jueves, 23 de mayo de 2013

Un día.


Te sientas en la cama con algún suspiro grave, notando con los latidos del corazón todos y cada uno de los pasos que has dado por todas esas tiendas de moda en las plantas de tus pies. Así que me quito los zapatos y me pongo ropa cómoda.
A mi lado ella se está desnudando para irse a la ducha.
Nunca me han gustado las chicas en ropa interior, es por el sujetador. Es un machaca-morbo. Es cierto que tengo mis preferencias en las braguitas que puedan usar, unas braguitas normales, casi infantiles, crean ternura pero pueden tener su punto en algún momento; el tanga es como la televisión, te toma por idiota y te lo muestra todo de forma clara para que no te pierdas, pero bueno, no voy a quejarme de ver dos nalgas con el simple movimiento de desabrochar un pantalón; y definitivamente las brasileñas enseñan en su justa medida, media nalga: ves culo y a la vez te dan ganas de quitarlo para ver qué es lo que hay debajo.
Pero los sujetadores no, definitivamente no.
No puedo salvar ninguno.
Ya puede estar frente a mí una escultural muchacha deportista y atlética con las braguitas brasileñas más sexis, que si lleva sujetador enseguida me fijaré en las estrías de crecimiento de sus caderas o en ese lunar que desluce sus abdominales.
Ella suele desnudarse en la habitación antes de ir a la ducha y por eso espero mirando, mientras me desato muy lentamente los cordones de las zapatillas, sin quitarle los ojos de encima. Pero no es una chica atlética, no está maquillada, no tiene buena iluminación y su imagen no ha sido tratada por Photoshop, además se ha atascado con el cierre del sujetador, así que pierdo la atención.
Tras ella veo que las bolsas de las compras de la tarde están sobre un montón de ropa sucia, una mochila, dos carpetas, folios doblados y creo atisbar al fondo de todo ello la mesilla de noche.
Obviar ese montón de mierda es imposible. El culo de la chica está en medio, es un bonito espectáculo a priori, pero algo me dice que esas bolsas podrían quedarse ahí eternamente si no hago algo por evitarlo.
-     -  Luego lo quito, de verdad – coge la toalla de detrás de la puerta y se encamina al baño -  deja que me duche primero y lo recojo todo, te lo prometo.
Promesas vanas.
Sólo, recostado en la cama arrugada, miro por la ventana y veo atardecer. Es un atardecer realmente bonito, las nubes están ligeramente rosadas y el cielo naranja. A lo lejos se puede ver el azul oscuro de la noche y las montañas recortadas en un color pardo sobre todo el espectáculo celeste. Es precioso.
Pero las bolsas están sobre ropa de hace tres días. Tres días de sudor sobre el suelo. Calcetines con pelusillas sueltas, desparejados, gritando ayuda.
El cielo es realmente horrible ahora, desgarrado, rojo, agresivo y al final el túnel, que debería ser luminoso y esperanzador, es oscuro y quiere tragarnos a todos. A los ordenados y desordenados, puntuales e impuntuales. Nos comerá a todos por igual. No importa que no sea responsable en absoluto de ese espectáculo grotesco de polvo, sudor y fluidos vaginales bajo  tres grandes bolsas de plástico con ropa que huele a desinfectante. No importa.
Ahí vuelve, con el cuerpo enrollado en una toalla roja y el pelo en una verde. Los recogidos de las toallas de pelo están a la altura de los sujetadores. 
-    -   ¿Tanto te molesta que estén ahí un rato más?
-    -   Realmente sí.
-    -   ¿Por qué?
-    -   Porque no deben estar ahí, ni las bolsas ni toda la porquería de debajo.
-    -   Pero ya estamos otra vez, ¿Por qué tú lo digas?
Verás, resulta que así soy yo.
Considero que hay dos formas de hacer las cosas: primero está mi forma y luego la forma errónea.

No soporto.

No soporto como come.
La mirada perdida y el cuerpo tembloroso. "Para" le digo. Pero no para. "Es que vengo con los nervios y la prisa. Ya sabes esas cosas"
No, no sé de qué habla.
Cada bocado es como un trueno agudo que retumba en las paredes de la cocina. Y ahora, mientras mira al infinito con los ojos abiertos de un enfermo agresivo, toma su copa de agua. No la mira, simplemente alarga la mano y la coge. Abre la boca como un pez, boqueando, e introduce el vidrio bien hondo en esa apertura ovalada. Los labios casi abarcan la mitad de la copa.
GLUP GLUP. Traga el agua. Solo dos tragos. Ha vaciado toda la copa. GLUP GLUP. La epiglotis sube y baja en su cuello y yo lo oigo.
El cuerpo inclinado hacia delante, sobre la mesa, el plato a la altura de sus clavículas; intenta clavar algo con el tenedor mientras, con delicadeza, lo empuja con el cuchillo.
Lo intenta una vez. Dos veces. Tres veces. Desiste.
Se limpia las manos con una servilleta azul, a juego con su ropa.
Coge una cabeza de pescado, la mira y se la lleva a la boca mientras vuelve a  mirar al infinito. Mueve tanto las piernas que ya no solo ella vibra, ahora la mesa también se mueve. SLUP, SHHLUP. Chupa la cabeza del pescado, succiona toda la carne que puede arrancar de la estructura ósea gelatinosa y frita del pez muerto.
Un sonoro y profundo eructo ahogado, seguido de una bocanada de aire a presión con olores diversos y mezclados constata que está empezando a digerir. 
Justo después de su boca sale más aire, esta vez modulado de forma que la vibración que crea en el espacio gaseoso que nos rodea sea interpretado por mi cerebro como "saca la fruta".
Y a mi ya no me quedan mas uñas por morderme.


