Te sientas en
la cama con algún suspiro grave, notando con los latidos del corazón todos y
cada uno de los pasos que has dado por todas esas tiendas de moda en las
plantas de tus pies. Así que me quito los zapatos y me pongo ropa cómoda.
A mi lado
ella se está desnudando para irse a la ducha.
Nunca me han
gustado las chicas en ropa interior, es por el sujetador. Es un machaca-morbo.
Es cierto que tengo mis preferencias en las braguitas que puedan usar, unas
braguitas normales, casi infantiles, crean ternura pero pueden tener su punto
en algún momento; el tanga es como la televisión, te toma por idiota y te lo
muestra todo de forma clara para que no te pierdas, pero bueno, no voy a
quejarme de ver dos nalgas con el simple movimiento de desabrochar un pantalón;
y definitivamente las brasileñas enseñan en su justa medida, media nalga: ves
culo y a la vez te dan ganas de quitarlo para ver qué es lo que hay debajo.
Pero los
sujetadores no, definitivamente no.
No puedo
salvar ninguno.
Ya puede
estar frente a mí una escultural muchacha deportista y atlética con las
braguitas brasileñas más sexis, que si lleva sujetador enseguida me fijaré en
las estrías de crecimiento de sus caderas o en ese lunar que desluce sus
abdominales.
Ella suele desnudarse
en la habitación antes de ir a la ducha y por eso espero mirando, mientras me
desato muy lentamente los cordones de las zapatillas, sin quitarle los ojos de
encima. Pero no es una chica atlética, no está maquillada, no tiene buena
iluminación y su imagen no ha sido tratada por Photoshop, además se ha atascado
con el cierre del sujetador, así que pierdo la atención.
Tras ella veo que las bolsas de las compras de la tarde están sobre
un montón de ropa sucia, una mochila, dos carpetas, folios doblados y creo
atisbar al fondo de todo ello la mesilla de noche.
Obviar
ese montón de mierda es imposible. El culo de la chica está en medio, es un
bonito espectáculo a priori, pero algo me dice que esas bolsas podrían quedarse
ahí eternamente si no hago algo por evitarlo.
- - Luego
lo quito, de verdad – coge la toalla de detrás de la puerta y se encamina al
baño - deja que me duche primero y lo
recojo todo, te lo prometo.
Promesas vanas.
Sólo,
recostado en la cama arrugada, miro por la ventana y veo atardecer. Es un
atardecer realmente bonito, las nubes están ligeramente rosadas y el cielo
naranja. A lo lejos se puede ver el azul oscuro de la noche y las montañas
recortadas en un color pardo sobre todo el espectáculo celeste. Es precioso.
Pero las
bolsas están sobre ropa de hace tres días. Tres días de sudor sobre el suelo. Calcetines
con pelusillas sueltas, desparejados, gritando ayuda.
El cielo es
realmente horrible ahora, desgarrado, rojo, agresivo y al final el túnel, que
debería ser luminoso y esperanzador, es oscuro y quiere tragarnos a todos. A
los ordenados y desordenados, puntuales e impuntuales. Nos comerá a todos por
igual. No importa que no sea responsable en absoluto de ese espectáculo
grotesco de polvo, sudor y fluidos vaginales bajo tres grandes bolsas de plástico con ropa que
huele a desinfectante. No importa.
Ahí vuelve,
con el cuerpo enrollado en una toalla roja y el pelo en una verde. Los
recogidos de las toallas de pelo están a la altura de los sujetadores.
- - ¿Tanto
te molesta que estén ahí un rato más?
- - Realmente
sí.
- - ¿Por
qué?
- - Porque
no deben estar ahí, ni las bolsas ni toda la porquería de debajo.
- - Pero
ya estamos otra vez, ¿Por qué tú lo digas?
Verás,
resulta que así soy yo.
Considero que hay dos
formas de hacer las cosas: primero está mi forma y luego la forma errónea.