lunes, 28 de abril de 2014

Una historia de sexo y estupidez

Una historia de sexo y estupidez

No era mal tipo. De hecho era un gran tipo, lo que pasa es que no era capaz de encontrar su sitio, lo que hizo que durante un tiempo  fuera insoportable.
Le llamábamos M. No tenía nada que ver con su nombre, pero siempre le habíamos llamado así, desde que éramos pequeños. De hecho hace tanto tiempo que el llamamos así, que ya soy incapaz de recordar su puto nombre real.
No es de mi edad, es mucho mayor. Pero siempre andaba por ahí.
Desde detrás de la barra, con la camisa remangada, limpiaba las jarras de vidrio, silbando mierdas de la radio, con movimientos nerviosos. De vez en cuando me miraba y sonreía, pero no interrumpía, cada uno a sus asuntos.

Al poco la puerta del bar se abrió con  violencia. La luz de fuera, potentísima, recortaba en contraluz la poderosa figura de una chica de cuerpo imponente, que andaba moviendo sus caderas de manera exagerada. No estaba buena, no, pero te la querías tirar. Aunque ese pelazo rubio ondulado hacía bastante.
-          ¡Eva! – gritó M.
-          ¡Hola! – respondió al saludo con voz alegre, pero sin cambiar su rostro triste.
-          Mira quién está ahí – dijo M señalándome.
Me levanté pesadamente con los labios en una mueca de alegría contenida. Quizás falsa. No, no era falsa, joder, claro que no. Me alegro de ver a mis amigos, ¿sabes? Pero algo raro había en mi expresión.
M y Eva llevaban un tiempo saliendo. No hacían mala pareja a priori, bueno, salvo qeu ella era una víbora buscahombres veinte años más jóven y él no podía mantener la polla guardada mucho tiempo, lo que hacía que ambos lucíeran una cornamenta digna del macho alfa de una manada de alces prehistóricos.
Estaba bien, todos lo sabían y ellos lo aceptaban.
No, era una soberana estupidez que algún día explotaría. Ya lo había hablado con él y se auto-engañaba. “Yo soy el hombre” decía, “no me afecta”, decía.

Volví a mi sitio, con las personas que me acompañaban y los asuntos que nos concernían y allí estuve, durante más o menos una hora, hasta que el sol de la tarde, que antes entraba rojizo por los ventanales del bar, desapareció. Durante esa hora Eva no paraba de mirar, había ido a ver a M un rato, pero claro, él tenía que trabajar, clientes que atender y ajetreo del que hacerse cargo, así que se aburría.

