lo reconocen. Lo pueden hacer propio. Lo entienden. Y no se trata, ni mucho menos, de simplificar nada o volverlo profano. Jamás.
Solo hablo de su(mi)contexto,su(mi)realidad, su(mi)día a día, su(mi)vida.
El arte vuelve a estar dentro de la sociedad.
sábado, 12 de octubre de 2013
Está ahí.
De entre las sombras, tras la reja del recinto, aparece. Su ojo derecho brilla en la noche y el izquierdo, cegado tras una bruma blanca, mira a través de ti.
Se resbala con la piedra mojada pero, de alguna manera, actuando contra su naturaleza, se acerca a mi. Y me mira. Confía en mi, maúlla y me choca la mano con su pequeña patita suave y negra. Tengo prisa, me voy.
Dos días mas tarde aparece por la zona, me agacho y acerco mi mano. Me reconoce, se que me reconoce y viene directo a mi. Es un guerrero y un sabio.
De igual forma que se pasea entre mis piernas con majestuosidad, mas tarde, y con total naturalidad, se entretiene con los cordones de los zapatos, actuando como el cachorro que es. No me saca las uñas. Y me vuelve a mirar con esos ojos. Esos ojos tiernos. Esos ojos tenebrosos. Esos ojos divertidos. Esos ojos aterradores.
Me hace jugar con él, quedarme embelesado. Más tarde recuerdo que soy alérgico a los gatos, que no me gustan, que los rechazo. Más tarde, después de haber conseguido que jugara maravillado con semejante criatura. Más tarde, me doy cuenta de que es él quien ha jugado conmigo.
Se resbala con la piedra mojada pero, de alguna manera, actuando contra su naturaleza, se acerca a mi. Y me mira. Confía en mi, maúlla y me choca la mano con su pequeña patita suave y negra. Tengo prisa, me voy.
Dos días mas tarde aparece por la zona, me agacho y acerco mi mano. Me reconoce, se que me reconoce y viene directo a mi. Es un guerrero y un sabio.
De igual forma que se pasea entre mis piernas con majestuosidad, mas tarde, y con total naturalidad, se entretiene con los cordones de los zapatos, actuando como el cachorro que es. No me saca las uñas. Y me vuelve a mirar con esos ojos. Esos ojos tiernos. Esos ojos tenebrosos. Esos ojos divertidos. Esos ojos aterradores.
Me hace jugar con él, quedarme embelesado. Más tarde recuerdo que soy alérgico a los gatos, que no me gustan, que los rechazo. Más tarde, después de haber conseguido que jugara maravillado con semejante criatura. Más tarde, me doy cuenta de que es él quien ha jugado conmigo.
martes, 17 de septiembre de 2013
Real
¿Qué esperabas? ¿Qué esperabas, gilipollas?
Tanto que te jactas de la lógica y de lo obvio, tanto que te adelantas a todos los acontecimientos, tanto que ya nada puede sorprenderte.
¿Qué esperabas?
Una capucha para alejar el frío y esconder la vergüenza. Has perdido. Jugaste a medio gas en dos competiciones simultáneas y ninguna podía salir bien.
Tú, el ganador, el dios, el superhombre nietzscheano que pasa por encima de todo. Anhelaste la nada y la nada obtuviste. Porque eres nada.
Nada somos y nada importas. Inútil y mezquino, rastrero y cruel. ¿De qué te sirve tu mente rápida ahora? ¿Y tú capacidad para la ironía cruel? ¿Dónde están tus frases ahora, eh?
Silencio.
Pero en serio, ¿qué esperabas?
Deseabas pisar fondo y ahora miras el cielo a través de la mierda, bien hundido en ella. Tu mierda. Tus engaños. ¿Cómo ibas a salir de ahí tan fácil? ¿En serio? ¿Lo creíste? Quien juega con la discordia obtiene el caos, regodéate en él pues vas a estar un tiempo en su compañía.
Zoquete incompetente.
Cuando no tenías nada que perder actuaste a tu libre albedrío, pero los que aun tenían algo son los únicos que se mantienen cuando todo acaba.
Ahora ya no tienes nada. Se acabaron los juegos.
De verdad, amigo, ¿Qué esperabas?
Despídete de todo hasta que consigas escalar, si no te atrapan, claro.
Pero por todos los dioses, ¿Qué pensabas?
Tanto que te jactas de la lógica y de lo obvio, tanto que te adelantas a todos los acontecimientos, tanto que ya nada puede sorprenderte.
¿Qué esperabas?
Una capucha para alejar el frío y esconder la vergüenza. Has perdido. Jugaste a medio gas en dos competiciones simultáneas y ninguna podía salir bien.
Tú, el ganador, el dios, el superhombre nietzscheano que pasa por encima de todo. Anhelaste la nada y la nada obtuviste. Porque eres nada.
Nada somos y nada importas. Inútil y mezquino, rastrero y cruel. ¿De qué te sirve tu mente rápida ahora? ¿Y tú capacidad para la ironía cruel? ¿Dónde están tus frases ahora, eh?
Silencio.
Pero en serio, ¿qué esperabas?
Deseabas pisar fondo y ahora miras el cielo a través de la mierda, bien hundido en ella. Tu mierda. Tus engaños. ¿Cómo ibas a salir de ahí tan fácil? ¿En serio? ¿Lo creíste? Quien juega con la discordia obtiene el caos, regodéate en él pues vas a estar un tiempo en su compañía.
Zoquete incompetente.
Cuando no tenías nada que perder actuaste a tu libre albedrío, pero los que aun tenían algo son los únicos que se mantienen cuando todo acaba.
