A pesar del surco que dejan sus pesadas gafas sobre los laterales de la nariz, anda por la calle entre espejismos borrosos que, supone, son personas.
"Hola" le dicen de lejos
"Hola" responde.
"¿Qué tal vas con los ejercicios?"
Ahh, ahora cree saber quién es. Una vecina, no mucho menor que ella, pero lo suficiente como para que se note. Hace días le recomendó que, durante quince minutos al día, abriera y cerrara las manos, apretando, para mantener en movimiento las articulaciones. No recordaba siquiera si lo había hecho laguna vez.
"Muy bien, muy bien hija" responde, "mira, mira" . Mueve la mano. Abre y cierra lo que antaño fue una mano tersa, áspera por el trabajo, pero cargada de calor. Arruga y arruga cada vez mas los dedos. "Hago así y muevo la mano, me viene muy bien".
"Claro, claro, mujer, sigue que verás que bien"
Seguro que tu ridículo ejercicio consigue engañar a la naturaleza, piensa, seguro que puede hacer que lo que ya no sirve para nada encuentre un nuevo uso. El engaño del reciclaje.
Se despiden y sigue el camino. El supermercado.
No recuerda que vino a comprar. Pero en casa siempre necesitan pan. Por si su hijo viene a comer.
Allí se encuentra con una antigua amiga, vecina de toda la vida y la saluda.
Su amiga, temblorosa, trata de meter productos en una bolsa. Le ha respondido al saludo con un leve movimiento de cejas. No la ha reconocido. No importan los años compartidos, las tardes de merienda, las partidas de cartas. Al final, el tiempo compartido es garantía de olvido.
Al lado, su marido, agarra con las axilas sus dos muletas mientras sigue metiendo productos en otra bolsa. Movimientos violentos, rápidos. No precisos.
"Pon la bolsa así" grita a su mujer. Coloca una docena de huevos XL en el fondo, para que apoye sobre la superficie metálica y levanta los bordes de la bolsa. Su mujer los arruga y baja. Él grita y los vuelve a subir. De nuevo movimientos violentos y duros. "Haz como te digo" Que yo se. Esto último no lo dice, pero lo piensa. Se le cae una muleta.
"Me cagüenlaa"
Nuestra señora se acerca y recoge la muleta.
"Gracias, gracias" balbucea el hombre, sin mirarla.
Está harto de cargar con su mujer. Que ya no es su mujer. Recuerda cuando eran jóvenes, lo guapa que era. Cuando empezó a envejecer no importaban sus arrugas, las manchas de sus manos ni las canas. Seguía siendo la mujer que amaba.
Ahora es solo un trozo de carne arrugado sin consciencia, que se tambalea de aquí para allá, a un ritmo insultante, y que no sabe hacer nada. Pero que intenta hacerlo todo. Una maldita carga.
"Que majos eran" Piensa. "Hacían buena pareja" EL tiempo pretérito de la oración no ha sido escogido por casualidad. Pero a nadie importa su opinión.
El hombre paga y sale de allí lo mas rápido que le permiten sus muletas, aun así, bastante rápido. Su mujer se dirige a la puerta y allí se queda. Derecha o izquierda, no sabe. No recuerda cómo se va a su casa, pero sabe que en medio de la puerta automática estorba. Así que sale, en alguna dirección.
"Voy a ayudarla" murmura...pero...
¡Galletas de chocolate! Acababa de recordar para qué había salido de casa. Sonríe pensando en sus nietos y se recorre todo el supermercado buscando las galletas, que estaban a la entrada.
Cuando llegue a casa guardará las galletas junto al resto de paquetes y se hará la cena. Verá la televisión y se irá a dormir, evitando pasar frente a un espejo. Evitando pensar.
Y así, todos los días. Como quien lee revistas que no le interesan en la sala de espera de un médico. Por hacer algo, esperando que llegue tu turno. ¡Y qué cojones! Llevas horas esperando y ves como gente que ha llegado mas tarde que tú entra primero.
Así que sigues con las revistas, cada vez mas asqueado, cada vez con menos interés.
Hasta que llegue tu turno.