No soporto como come.
La mirada perdida y el cuerpo tembloroso. "Para" le digo. Pero no para. "Es que vengo con los nervios y la prisa. Ya sabes esas cosas"
No, no sé de qué habla.
Cada bocado es como un trueno agudo que retumba en las paredes de la cocina. Y ahora, mientras mira al infinito con los ojos abiertos de un enfermo agresivo, toma su copa de agua. No la mira, simplemente alarga la mano y la coge. Abre la boca como un pez, boqueando, e introduce el vidrio bien hondo en esa apertura ovalada. Los labios casi abarcan la mitad de la copa.
GLUP GLUP. Traga el agua. Solo dos tragos. Ha vaciado toda la copa. GLUP GLUP. La epiglotis sube y baja en su cuello y yo lo oigo.
El cuerpo inclinado hacia delante, sobre la mesa, el plato a la altura de sus clavículas; intenta clavar algo con el tenedor mientras, con delicadeza, lo empuja con el cuchillo.
Lo intenta una vez. Dos veces. Tres veces. Desiste.
Se limpia las manos con una servilleta azul, a juego con su ropa.
Coge una cabeza de pescado, la mira y se la lleva a la boca mientras vuelve a mirar al infinito. Mueve tanto las piernas que ya no solo ella vibra, ahora la mesa también se mueve. SLUP, SHHLUP. Chupa la cabeza del pescado, succiona toda la carne que puede arrancar de la estructura ósea gelatinosa y frita del pez muerto.
Un sonoro y profundo eructo ahogado, seguido de una bocanada de aire a presión con olores diversos y mezclados constata que está empezando a digerir.
Justo después de su boca sale más aire, esta vez modulado de forma que la vibración que crea en el espacio gaseoso que nos rodea sea interpretado por mi cerebro como "saca la fruta".
Y a mi ya no me quedan mas uñas por morderme.
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