La invité a sentarse, mientras descansábamos. Mala cosa.
-          ¿Qué tal te va?
-          Bien, no me puedo quejar, hay poco trabajo pero al menos me mantengo.
-          Bien, las cosas no están bien para nadie
-          ¿Quieres un poco de hierba? – le ofrecí, sin que se dieran cuenta los señores de traje que se sentaban frente a mi. No era mala, pero desde luego no era la mejor mierda que había pillado, ni mucho menos.
-          Esas cosas hacen que me ponga muy cachonda
-          Jajaja, bueno, así le hago un favor a M, para eso estamos los amigos – reí, nervioso – y yo soy un buen amigo, un amigo fiel.
-          Yo también soy tu amiga.
       Fiel.
       No lo dijo, claro, a ver si tenía cojones de utilizar ese adjetivo para nombrarse.
      Intentando huir de la situación me levanté a mear, eso me mantendría un tiempo fuera de la tensión, podría saludar a M y cruzar palabras con él; sería como mantenerse cerca del profesor cuando el niño abusón de clase te busca por el patio.
      Al levantarme tuve que pasar por delante de Eva, y la mesa, anclada al suelo y jodidamente pegada al banco en la pared sobre el que me sentaba, me obligó a pasear mi paquete a escasos centímetros de su cara. Ella aprovechó y me miró desde abajo, sin levantar la barbilla, con la melena rubia ondeando alrededor de esos ojos marrones. Joder.
      A los cinco minutos se repitió la situación. En el baño. Ya sabes, no hay que explicar más. La pava disfrutaba, y eso se nota.
      Pero lo importante es que cuando estábamos en pleno duelo de miradas, en el tiroteo final al más puro estilo western, se escuchó un golpe fortísimo fuera, en el bar. Tiraban los taburetes de madera de la barra y gritaban, aunque no podíamos entender bien desde nuestra situación.
      Pero yo no yerro un tiro, vaquero. Vamos, que la lié.
      Cuando sonó el disparo nos quedamos paralizados, de repente nos cagamos de miedo y no fuimos capaces de movernos, con la mirada fija a la puerta del baño, en dirección (aproximada) al origen de los ruidos. Así estuvimos un rato, quietos.
-          Joder, voy a salir – susurró Eva.
      No tuve más remedio que seguirla, por detrás, agachado e intentando no hacer ruido.
      El salón estaba tomado por tres tipos en trajes elegantes, con la cara cubierta por caretas de plástico con forma de animales. Dálmata, tortuga y pato. El dálmata era hembra. Quiero decir, la máscara del dálmata llevaba añadido un lazo rosa, por lo que deduje que era una máscara hembra, o un jodido travelo, yo qué sé.
      El de la máscara de pato llevaba una pistola, no sé la raza ni el  pedigrí, no sé de esas cosas. Pero acojonaba. Era el que llevaba la voz cantante sin duda alguna, el cerebro de todo eso. El de la máscara de tortuga apuntaba a mis colegas con una escopeta de caza de dos cañones, con el pulso firme y la mayor corrección postural que he visto nunca. Mientras, el de la máscara de dálmata hembra, el más grande de todos, se dedicaba a romper el local de manera aleatoria con un bate.
-          ¿Dónde está? – preguntaba Pato a M.
-          No lo sé – respondió con calma – no trabaja hoy.
-          Ya sé que no trabaja hoy, ya lo veo, no está aquí…pero quiero saber dónde está.
-          Mira, no sé qué problemas tienes con él, pero yo no sé nada y los clientes no tienen la culpa.
-          El camarero perfecto – dijo Pato a Dálmata Gay, que rió bajo su máscara con una leve carcajada aguda – A ver chico, no me importa. Hemos venido a saber dónde está y a destrozar su bar. Dos cosas muy sencillas y tú puedes ayudarnos en una. Si lo haces, no te consideraremos parte del bar.
-          No.
      Pato levantó la pistola con pesadez y cara de fastidio y se fue acercando poco a poco a M, hasta que posó el cañón del arma en su nariz. Parecía que realmente no disfrutaba con esto, pero M no sabía dónde estaba su jefe, el puto yonki putero, siempre metido en problemas. Sólo tenía el bar como tapadera, su negocio real era la droga, pero un camello no puede ser drogadicto, o pasan estas cosas.
-          Perdonen – se escuchó de fondo – disculpen – repitió.  Era una de las personas con las que había ido, no las conocía realmente, eran asuntos de curro – Pero, de verdad, parece que el joven está siendo sincero.
-          ¿Qué? – preguntó Tortuga.
-          Digo que, si no es molestia, podrían dejar de apuntarnos con eso y volver en otro momento, cuando la persona a la que buscan esté por aquí.
            
      Este tío es gilipollas.
      
      PUM.
      
      Así de fácil. Accionas un mecanismo más o menos sencillo y la cabeza del tipo de enfrente estalla como un melón blandengue. Adiós a mi contrato de prácticas.

-          ¡HIJO DE PUTA! – gritó su secretario mientras se lanzaba a por Tortuga con las manos en garras. Este sí que era gilipollas.
      
      PUM PUM
      
      El cuerpo chocó con violencia contra el gotelé de la pared, con el pecho destrozado, cayendo sobre la mesa, de espaldas, arrasando con todos los vasos y jarras que habíamos apurado esa tarde.
      Eva lanzó un pequeño grito cuando la cabeza del secretario calló directamente sobre el agudo filo de una jarra rota, atravesándole el pómulo y desgarrando todo el tejido hasta abrirlo, como una tela pasada por la lejía.
      
