sábado, 1 de marzo de 2014

Glúglúglú

No le gustaba ir a hacer la compra. No era una persona irresponsable que rehuyese de las obligaciones para con el piso, no, para nada, más bien al contrario. Pero no le gustaba ir a hacer la compra, como acto en sí mismo.
Entró en el supermercado y notó el olor acre típico de éstos establecimientos, se dirigió al lugar indicado y ató su monedero, tal y como indicaba el cartel. El ruido era ensordecedor.
Por suerte no había sacado mucho dinero ya que iba a hacer una compra pequeña. Se dio una vuelta por todo el supermercado, entre las estanterías cargadas de productos de colores, hasta que encontró aquello que había ido a buscar. También cogió algunos productos más que no estaban en su lista, pero que se le habían antojado en el momento. Algo muy típico, no podemos culparle. Calculaba que todo le saldría pro unos quince pavos, más o menos. Había traído veinte, así que sin problema.
Se dirigió a la caja y mientras la cajera pasaba todos los productos por la cinta, él se dirigió a desatar su monedero. Atados con correas, los veinte animales revoloteaban de aquí para allá, haciendo de la tarea de dirigirles algo casi imposible.
-          Dieciséis con veinticinco.
Odiaba comprar, esto no tenía sentido ninguno.
Tomó dieciséis pavos y comenzó el regateo. ¿Por qué habían mantenido los decimales? ¿Cuánto es el 25% de un pavo? La cajera, obviamente, empezó reclamando un decimoséptimo pavo, alguno pequeño. Él se negó. No, no, no. Que no.
Al final le entregó los diecisiete pavos más pequeños de entre los veinte que había llevado, algo que no era, ni por asomo, realmente justo. Era completamente injusto. Era, de hecho, una soberana mierda. Un robo en toda regla.
Pero así estaban las cosas desde que los americanos descubrieron aquella manera de criar pavos a coste mínimo para sus cenas de Acción de Gracias. Primero empezó habiendo pavos en las mesas de todas las familias del primer mundo, luego se exportó de manera mundial y al final, por orden internacional de consenso en las Naciones Unidas, ante la imposibilidad de parar la reproducción masiva del animal, decidió utilizarse como moneda de cambio.
A él le gustaban más los billetes y las monedas. Y las tarjetas de crédito…como las echaba de menos.
En fin, lloriquear por el antiguo sistema no servía para nada, más aun cuando la gente parecía estar felizcomprando con sus pavos.
Así que tomó las dos bolsas de la compra con una mano y los tres pavos que le sobraban con la otra, se despidió con una sonrisa de la cajera y marchó a casa, intentando que los animales le siguieran el paso mientras gritaban de esa manera tan particular.

-          ¡Glúglúglú!