miércoles, 24 de julio de 2013

Sobre cuatro años de esfuerzo.

Hace tiempo que  se vio obligado a practicar el vegetarianismo. En un principio la supresión de carne no le supuso nada, de todas formas seguía tomando productos de origen animal. No lo hacía por convicción, no sufría con el tratamiento vejatorio de los animales, no le importaban las pesadillas que sufrían las vacas con las máquinas succionadoras de leche, ni le molestaban los pollos criados en enormes naves, hacinados unos contra otros, criados en su propia mierda.
Pero se vio obligado a hacerlo por problemas de salud.

Lo gracioso es que trabajaba en una granja. Una pequeña explotación de terreno donde el huerto alimentaba a unas 10 personas, junto con un corral de gallinas, una vaca y algunos cerdos. Desde hacía años se había dedicado a cuidar y engordar uno de los cerdos. Cuidadosamente alternaba las etapas de engorde con otras donde primaba el ejercicio para que la grasa se entreverase entre el músculo. Iba a dar una carne de altísima calidad. Trabajaba día a dí apara ello, era su gran proyecto de vida. Todo lo volcaba en ello.

A pesar de que sabía que se iba a acabar algún día, a pesar de que conocía el final necesario de su trabajo, se involucraba en ello como no se había involucrado con nada mas. Ciertamente todos los días se quejaba del cerdo, sus compañeros estaban ya muy hartos de tanta queja. "Si quieres", le decían, "te cambio las patatas por el cerdo". Pero no podía, porque era su proyecto, su mejor proyecto. Era su gran obra. Cuidar a ese cerdo era su vida.

Cuatro años duró. Cuatro intensos años de lucha cuidadosa para crear el mejor producto. Cuatro años invertidos sin arrepentirse de nada. Cuatro años que iban a acabar.

El cerdo estaba en su mejor momento. Su carne rosada era perfecta, su engorde equilibrado, su madurez óptima.

El frío había llegado a las tierras, ya estaba entrado noviembre y era la hora de la matanza. Con crueldad infinita y tanto frío dentro de ellos como el que fuera ostentaba el final de otoño, los compañeros mataron a su cerdo. Chorizos, jamones, longanizas, lomos, costillas, morcillas, sobrasada, salchichón...

Cuatro años invertidos para que una fría mañana acabe todo. 

Cuatro años cuidando la mejor calidad del producto para que lo disfruten otros, porque, hay que recordar, que no comía carne. Ahora que estaba en el mejor momento, otros se lo comerán, disfrutarán de la mejor calidad. A costa de su trabajo y él jamás lo podrá averiguar.

Porque se ha convertido en algo que ya no puede disfrutar. Porque está lejos de su alcance.
A partir de ese día tuvo que abandonar la granja al no poder soportar ver como, cada ciertos días, sus compañeros comían la carne de su cerdo, felicitándole por el grandísimo trabajo que había hecho.

Cuatro años. A la basura.

miércoles, 3 de julio de 2013

POW

No sabes lo que acaba de pasar. Pero ha sido real, lo notas.
¿Alguna vez habéis aspirado agua por la nariz? Estás nadando en la piscina y respiras cuando no debes, justo en el momento en el que una gotita perdida, cabeza de pelotón de otras muchas, avanza con decisión hacia tus orificios nasales, entra con afán exploradora y parece que penetra con armas de ráfaga automáticas en lo más hondo de tu cerebro.
Notas el frío y cómo lo que sea que haya bajo la piel, músculos y huesos de tu frente se deshace en millones de puntitos de electrificantes colores. Y duele. Mucho.

Pues algo así se siente. Después notas el dolor grave y general y el sabor herrumbroso. Pero no deja de ser menos doloroso de lo que parece, porque, con los ojos llorosos, notando cada latido del corazón en la nariz y la sensación de haber respirado muy hondo el gas de un refresco de cola recién abierto, en lo único que piensas es en qué coño acaba de pasar.
La adrenalina también ayuda, claro, pero resulta menos poética para la narración.

Como un idiota posas la mano sobre la superficie hinchada y anestesiada, como si temieses que se fuese a caer, como si pudieses curártelo así de fácil. Y hablas con la mano puesta. Y no se te entiende porque has creado una insonorización de carne perfecta, aparte de que cada vez que mueves los labios te rozan con el diente y prefieres intentar vocalizar sin moverlos. Y no te das cuenta, porque ya no puedes pensar. Intentadlo. No se puede.
Y así sigues, andando por la calle, mientras el mundo sigue a lo suyo, buscando una explicación con la mano puesta sobre tu cara, pero sin tocarla, porque empieza a doler.

Poco a poco empiezan a aparecer los primeros síntomas de lucidez en forma de pensamientos aparentemente lógicos, pero vienen todos juntos, hablando muy alto y sin respetar turno de palabra. Cúrate la herida. Compra analgésicos. Ahí al lado está el ambulatorio. No quiero puntos. ¿Tendré el diente bien? Dios, escuece. Llama a la policía. Que vergüenza que me vean así. Alguien podría ayudarme con un pañuelo o algo. ¿Para qué la policía si el mal ya está hecho?
Mientras, das vueltas sobre ti mismo, intentando elegir hacia dónde dirigirte.

Llegas a casa con una pequeña caja de cartón con suficiente analgésico como para hacer feliz a un suicida, organizado en cómodas píldoras blanquecinas para que el trámite sea más llevadero, que, a su vez, van dentro de un plástico de color plateador.
Todo con un aspecto de limpieza y elegancia que no se corresponde con la escena que estás viviendo. Una caja blanca y azul, con tipografía sencilla y legible, sin serifa. Doblado a la perfección por máquinas que no sangran. Oliendo a antiséptico. Definitivamente los medicamentos no representan aquello a lo que siempre van unidos.
Te tomas el comprimido, solo uno, porque piensas que aun, a pesar de lo ocurrido, no es momento de acabar tu vida. Aunque deseas morir cuando el agua fría, cargada de cal y lejía, roza los cortes interiores del labio.

Pero sonríes. Sonríes al mirarte al espejo porque estás muy feo. Deformado. Hinchado. Los ojos llorosos y las ojeras marcadas. Sonríes del lado izquierdo, porque el derecho está anestesiado y duele. Pero sonríes.

Pasado unos días ya solo queda una pequeña fisura bajo la nariz.

Y la duda de qué es lo que ha pasado.