      Pato señaló al baño con un gesto sutil de cabeza e inmediatamente, como un esclavo servicial, Homo-Dálmata se dirigió a nosotros. Cuando llegó empezó a reír y nos levantó a ambos por los brazos.
-          ¡Tíos mirad! ¡Había fiesta en el baño!
      M dirigió sus ojos grandes y azules directamente a  nosotros, con una mirada fría y agresiva, que a cada segundo crecía y daba más miedo.
-          Siéntalos ahí, con los pijos de antes – ordenó Pato.
-          Bonito peinado, rubia – inquirió Tortuga.
-          Menudo lefazo amigo – rió Dálmata con esa ridícula carcajada aguda – Al menos os hemos dado tiempo a acabar la faena ¿Eh? Para que no se diga nada malo de nosotros.
      En ese momento me cagué en todos los panteones religiosos que conocía, en mis ancestros muertos y en mis familiares vivos. Incluso me cagué en cosas que no tenían culpa de nada.
-          Eres un hijo de puta –dijo M, muy serio – Y tú una guarra.
-          Pero a ver…
-          Ni a ver ni hostias, joder, ni hostias. Se supone que eres mi amigo y así me lo pagas, corriéndote en el pelo de mi novia.
-          Bueno, eso ha sido un accidente…no pretend…
-          ¡Cállate!
      Salió con brusquedad de la barra y se colocó muy cerca de mí, de espaldas a los tipos de las caretas de los animales. Pato volvía a apuntarnos, pero no se atrevió a decir nada, mientras Tortuga sentaba a Eva entre los dos cadáveres y la vigilaba con la escopeta cargada de nuevo.
-          Me has traicionado.
-          Hemos hablado esto muchas veces, joder, te dije que la dejaras.
-          Me has traicionado, hostias, traicionado por mi amigo.
-          Tú siempre decías que no te importaba, que podías manejar la situación.
-          ¡Y puedo! ¡Puedo perfectamente! ¡Pero no con mi amigo!
-          ¡Entonces no puedes! Te engañabas, tal como te decía.
Posó sus puños en mi camisa y me levantó por el cuello, contra la pared, tirando alguno de los cuadros de fotografías de pescadores que decoraban el bar con un gusto bastante cuestionable.
-          ¡No me jodas ahora, cabrón! - el sudor le resbalaba por la frente, ya despejada de su antiguo pelo negro.
-          ¡Te has jodido tú solo engañándote!
-          ¡Chicos! – gritó Pato
-          ¡NO MIS AMIGOS!
-          ¡Eh! – insistió, sin éxito
-          Creas una situación de libertad absoluta para ti y coartas la de los demás. ¡Muy cómodo señorito, muy cómodo!
-          ¡Ya está bien! – gritó Pato de nuevo, acercándose con el arma cargada – No es momento para vuestras mierdas.
-          ¡¡¡CÁLLESE DE UNA PUTA VEZ!!! – gritamos M y yo de manera simultánea.
      Pato, con los labios apretados y los ojos rojos, quitó el seguro del arma y la cargó, apuntando directamente a M, que no podía verle ya que estaba de espaldas y en ese momento solo tenía ojitos para mí.

-          Silencio todos – susurró Tortuga, muy quieto, como si nada fuera con él – o me cargo a la chica.
M y yo miramos despacio. Eva estaba sentada entre los cuerpos destrozados de los que, hasta hacía un rato, iban a ofrecerme la posibilidad de empezar a trabajar en su empresa una vez acabase el contrato de prácticas. El rostro desfigurado por el llanto y los antebrazos llenos de sangre y trocitos de piel y músculo. Es gracioso cómo puede una persona perder toda su belleza en cuestión de segundos.
-          Cárgatela, no me importa – dijo M con los ojos llorosos.
-          No, M, no, piensa tío…
-          Tú te callas.
-          Me la cargo de verdad – repitió Tortuga, en posición de tiro
-          Hazlo
-          ¡No!