Ahora ya no tienes nada. Se acabaron los juegos.
De verdad, amigo, ¿Qué esperabas?
Despídete de todo hasta que consigas escalar, si no te atrapan, claro.
Pero por todos los dioses, ¿Qué pensabas?
miércoles, 21 de agosto de 2013
Tiempo, por favor.
No se qué ha ocurrido.
No recuerdo julio,
y agosto ya se
ha acabado.
Necesito que llegue octubre para
asimilar
lo que ha pasado este
verano.
sábado, 10 de agosto de 2013
Menuda putada...
Te miro directamente a los ojos y pienso que estoy solo, que tú eres lo único que me queda, la única que sigue ahí, que me quiere tal y como soy y que jamás me abandonará.
Te miro y no te digo nada porque no me vas a entender.
Te miro y solo pienso en que no te sientes anulada ni estás cansada de ayudarme. Qué afortunado soy.
Lo peor de todo es que se te ha acabado el pienso y con este calor da mucha pereza ir al supermercado.
Te miro y no te digo nada porque no me vas a entender.
Te miro y solo pienso en que no te sientes anulada ni estás cansada de ayudarme. Qué afortunado soy.
Lo peor de todo es que se te ha acabado el pienso y con este calor da mucha pereza ir al supermercado.
martes, 6 de agosto de 2013
Sobre los temas de mis obras...
Me interesas tú. Y tú. E incluso tú. Tu vida actual, tu presente cercano, tu acto más trivial.
Quiero tu historia, tu tedio, tu aburrimiento y tu alegría. Tu felicidad y tu tristeza, tu emoción y tu frialdad, tu sinceridad y tus mentiras.
Necesito tus arrugas, tus ojeras, tu sudor y la pelusa de tu ombligo. Los pelos de tus dedos, tus uñas deformes, los mocos de tu nariz y tu pubis mal depilado.
Me cautivan tus talones hinchados por los tacones y la incómoda rozadura roja de tu cuello al roce con la camisa, demasiado ceñida por la corbata. Y cómo sonríes, cómo no le das importancia.
Pido tu día a día, lo que haces y luego olvidas. Lo que haces y luego quieres olvidar. Tu vergüenza es lo más interesante.
Tu sonrojo es lo que me hace grande.
Quiero tu historia, tu tedio, tu aburrimiento y tu alegría. Tu felicidad y tu tristeza, tu emoción y tu frialdad, tu sinceridad y tus mentiras.
Necesito tus arrugas, tus ojeras, tu sudor y la pelusa de tu ombligo. Los pelos de tus dedos, tus uñas deformes, los mocos de tu nariz y tu pubis mal depilado.
Me cautivan tus talones hinchados por los tacones y la incómoda rozadura roja de tu cuello al roce con la camisa, demasiado ceñida por la corbata. Y cómo sonríes, cómo no le das importancia.
Pido tu día a día, lo que haces y luego olvidas. Lo que haces y luego quieres olvidar. Tu vergüenza es lo más interesante.
Tu sonrojo es lo que me hace grande.
miércoles, 24 de julio de 2013
Sobre cuatro años de esfuerzo.
Hace tiempo que se vio obligado a practicar el vegetarianismo. En un principio la supresión de carne no le supuso nada, de todas formas seguía tomando productos de origen animal. No lo hacía por convicción, no sufría con el tratamiento vejatorio de los animales, no le importaban las pesadillas que sufrían las vacas con las máquinas succionadoras de leche, ni le molestaban los pollos criados en enormes naves, hacinados unos contra otros, criados en su propia mierda.
Pero se vio obligado a hacerlo por problemas de salud.
Lo gracioso es que trabajaba en una granja. Una pequeña explotación de terreno donde el huerto alimentaba a unas 10 personas, junto con un corral de gallinas, una vaca y algunos cerdos. Desde hacía años se había dedicado a cuidar y engordar uno de los cerdos. Cuidadosamente alternaba las etapas de engorde con otras donde primaba el ejercicio para que la grasa se entreverase entre el músculo. Iba a dar una carne de altísima calidad. Trabajaba día a dí apara ello, era su gran proyecto de vida. Todo lo volcaba en ello.
A pesar de que sabía que se iba a acabar algún día, a pesar de que conocía el final necesario de su trabajo, se involucraba en ello como no se había involucrado con nada mas. Ciertamente todos los días se quejaba del cerdo, sus compañeros estaban ya muy hartos de tanta queja. "Si quieres", le decían, "te cambio las patatas por el cerdo". Pero no podía, porque era su proyecto, su mejor proyecto. Era su gran obra. Cuidar a ese cerdo era su vida.
Cuatro años duró. Cuatro intensos años de lucha cuidadosa para crear el mejor producto. Cuatro años invertidos sin arrepentirse de nada. Cuatro años que iban a acabar.
El cerdo estaba en su mejor momento. Su carne rosada era perfecta, su engorde equilibrado, su madurez óptima.
El frío había llegado a las tierras, ya estaba entrado noviembre y era la hora de la matanza. Con crueldad infinita y tanto frío dentro de ellos como el que fuera ostentaba el final de otoño, los compañeros mataron a su cerdo. Chorizos, jamones, longanizas, lomos, costillas, morcillas, sobrasada, salchichón...
Cuatro años invertidos para que una fría mañana acabe todo.
Cuatro años cuidando la mejor calidad del producto para que lo disfruten otros, porque, hay que recordar, que no comía carne. Ahora que estaba en el mejor momento, otros se lo comerán, disfrutarán de la mejor calidad. A costa de su trabajo y él jamás lo podrá averiguar.
