No le gustaba ir a hacer la compra. No era una persona
irresponsable que rehuyese de las obligaciones para con el piso, no, para nada,
más bien al contrario. Pero no le gustaba ir a hacer la compra, como acto en sí
mismo.
Entró en el supermercado y notó el olor acre típico de éstos
establecimientos, se dirigió al lugar indicado y ató su monedero, tal y como
indicaba el cartel. El ruido era ensordecedor.
Por suerte no había sacado mucho dinero ya que iba a hacer
una compra pequeña. Se dio una vuelta por todo el supermercado, entre las
estanterías cargadas de productos de colores, hasta que encontró aquello que
había ido a buscar. También cogió algunos productos más que no estaban en su
lista, pero que se le habían antojado en el momento. Algo muy típico, no
podemos culparle. Calculaba que todo le saldría pro unos quince pavos, más o
menos. Había traído veinte, así que sin problema.
Se dirigió a la caja y mientras la cajera pasaba todos los
productos por la cinta, él se dirigió a desatar su monedero. Atados con
correas, los veinte animales revoloteaban de aquí para allá, haciendo de la
tarea de dirigirles algo casi imposible.
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Dieciséis con veinticinco.
Odiaba comprar, esto no tenía sentido ninguno.
Tomó dieciséis pavos y comenzó el regateo. ¿Por qué habían
mantenido los decimales? ¿Cuánto es el 25% de un pavo? La cajera, obviamente,
empezó reclamando un decimoséptimo pavo, alguno pequeño. Él se negó. No, no,
no. Que no.
Al final le entregó los diecisiete pavos más pequeños de
entre los veinte que había llevado, algo que no era, ni por asomo, realmente
justo. Era completamente injusto. Era, de hecho, una soberana mierda. Un robo
en toda regla.
Pero así estaban las cosas desde que los americanos descubrieron
aquella manera de criar pavos a coste mínimo para sus cenas de Acción de
Gracias. Primero empezó habiendo pavos en las mesas de todas las familias del
primer mundo, luego se exportó de manera mundial y al final, por orden
internacional de consenso en las Naciones Unidas, ante la imposibilidad de
parar la reproducción masiva del animal, decidió utilizarse como moneda de
cambio.
A él le gustaban más los billetes y las monedas. Y las
tarjetas de crédito…como las echaba de menos.
En fin, lloriquear por el antiguo sistema no servía para
nada, más aun cuando la gente parecía estar felizcomprando con sus pavos.
Así que tomó las dos bolsas de la compra con una mano y los
tres pavos que le sobraban con la otra, se despidió con una sonrisa de la
cajera y marchó a casa, intentando que los animales le siguieran el paso
mientras gritaban de esa manera tan particular.
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¡Glúglúglú!