Pato movía la cabeza continuamente entre Tortuga, Eva y nosotros dos, no sabía cómo reaccionar. Se le estaba yendo de las manos. Y vaya si ya se le había ido de las manos. Eran unos hijos de puta aficionados…ya sabes, como si me pongo yo a hacer lo mismo; pelis hemos visto todos, pero la vida real siempre es más divertida. Incontrolable.
-          Peri, tío, para – dijo Pato a Tortuga – no hay necesidad, vamos a controlar esto.
Jamás pensarías que alguien llamado Perico pueda matar a sangre fría con una escopeta. Los tipos delgados, fríos y violentos se llaman Jackie, Slim John o cualquier mierda así. Perico, no.
-          Oye, chicos, vamos a poner orden – apuntó Dálmata Gay – Sigue apuntando a la chica Peri, yo cojo al barman y le interrogo en el baño, mientras tú controlas al otro.
-          ¿Estás idiota? – Pato estaba cabreado - ¿Y quién vigila la puerta? ¿Y si llega la pasma? – cabreado y nervioso – Eres idiota joder, por eso no te damos armas.
-          Y por eso me dais la máscara de chica.
-          ¿Qué? Venga ya, céntrate en tu trabajo.
-          No – Homo-Dálmata-Cabreado se acercó a Pato, con el bate apoyado en el hombro – Estoy harto de esto, ¿quién cojones te ha dado el derecho de mandar? Una máscara de chica, joder, parezco el puto Pumba gay.
-          Pongo – dije, sin querer, con M aun agarrándome fuerte la camisa.
-          ¿Cómo?
-          Quisiste decir Pongo, el perro de “101 dálmatas”…Pumba es…
-          ¡Me importa una mierda niñato!
Con una fuerza sobrehumana destrozó la mesa más cercana de un batazo.
-          Una puta máscara con un puto lacito – siguió Dálmata – tengo una mujer y tres hijos, joder, y me toca la máscara gay.

Durante un momento siguieron discutiendo, olvidándose de nosotros. “Vamos a aprovechar para quitarles las armas y salir corriendo” o “Pensemos un plan de huída” o “Llama a la poli desde el móvil, sin que se den cuenta” eran las conversaciones más recurrentes en esas situaciones, pero nosotros, que siempre hemos llevado la contraria al mundo, no íbamos a hacer lo típico, lo que se esperaba de nosotros. No.
-          Casi nos matan con tu mierda – dijo M, con los dientes apretados
-          Creo que nos van a matar de todas formas…
-          Entonces qué más da todo ya – me soltó la camisa. En ese momento pensé que vendría la disculpa mutua y que nos daríamos la mano para morir juntos, como verdaderos amigos.
Pero con estos gilipollas nunca se sabe.
-          Peri me apoya en esto, ¿verdad Peri? – preguntó Pato
-          A mí no me miréis tíos, yo solo quiero dinero…Me da igual quién mande, mientras la responsabilidad no caiga sobre mi – acomodó el arma para no perder el tiro a Eva – nunca me moló eso de mandar.
-          Paso de vosotros dos – dijo Dálmata – me voy de aquí, no quiero saber nada. Paso del dinero, no quiero acabar en la cárcel por esto.
-          Tú no te vas de aquí – contestó Pato. Levantó el arma y le apuntó – no me fío de ti, gordo maricón.

M vio de reojo la escena y decidió actuar.
Tomó un poco de espacio hacia atrás y me soltó un buen puñetazo en el hígado. Caí al suelo, sobre trocitos de vidrio y astillas, sin respiración y con el tiempo justo para cubrirme de las patadas que apuntaban al costado o a la cara. Joder, a punto de morir y me tienen que meter una paliza. Además de puta, apaleada.

Hostia, es jodidamente falócrata esa expresión, ¿no? Nunca había caído en la cuenta.

Pato disparó a Dálmata, fallando el tiro.
Siguió disparando mientras Dálmata corría a cubrirse, herido en una pierna.
Mientras, conseguí ponerme de cuclillas, agarrar a M por detrás de las rodillas y tirarlo al suelo, donde empecé a descargar puñetazos y codazos sobre su rostro. Él hacía lo propio. Detrás de nosotros se había desatado el infierno: Pato, enloquecido, vaciaba los cargadores sobre Dálmata, mientras éste le lanzaba jarras de cerveza escondido tras la barra; Tortuga, nervioso por primera vez, gritaba a Eva que se quedase quieta, disparando a su alrededor; mientras Eva se desgañitaba ante nuestra pelea y nos intentaba obligar, con agudos chillidos, a parar.

Nosotros rodábamos por el suelo del bar, ajenos a todo, sangrando por la nariz, la boca, las cejas y por los múltiples cortes en los brazos y la espalda causados por las miles de astillas y trozos de vidrio que volaban como confetis en la escena. Viva la fiesta.