Porque se ha convertido en algo que ya no puede disfrutar. Porque está lejos de su alcance.
A partir de ese día tuvo que abandonar la granja al no poder soportar ver como, cada ciertos días, sus compañeros comían la carne de su cerdo, felicitándole por el grandísimo trabajo que había hecho.
Cuatro años. A la basura.
Pero se vio obligado a hacerlo por problemas de salud.
Lo gracioso es que trabajaba en una granja. Una pequeña explotación de terreno donde el huerto alimentaba a unas 10 personas, junto con un corral de gallinas, una vaca y algunos cerdos. Desde hacía años se había dedicado a cuidar y engordar uno de los cerdos. Cuidadosamente alternaba las etapas de engorde con otras donde primaba el ejercicio para que la grasa se entreverase entre el músculo. Iba a dar una carne de altísima calidad. Trabajaba día a dí apara ello, era su gran proyecto de vida. Todo lo volcaba en ello.
A pesar de que sabía que se iba a acabar algún día, a pesar de que conocía el final necesario de su trabajo, se involucraba en ello como no se había involucrado con nada mas. Ciertamente todos los días se quejaba del cerdo, sus compañeros estaban ya muy hartos de tanta queja. "Si quieres", le decían, "te cambio las patatas por el cerdo". Pero no podía, porque era su proyecto, su mejor proyecto. Era su gran obra. Cuidar a ese cerdo era su vida.
Cuatro años duró. Cuatro intensos años de lucha cuidadosa para crear el mejor producto. Cuatro años invertidos sin arrepentirse de nada. Cuatro años que iban a acabar.
El cerdo estaba en su mejor momento. Su carne rosada era perfecta, su engorde equilibrado, su madurez óptima.
El frío había llegado a las tierras, ya estaba entrado noviembre y era la hora de la matanza. Con crueldad infinita y tanto frío dentro de ellos como el que fuera ostentaba el final de otoño, los compañeros mataron a su cerdo. Chorizos, jamones, longanizas, lomos, costillas, morcillas, sobrasada, salchichón...
Cuatro años invertidos para que una fría mañana acabe todo.
Cuatro años cuidando la mejor calidad del producto para que lo disfruten otros, porque, hay que recordar, que no comía carne. Ahora que estaba en el mejor momento, otros se lo comerán, disfrutarán de la mejor calidad. A costa de su trabajo y él jamás lo podrá averiguar.
Porque se ha convertido en algo que ya no puede disfrutar. Porque está lejos de su alcance.
A partir de ese día tuvo que abandonar la granja al no poder soportar ver como, cada ciertos días, sus compañeros comían la carne de su cerdo, felicitándole por el grandísimo trabajo que había hecho.
Cuatro años. A la basura.
miércoles, 3 de julio de 2013
POW
No sabes lo que acaba de pasar. Pero ha sido real, lo notas.
¿Alguna vez habéis aspirado agua por la nariz? Estás nadando en la piscina y respiras cuando no debes, justo en el momento en el que una gotita perdida, cabeza de pelotón de otras muchas, avanza con decisión hacia tus orificios nasales, entra con afán exploradora y parece que penetra con armas de ráfaga automáticas en lo más hondo de tu cerebro.
Notas el frío y cómo lo que sea que haya bajo la piel, músculos y huesos de tu frente se deshace en millones de puntitos de electrificantes colores. Y duele. Mucho.
Pues algo así se siente. Después notas el dolor grave y general y el sabor herrumbroso. Pero no deja de ser menos doloroso de lo que parece, porque, con los ojos llorosos, notando cada latido del corazón en la nariz y la sensación de haber respirado muy hondo el gas de un refresco de cola recién abierto, en lo único que piensas es en qué coño acaba de pasar.
La adrenalina también ayuda, claro, pero resulta menos poética para la narración.
Como un idiota posas la mano sobre la superficie hinchada y anestesiada, como si temieses que se fuese a caer, como si pudieses curártelo así de fácil. Y hablas con la mano puesta. Y no se te entiende porque has creado una insonorización de carne perfecta, aparte de que cada vez que mueves los labios te rozan con el diente y prefieres intentar vocalizar sin moverlos. Y no te das cuenta, porque ya no puedes pensar. Intentadlo. No se puede.
Y así sigues, andando por la calle, mientras el mundo sigue a lo suyo, buscando una explicación con la mano puesta sobre tu cara, pero sin tocarla, porque empieza a doler.
Poco a poco empiezan a aparecer los primeros síntomas de lucidez en forma de pensamientos aparentemente lógicos, pero vienen todos juntos, hablando muy alto y sin respetar turno de palabra. Cúrate la herida. Compra analgésicos. Ahí al lado está el ambulatorio. No quiero puntos. ¿Tendré el diente bien? Dios, escuece. Llama a la policía. Que vergüenza que me vean así. Alguien podría ayudarme con un pañuelo o algo. ¿Para qué la policía si el mal ya está hecho?
Mientras, das vueltas sobre ti mismo, intentando elegir hacia dónde dirigirte.
Llegas a casa con una pequeña caja de cartón con suficiente analgésico como para hacer feliz a un suicida, organizado en cómodas píldoras blanquecinas para que el trámite sea más llevadero, que, a su vez, van dentro de un plástico de color plateador.
Todo con un aspecto de limpieza y elegancia que no se corresponde con la escena que estás viviendo. Una caja blanca y azul, con tipografía sencilla y legible, sin serifa. Doblado a la perfección por máquinas que no sangran. Oliendo a antiséptico. Definitivamente los medicamentos no representan aquello a lo que siempre van unidos.
Te tomas el comprimido, solo uno, porque piensas que aun, a pesar de lo ocurrido, no es momento de acabar tu vida. Aunque deseas morir cuando el agua fría, cargada de cal y lejía, roza los cortes interiores del labio.
Pero sonríes. Sonríes al mirarte al espejo porque estás muy feo. Deformado. Hinchado. Los ojos llorosos y las ojeras marcadas. Sonríes del lado izquierdo, porque el derecho está anestesiado y duele. Pero sonríes.
Pasado unos días ya solo queda una pequeña fisura bajo la nariz.
Y la duda de qué es lo que ha pasado.
¿Alguna vez habéis aspirado agua por la nariz? Estás nadando en la piscina y respiras cuando no debes, justo en el momento en el que una gotita perdida, cabeza de pelotón de otras muchas, avanza con decisión hacia tus orificios nasales, entra con afán exploradora y parece que penetra con armas de ráfaga automáticas en lo más hondo de tu cerebro.
Notas el frío y cómo lo que sea que haya bajo la piel, músculos y huesos de tu frente se deshace en millones de puntitos de electrificantes colores. Y duele. Mucho.
Pues algo así se siente. Después notas el dolor grave y general y el sabor herrumbroso. Pero no deja de ser menos doloroso de lo que parece, porque, con los ojos llorosos, notando cada latido del corazón en la nariz y la sensación de haber respirado muy hondo el gas de un refresco de cola recién abierto, en lo único que piensas es en qué coño acaba de pasar.
La adrenalina también ayuda, claro, pero resulta menos poética para la narración.
Como un idiota posas la mano sobre la superficie hinchada y anestesiada, como si temieses que se fuese a caer, como si pudieses curártelo así de fácil. Y hablas con la mano puesta. Y no se te entiende porque has creado una insonorización de carne perfecta, aparte de que cada vez que mueves los labios te rozan con el diente y prefieres intentar vocalizar sin moverlos. Y no te das cuenta, porque ya no puedes pensar. Intentadlo. No se puede.
Y así sigues, andando por la calle, mientras el mundo sigue a lo suyo, buscando una explicación con la mano puesta sobre tu cara, pero sin tocarla, porque empieza a doler.
Poco a poco empiezan a aparecer los primeros síntomas de lucidez en forma de pensamientos aparentemente lógicos, pero vienen todos juntos, hablando muy alto y sin respetar turno de palabra. Cúrate la herida. Compra analgésicos. Ahí al lado está el ambulatorio. No quiero puntos. ¿Tendré el diente bien? Dios, escuece. Llama a la policía. Que vergüenza que me vean así. Alguien podría ayudarme con un pañuelo o algo. ¿Para qué la policía si el mal ya está hecho?
Mientras, das vueltas sobre ti mismo, intentando elegir hacia dónde dirigirte.
Llegas a casa con una pequeña caja de cartón con suficiente analgésico como para hacer feliz a un suicida, organizado en cómodas píldoras blanquecinas para que el trámite sea más llevadero, que, a su vez, van dentro de un plástico de color plateador.
Todo con un aspecto de limpieza y elegancia que no se corresponde con la escena que estás viviendo. Una caja blanca y azul, con tipografía sencilla y legible, sin serifa. Doblado a la perfección por máquinas que no sangran. Oliendo a antiséptico. Definitivamente los medicamentos no representan aquello a lo que siempre van unidos.
Te tomas el comprimido, solo uno, porque piensas que aun, a pesar de lo ocurrido, no es momento de acabar tu vida. Aunque deseas morir cuando el agua fría, cargada de cal y lejía, roza los cortes interiores del labio.
Pero sonríes. Sonríes al mirarte al espejo porque estás muy feo. Deformado. Hinchado. Los ojos llorosos y las ojeras marcadas. Sonríes del lado izquierdo, porque el derecho está anestesiado y duele. Pero sonríes.
Pasado unos días ya solo queda una pequeña fisura bajo la nariz.
Y la duda de qué es lo que ha pasado.
miércoles, 5 de junio de 2013
Poco le queda.
Esperando.
Todos hacíamos cola preparados para embarcar y ella solo esperaba.
Los que tengan números del quince al treinta a la derecha, embarcarán primero, los que viajen en la fila catorce o anterior deberán esperar.
Mientras se formaban las filas ella esperaba, ahí sentada, haciendo nada. Se habían olvidado.
Solo era hueso. Es lo único que tenía, hueso. Algún operario de la cadena de montaje de Dios había tenido el detalle de colocarle una fina capa de piel. Piel azul. A tiras. Un trabajo chapucero, desganado,tardío; como si hubiera tenido prisa por irse a casa.
El pelo, hecho de estropajo, comenzaba por detrás del final de la frente, casi a mitad de la cabeza. Era rubio. O blanco. No recuerdo bien, aunque seguro era pálido y en todo caso era un pelo muerto.
Operarios fosforescentes pasaban de aquí para allá y ninguno se paraba con ella. Se habían olvidado, pero ella esperaba.
La fila comenzó a avanzar, lentamente, mientras los primeros pasajeros intentaban mantener el abrigo, la maleta, el billete y el DNI solo con las dos pobres extremidades de las que disponían.
Sus ojos azules miraban asustados como los de un bebé. De vez en cuando se quedaban paralizados en algún punto determinado, mas o menos aleatorio, donde encontraba algo que podría sorprender. Entonces abría los parpados hinchados repletos de venitas rojas y entreabría la boca, con el labio inferior colgando como un oso grizzly, fruncía levemente las cejas calvas y ahí se quedaba. La mirada absorta. Pasmada.