Por fin, la policía llegó, pero no sabía a quién debía parar, atender o amenazar.
No les culpo.
Así que decidieron quedarse en la puerta y disparar al techo, una y otra vez, mientras vociferaban sus mierdas de polis. Ni caso.
Pero los disparos asustaron a nuestros amigos de la granja, causando efecto: Dálmata, aun con la máscara lanzó una poderosa jarra de Lager alemana sobre Pato, que esquivó el proyectil y aprovechó para dispararle, atravesando la máscara y el pómulo del buen padre de familia que había debajo. Pero Tortuga, con la máscara levantada, atento a todo, vio cómo la jara se le venía encima y, justo antes de recibir el impacto sobre su huesudo y aireado cráneo, disparó, asustado, reventándole la cabeza a Pato.

 Más confetis.

Silencio.

La policía nos separó e interrogó. Dos agentes para cada uno, distintos y alejados uno de otro.  Mientras narraba esto mismo que ahora declaro, me di cuenta de que me dolía todo, que me había torcido el pie y que, por algún jodido casual, llevaba una puta bala de la policía en el hombro izquierdo. Pobre agente, le despidieron sin remedio.

Al cabo del tiempo el bar cerró, M quedó en paro un tiempo hasta que encontró otro sitio, más tranquilo, donde currar. Un sitio de esos de cupckakes, con las paredes salmón clarito y rosa. Todo muy pastel. Una mariconada, pero donde creo que no volverá a repetirse una situación parecida.

Por el contrario yo no conseguí las prácticas y, mucho menos, el contrato posterior. Una suerte seguir estudiando. Te la soplan esas cosas.

Y Eva…Eva está ingresada en un centro psiquiátrico. No pudo aguantar. Y no la culpo, joder, pero no sé, quizás no fuera para tanto ¿no?

A fin de cuentas, y después de todo, seguimos vivos.

sábado, 5 de abril de 2014

Soliloquio de un sapiens apático

No entiendo el aprecio a la vida humana. Quiero decir, a la propia sí, claro, y a la de los amigos y la familia. Ya sabes, mola tener eso. Bueno, no a toda la familia.
Pero no entiendo el respeto a los desconocidos. ¡Sólo porque compartimos especie! Porque luego, la vida de las demás no la respetamos. Sin ningún problema ¡eh! No soy un hippie de esos a los que les da penita pisar el césped, no vaya a tener sentimientos. Si los tiene que se joda, no haberse puesto en medio.
Cuidado, que tampoco defiendo ir matando porque sí, joder, no. Fastidiarles la vida a los demás no es bonito, está feo. Solo digo que no entiendo por qué podemos matar arañas como si nada y debemos sentir pena por cualquier muerto aleatorio.
Especialmente si nos dicen su nombre. Ahí les ponemos una cara, una vida, una historia, una familia y unos sueños que quedan por cumplir. Y de repente te sientes ese muerto y empiezas a rallarte con la fugacidad de la vida y esas mierdas. Figuras literarias, al fin y al cabo.

Sentimientos. Empatía, le llaman.

Mariconadas.

Seguro que hay algún tipo de explicación psicológica o científica o lo que sea ¿sabes? Pero no puedo entenderlo. Quizás venga un antropólogo y me explique, o un biólogo o cualquiera que se considere nosequeologo, esos tipos de bata blanca y mirada de superioridad. Bah, me caen fatal los científicos, se creen que lo saben todo y no saben una mierda.

Bueno, al tema, si tuviera un cerdo como mascota me daría pena comérmelo, ¡joder, ni lo tocaría! Pero al resto, que les den, con lo ricos que están. ¿Por qué me tiene que dar pena ese niño negro desnutrido? Si no le conozco, no puedo sentir pena por algo cuya pérdida no me va a afectar. ¿Por qué hay que acongojarse con los miembros destrozados que se desperdigan por el asfalto tras un atentado? Bua, con lo que mola esa imagen. Lo siento, no les conozco. No me afecta.

Es así. Me dará más pena si se me mueren mis plantas, ostia, con lo que cuesta hacerlas crecer. Sí. Ahí sí que me pillo un cabreo gordo.Y no quisierais verme cabreado.

En fin, no lo entiendo. Quizás haya perdido la capacidad de sentir algo. Lo poco que me quedaba, claro.

Pero no, no puedo. Que no. No insistas. Imposible.


(…)