Y así pasaba los minutos en la silla de ruedas, agarrando muy fuerte su pequeña maleta, como si fuera lo único de valor que aún le quedaba, como si lo hubiera perdido todo y solo estuviera esperando el final. Se habían olvidado de ella, el avión tragaba pasajeros y nadie venía a empujar su silla de ruedas. Se habían olvidado de ella, pero, dentro de sus reducidas posibilidades solo podía esperar.
Y ahí la dejé, mirando, sentada. Esperando.
Todos hacíamos cola preparados para embarcar y ella solo esperaba.
Los que tengan números del quince al treinta a la derecha, embarcarán primero, los que viajen en la fila catorce o anterior deberán esperar.
Mientras se formaban las filas ella esperaba, ahí sentada, haciendo nada. Se habían olvidado.
Solo era hueso. Es lo único que tenía, hueso. Algún operario de la cadena de montaje de Dios había tenido el detalle de colocarle una fina capa de piel. Piel azul. A tiras. Un trabajo chapucero, desganado,tardío; como si hubiera tenido prisa por irse a casa.
El pelo, hecho de estropajo, comenzaba por detrás del final de la frente, casi a mitad de la cabeza. Era rubio. O blanco. No recuerdo bien, aunque seguro era pálido y en todo caso era un pelo muerto.
Operarios fosforescentes pasaban de aquí para allá y ninguno se paraba con ella. Se habían olvidado, pero ella esperaba.
La fila comenzó a avanzar, lentamente, mientras los primeros pasajeros intentaban mantener el abrigo, la maleta, el billete y el DNI solo con las dos pobres extremidades de las que disponían.
Sus ojos azules miraban asustados como los de un bebé. De vez en cuando se quedaban paralizados en algún punto determinado, mas o menos aleatorio, donde encontraba algo que podría sorprender. Entonces abría los parpados hinchados repletos de venitas rojas y entreabría la boca, con el labio inferior colgando como un oso grizzly, fruncía levemente las cejas calvas y ahí se quedaba. La mirada absorta. Pasmada.
Y así pasaba los minutos en la silla de ruedas, agarrando muy fuerte su pequeña maleta, como si fuera lo único de valor que aún le quedaba, como si lo hubiera perdido todo y solo estuviera esperando el final. Se habían olvidado de ella, el avión tragaba pasajeros y nadie venía a empujar su silla de ruedas. Se habían olvidado de ella, pero, dentro de sus reducidas posibilidades solo podía esperar.
Y ahí la dejé, mirando, sentada. Esperando.
jueves, 23 de mayo de 2013
Un día.
Te sientas en
la cama con algún suspiro grave, notando con los latidos del corazón todos y
cada uno de los pasos que has dado por todas esas tiendas de moda en las
plantas de tus pies. Así que me quito los zapatos y me pongo ropa cómoda.
A mi lado
ella se está desnudando para irse a la ducha.
Nunca me han
gustado las chicas en ropa interior, es por el sujetador. Es un machaca-morbo.
Es cierto que tengo mis preferencias en las braguitas que puedan usar, unas
braguitas normales, casi infantiles, crean ternura pero pueden tener su punto
en algún momento; el tanga es como la televisión, te toma por idiota y te lo
muestra todo de forma clara para que no te pierdas, pero bueno, no voy a
quejarme de ver dos nalgas con el simple movimiento de desabrochar un pantalón;
y definitivamente las brasileñas enseñan en su justa medida, media nalga: ves
culo y a la vez te dan ganas de quitarlo para ver qué es lo que hay debajo.
Pero los
sujetadores no, definitivamente no.
No puedo
salvar ninguno.
Ya puede
estar frente a mí una escultural muchacha deportista y atlética con las
braguitas brasileñas más sexis, que si lleva sujetador enseguida me fijaré en
las estrías de crecimiento de sus caderas o en ese lunar que desluce sus
abdominales.
Ella suele desnudarse
en la habitación antes de ir a la ducha y por eso espero mirando, mientras me
desato muy lentamente los cordones de las zapatillas, sin quitarle los ojos de
encima. Pero no es una chica atlética, no está maquillada, no tiene buena
iluminación y su imagen no ha sido tratada por Photoshop, además se ha atascado
con el cierre del sujetador, así que pierdo la atención.
Tras ella veo que las bolsas de las compras de la tarde están sobre
un montón de ropa sucia, una mochila, dos carpetas, folios doblados y creo
atisbar al fondo de todo ello la mesilla de noche.
Obviar
ese montón de mierda es imposible. El culo de la chica está en medio, es un
bonito espectáculo a priori, pero algo me dice que esas bolsas podrían quedarse
ahí eternamente si no hago algo por evitarlo.
- - Luego
lo quito, de verdad – coge la toalla de detrás de la puerta y se encamina al
baño - deja que me duche primero y lo
recojo todo, te lo prometo.
Promesas vanas.
Sólo,
recostado en la cama arrugada, miro por la ventana y veo atardecer. Es un
atardecer realmente bonito, las nubes están ligeramente rosadas y el cielo
naranja. A lo lejos se puede ver el azul oscuro de la noche y las montañas
recortadas en un color pardo sobre todo el espectáculo celeste. Es precioso.
Pero las
bolsas están sobre ropa de hace tres días. Tres días de sudor sobre el suelo. Calcetines
con pelusillas sueltas, desparejados, gritando ayuda.
El cielo es
realmente horrible ahora, desgarrado, rojo, agresivo y al final el túnel, que
debería ser luminoso y esperanzador, es oscuro y quiere tragarnos a todos. A
los ordenados y desordenados, puntuales e impuntuales. Nos comerá a todos por
igual. No importa que no sea responsable en absoluto de ese espectáculo
grotesco de polvo, sudor y fluidos vaginales bajo tres grandes bolsas de plástico con ropa que
huele a desinfectante. No importa.
Ahí vuelve,
con el cuerpo enrollado en una toalla roja y el pelo en una verde. Los
recogidos de las toallas de pelo están a la altura de los sujetadores.
- - ¿Tanto
te molesta que estén ahí un rato más?
- - Realmente
sí.
- - ¿Por
qué?
- - Porque
no deben estar ahí, ni las bolsas ni toda la porquería de debajo.
- - Pero
ya estamos otra vez, ¿Por qué tú lo digas?
Verás,
resulta que así soy yo.
Considero que hay dos
formas de hacer las cosas: primero está mi forma y luego la forma errónea.
No soporto.
No soporto como come.
La mirada perdida y el cuerpo tembloroso. "Para" le digo. Pero no para. "Es que vengo con los nervios y la prisa. Ya sabes esas cosas"
No, no sé de qué habla.
Cada bocado es como un trueno agudo que retumba en las paredes de la cocina. Y ahora, mientras mira al infinito con los ojos abiertos de un enfermo agresivo, toma su copa de agua. No la mira, simplemente alarga la mano y la coge. Abre la boca como un pez, boqueando, e introduce el vidrio bien hondo en esa apertura ovalada. Los labios casi abarcan la mitad de la copa.
GLUP GLUP. Traga el agua. Solo dos tragos. Ha vaciado toda la copa. GLUP GLUP. La epiglotis sube y baja en su cuello y yo lo oigo.
El cuerpo inclinado hacia delante, sobre la mesa, el plato a la altura de sus clavículas; intenta clavar algo con el tenedor mientras, con delicadeza, lo empuja con el cuchillo.
Lo intenta una vez. Dos veces. Tres veces. Desiste.
Se limpia las manos con una servilleta azul, a juego con su ropa.
Coge una cabeza de pescado, la mira y se la lleva a la boca mientras vuelve a mirar al infinito. Mueve tanto las piernas que ya no solo ella vibra, ahora la mesa también se mueve. SLUP, SHHLUP. Chupa la cabeza del pescado, succiona toda la carne que puede arrancar de la estructura ósea gelatinosa y frita del pez muerto.
Un sonoro y profundo eructo ahogado, seguido de una bocanada de aire a presión con olores diversos y mezclados constata que está empezando a digerir.
Justo después de su boca sale más aire, esta vez modulado de forma que la vibración que crea en el espacio gaseoso que nos rodea sea interpretado por mi cerebro como "saca la fruta".
Y a mi ya no me quedan mas uñas por morderme.
La mirada perdida y el cuerpo tembloroso. "Para" le digo. Pero no para. "Es que vengo con los nervios y la prisa. Ya sabes esas cosas"
No, no sé de qué habla.
Cada bocado es como un trueno agudo que retumba en las paredes de la cocina. Y ahora, mientras mira al infinito con los ojos abiertos de un enfermo agresivo, toma su copa de agua. No la mira, simplemente alarga la mano y la coge. Abre la boca como un pez, boqueando, e introduce el vidrio bien hondo en esa apertura ovalada. Los labios casi abarcan la mitad de la copa.
GLUP GLUP. Traga el agua. Solo dos tragos. Ha vaciado toda la copa. GLUP GLUP. La epiglotis sube y baja en su cuello y yo lo oigo.
El cuerpo inclinado hacia delante, sobre la mesa, el plato a la altura de sus clavículas; intenta clavar algo con el tenedor mientras, con delicadeza, lo empuja con el cuchillo.
Lo intenta una vez. Dos veces. Tres veces. Desiste.
Se limpia las manos con una servilleta azul, a juego con su ropa.
Coge una cabeza de pescado, la mira y se la lleva a la boca mientras vuelve a mirar al infinito. Mueve tanto las piernas que ya no solo ella vibra, ahora la mesa también se mueve. SLUP, SHHLUP. Chupa la cabeza del pescado, succiona toda la carne que puede arrancar de la estructura ósea gelatinosa y frita del pez muerto.
Un sonoro y profundo eructo ahogado, seguido de una bocanada de aire a presión con olores diversos y mezclados constata que está empezando a digerir.
Justo después de su boca sale más aire, esta vez modulado de forma que la vibración que crea en el espacio gaseoso que nos rodea sea interpretado por mi cerebro como "saca la fruta".
Y a mi ya no me quedan mas uñas por morderme.
domingo, 12 de mayo de 2013
Un hombre del siglo xxi
Si viésemos a Joviano apenas repararíamos en él. Es un hombre de mediana edad, alrededor de un metro y ochenta centímetros, de pelo moreno.
Realmente nunca supe qué significa mediana edad, quiero decir, todos lo decimos, pero ninguno sabemos a qué nos referimos. Quizás hablemos de cuarenta años, aunque un cincuentón aleatorio no admitiría que lleva diez años fuera de la franja media de su vida, así que se consideraría a si mismo de "mediana edad".
Para no herir sensibilidades pondremos al señor Joviano alrededor de los cuarenta y cinco años.
Joviano tiene una familia, como se presupone de un hombre de su edad. Tiene una mujer y una hija. Su mujer es entre uno y dos años menor que él, como es adecuado y su hija veintisiete años menor. Ninguna de las dos es especialmente guapa pero cuando Joviano conoció a su mujer no podía aspirar a nada mejor y acabó queriéndola. El novio de la hija, sin embargo, piensa que es una chica interesante y que tiene buenas tetas. Suficiente.
La esposa trabaja en una oficina y Joviano, tras años cobrando el paro, es ahora barrendero.
Si viésemos a Joviano apenas repararíamos en él. Aunque veríamos su llamativo traje fosforescente, naranja y verde, no repararíamos sen él. Es solo un barrendero.
A los cuarenta años Joviano decide que no ha hecho nada con su vida y que es hora de cambiar. Joviano está sufriendo la crisis de los cuarenta, la crisis de la mediana edad. Los síntomas más claros en hombres suele ser la necesidad de sentirse jóvenes de nuevo y la búsqueda de nuevas experiencias que se han perdido con la edad o que en su día no pudieron experimentar.
Sólo un 10% de la población sufre semejante crisis, pero aún así un 80% asegura sufrirla.
Joviano no va a ser menos y la sufre.
Siempre ha sido un hombre sensible, un hombre que iba a museos esporádicamente, que guardaba alguna revista de fotografías espectaculares y tenía cierta soltura con las nuevas tecnologías. Y es barrendero.
Pero Joviano no volverá a tener ese problema. Joviano no volverá a ser barrendero. Joviano es despedido.
Nuestro hombre, de metro ochenta y pelo oscuro, con unos vaqueros y un polar de montañismo, se dirige cabizbajo a la agencia de empleo, es un tránsito conocido, aunque cuando él solía pasarse por la oficina había menos gente. Situado entre un hombre de color, al que llamaremos Motombo y otro varón de rasgos magrebíes, al que llamaremos Mohamed, Joviano espera su turno.
Joviano piensa en lo ridículo que suena decir "hombre de color" mientras se mira el antebrazo derecho, de un tono tostado por el Sol. Sin embargo sabe que decir "negro" puede sonar peyorativo. Aunque Joviano no sabe que existe la palabra "peyorativo".
Ahora Joviano trae alrededor de 500 euros mensuales. Es insuficiente para el nivel de vida que se habían planteado, pero no importa, con unos arreglos pueden vivir bien, a fin de cuentas su mujer, que no es muy guapa, sigue trabajando en la oficina.
Sentado en el sofá, jugueteando con las zapatillas entre sus pies descalzos, Joviano toma una decisión. Va a estudiar una carrera.
Con cuarenta y cinco años y en el paro estudiará. Aparentemente es una acción loable, va a continuar su formación educativa para optar a un puesto de empleo con mayor responsabilidad, pero Joviano no piensa en eso, Joviano piensa en lo que siempre quiso hacer y no pudo, Joviano actúa desde la crisis de la mediana edad. En caso de que haya quedado mas o menos claro qué es la "mediana edad".
Al menos un 15% de los alumnos de Bellas Artes son adultos de vidas asentadas que deciden suplir las carencias de sus tediosos trabajos y aburridas vidas conyugales en el fantástico, abierto y cargado de nuevas experiencias mundo del arte.
En la familia de Joviano no hay dinero, pero presentando la cartilla del paro la matrícula de la universidad es gratuita. Para él y para su hija. Así que haya va, a gastarse el dinero público en un arrebato de juventud.
Lo que Joviano hizo dentro es sencillo de explicar. Nada.
Quiero decir, nada de provecho, pero finalizó al carrera limpia, en cinco años, con una media alta, menos en algunas asignaturas de dibujo y pintura de primero. Pero no pasa nada, porque, a diferencia de sus compañeros, Joviano tiene una vida detrás, una experiencia que le avala y un feeling natural con los profesores, cercanos a su edad.
A Joviano le gustaba la fotografía y, como he dicho, no era muy bueno dibujando, así que se especializó en diseño. Diseño es una carrera que podría estar aparte de Bellas Artes, que debería estar aparte, cuyos profesores, siempre limpios y estirados, no soportan ni toleran a los sucios artistas. Pero diseño está dentro de la carrera para tener cualificación universitaria.
La hija de Joviano, cuyas tetas no resultaron suficientes para mantener a su novio, pero sí para continuar una vida sexual activa, también hace Bellas Artes.
Cuando ella termina, cansada de la carrera y ansiando entrar en el mundo laboral, a ser posible en algo que tenga que ver con la carrera en la que ha invertido tiempo y esfuerzo llega una felíz noticia a casa.
Joviano ya no cobra el paro.
Joviano ahora tiene trabajo.
Joviano se dedicará ahora al diseño web.
Su hija a entrado a trabajar en un establecimiento de comida rápida y da clases de pintura a dos niños pequeños. Aunque normalmente los niños son pequeños, así que podría decir que da clases a dos niños.
Su compañero de trabajo,un chico sonriente que se ha fijado en lo apretado que le queda en el pecho el uniforme rojo del local, estudió un módulo de diseño web. Pero se lía con los pedidos y sabe que no lo renovarán a los tres meses, aunque no el importa, porque hace tiempo echó el curriculum en una empresa con una vacante y solo fueron a la entrevista él (joven cualificado, ansioso por aprender y trabajar) y un señor mayor.
De mediana edad.
Realmente nunca supe qué significa mediana edad, quiero decir, todos lo decimos, pero ninguno sabemos a qué nos referimos. Quizás hablemos de cuarenta años, aunque un cincuentón aleatorio no admitiría que lleva diez años fuera de la franja media de su vida, así que se consideraría a si mismo de "mediana edad".
Para no herir sensibilidades pondremos al señor Joviano alrededor de los cuarenta y cinco años.
Joviano tiene una familia, como se presupone de un hombre de su edad. Tiene una mujer y una hija. Su mujer es entre uno y dos años menor que él, como es adecuado y su hija veintisiete años menor. Ninguna de las dos es especialmente guapa pero cuando Joviano conoció a su mujer no podía aspirar a nada mejor y acabó queriéndola. El novio de la hija, sin embargo, piensa que es una chica interesante y que tiene buenas tetas. Suficiente.
La esposa trabaja en una oficina y Joviano, tras años cobrando el paro, es ahora barrendero.
Si viésemos a Joviano apenas repararíamos en él. Aunque veríamos su llamativo traje fosforescente, naranja y verde, no repararíamos sen él. Es solo un barrendero.
A los cuarenta años Joviano decide que no ha hecho nada con su vida y que es hora de cambiar. Joviano está sufriendo la crisis de los cuarenta, la crisis de la mediana edad. Los síntomas más claros en hombres suele ser la necesidad de sentirse jóvenes de nuevo y la búsqueda de nuevas experiencias que se han perdido con la edad o que en su día no pudieron experimentar.
Sólo un 10% de la población sufre semejante crisis, pero aún así un 80% asegura sufrirla.
Joviano no va a ser menos y la sufre.
Siempre ha sido un hombre sensible, un hombre que iba a museos esporádicamente, que guardaba alguna revista de fotografías espectaculares y tenía cierta soltura con las nuevas tecnologías. Y es barrendero.
Pero Joviano no volverá a tener ese problema. Joviano no volverá a ser barrendero. Joviano es despedido.
Nuestro hombre, de metro ochenta y pelo oscuro, con unos vaqueros y un polar de montañismo, se dirige cabizbajo a la agencia de empleo, es un tránsito conocido, aunque cuando él solía pasarse por la oficina había menos gente. Situado entre un hombre de color, al que llamaremos Motombo y otro varón de rasgos magrebíes, al que llamaremos Mohamed, Joviano espera su turno.
Joviano piensa en lo ridículo que suena decir "hombre de color" mientras se mira el antebrazo derecho, de un tono tostado por el Sol. Sin embargo sabe que decir "negro" puede sonar peyorativo. Aunque Joviano no sabe que existe la palabra "peyorativo".
Ahora Joviano trae alrededor de 500 euros mensuales. Es insuficiente para el nivel de vida que se habían planteado, pero no importa, con unos arreglos pueden vivir bien, a fin de cuentas su mujer, que no es muy guapa, sigue trabajando en la oficina.
Sentado en el sofá, jugueteando con las zapatillas entre sus pies descalzos, Joviano toma una decisión. Va a estudiar una carrera.
Con cuarenta y cinco años y en el paro estudiará. Aparentemente es una acción loable, va a continuar su formación educativa para optar a un puesto de empleo con mayor responsabilidad, pero Joviano no piensa en eso, Joviano piensa en lo que siempre quiso hacer y no pudo, Joviano actúa desde la crisis de la mediana edad. En caso de que haya quedado mas o menos claro qué es la "mediana edad".
Al menos un 15% de los alumnos de Bellas Artes son adultos de vidas asentadas que deciden suplir las carencias de sus tediosos trabajos y aburridas vidas conyugales en el fantástico, abierto y cargado de nuevas experiencias mundo del arte.
En la familia de Joviano no hay dinero, pero presentando la cartilla del paro la matrícula de la universidad es gratuita. Para él y para su hija. Así que haya va, a gastarse el dinero público en un arrebato de juventud.
Lo que Joviano hizo dentro es sencillo de explicar. Nada.
Quiero decir, nada de provecho, pero finalizó al carrera limpia, en cinco años, con una media alta, menos en algunas asignaturas de dibujo y pintura de primero. Pero no pasa nada, porque, a diferencia de sus compañeros, Joviano tiene una vida detrás, una experiencia que le avala y un feeling natural con los profesores, cercanos a su edad.
A Joviano le gustaba la fotografía y, como he dicho, no era muy bueno dibujando, así que se especializó en diseño. Diseño es una carrera que podría estar aparte de Bellas Artes, que debería estar aparte, cuyos profesores, siempre limpios y estirados, no soportan ni toleran a los sucios artistas. Pero diseño está dentro de la carrera para tener cualificación universitaria.
La hija de Joviano, cuyas tetas no resultaron suficientes para mantener a su novio, pero sí para continuar una vida sexual activa, también hace Bellas Artes.
Cuando ella termina, cansada de la carrera y ansiando entrar en el mundo laboral, a ser posible en algo que tenga que ver con la carrera en la que ha invertido tiempo y esfuerzo llega una felíz noticia a casa.
Joviano ya no cobra el paro.
Joviano ahora tiene trabajo.
Joviano se dedicará ahora al diseño web.
Su hija a entrado a trabajar en un establecimiento de comida rápida y da clases de pintura a dos niños pequeños. Aunque normalmente los niños son pequeños, así que podría decir que da clases a dos niños.
Su compañero de trabajo,un chico sonriente que se ha fijado en lo apretado que le queda en el pecho el uniforme rojo del local, estudió un módulo de diseño web. Pero se lía con los pedidos y sabe que no lo renovarán a los tres meses, aunque no el importa, porque hace tiempo echó el curriculum en una empresa con una vacante y solo fueron a la entrevista él (joven cualificado, ansioso por aprender y trabajar) y un señor mayor.
De mediana edad.
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