domingo, 12 de mayo de 2013

Un hombre del siglo xxi

Si viésemos a Joviano apenas repararíamos en él. Es un hombre de mediana edad, alrededor de un metro y ochenta centímetros, de pelo moreno.
Realmente nunca supe qué significa mediana edad, quiero decir, todos lo decimos, pero ninguno sabemos a qué nos referimos. Quizás hablemos de cuarenta años, aunque un cincuentón aleatorio no admitiría que lleva diez años fuera de la franja media de su vida, así que se consideraría a si mismo de "mediana edad". 
Para no herir sensibilidades pondremos al señor Joviano alrededor de los cuarenta y cinco años.

Joviano tiene una familia, como se presupone de un hombre de su edad. Tiene una mujer y una hija. Su mujer es entre uno y dos años menor que él, como es adecuado y su hija veintisiete años menor. Ninguna de las dos es especialmente guapa pero cuando Joviano conoció a su mujer no podía aspirar a nada mejor y acabó queriéndola. El novio de la hija, sin embargo, piensa que es una chica interesante y que tiene buenas tetas. Suficiente.

La esposa trabaja en una oficina y Joviano, tras años cobrando el paro, es ahora barrendero. 

Si viésemos a Joviano apenas repararíamos en él. Aunque veríamos su llamativo traje fosforescente, naranja y verde, no repararíamos sen él. Es solo un barrendero.

A los cuarenta años Joviano decide que no ha hecho nada con su vida y que es hora de cambiar. Joviano está sufriendo la crisis de los cuarenta, la crisis de la mediana edad. Los síntomas más claros en hombres suele ser la necesidad de sentirse jóvenes de nuevo y la búsqueda de nuevas experiencias que se han perdido con la edad o que en su día no pudieron experimentar. 
Sólo un 10% de la población sufre semejante crisis, pero aún así un 80% asegura sufrirla.
Joviano no va a ser menos y la sufre. 

Siempre ha sido un hombre sensible, un hombre que iba a museos esporádicamente, que guardaba alguna revista de fotografías espectaculares y tenía cierta soltura con las nuevas tecnologías. Y es barrendero.

Pero Joviano no volverá a tener ese problema. Joviano no volverá a ser barrendero. Joviano es despedido.

Nuestro hombre, de metro ochenta y pelo oscuro, con unos vaqueros y un polar de montañismo, se dirige cabizbajo a la agencia de empleo, es un tránsito conocido, aunque cuando él solía pasarse por la oficina había menos gente. Situado entre un hombre de color, al que llamaremos Motombo y otro varón de rasgos magrebíes, al que llamaremos Mohamed, Joviano espera su turno.
Joviano piensa en lo ridículo que suena decir "hombre de color" mientras se mira el antebrazo derecho, de un tono tostado por el Sol. Sin embargo sabe que decir "negro" puede sonar peyorativo. Aunque Joviano no sabe que existe la palabra "peyorativo".

Ahora Joviano trae alrededor de 500 euros mensuales. Es insuficiente para el nivel de vida que se habían planteado, pero no importa, con unos arreglos pueden vivir bien, a fin de cuentas su mujer, que no es muy guapa, sigue trabajando en la oficina.
Sentado en el sofá, jugueteando con las zapatillas entre sus pies descalzos, Joviano toma una decisión. Va a estudiar una carrera.

Con cuarenta y cinco años y en el paro estudiará. Aparentemente es una acción loable, va a continuar su formación educativa para optar a un puesto de empleo con mayor responsabilidad, pero Joviano no piensa en eso, Joviano piensa en lo que siempre quiso hacer y no pudo, Joviano actúa desde la crisis de la mediana edad. En caso de que haya quedado mas o menos claro qué es la "mediana edad".

Al menos un 15% de los alumnos de Bellas Artes son adultos de vidas asentadas que deciden suplir las carencias de sus tediosos trabajos y aburridas vidas conyugales en el fantástico, abierto y cargado de nuevas experiencias mundo del arte.
En la familia de Joviano no hay dinero, pero presentando la cartilla del paro la matrícula de la universidad es gratuita.  Para él y para su hija. Así que haya va, a gastarse el dinero público en un arrebato de juventud.

Lo que Joviano hizo dentro es sencillo de explicar. Nada.
Quiero decir, nada de provecho, pero finalizó al carrera limpia, en cinco años, con una media alta, menos en algunas asignaturas de dibujo y pintura de primero. Pero no pasa nada, porque, a diferencia de sus compañeros, Joviano tiene una vida detrás, una experiencia que le avala y un feeling natural con los profesores, cercanos a su edad.
A Joviano le gustaba la fotografía y, como he dicho, no era muy bueno dibujando, así que se especializó en diseño. Diseño es una carrera que podría estar aparte de Bellas Artes, que debería estar aparte, cuyos profesores, siempre limpios y estirados, no soportan ni toleran a los sucios artistas. Pero diseño está dentro de la carrera para tener cualificación universitaria.

La hija de Joviano, cuyas tetas no resultaron suficientes para mantener a su novio, pero sí para continuar una vida sexual activa, también hace Bellas Artes.
Cuando ella termina, cansada de la carrera y ansiando entrar en el mundo laboral, a ser posible en algo que tenga que ver con la carrera en la que ha invertido tiempo y esfuerzo llega una felíz noticia a casa.
Joviano ya no cobra el paro.
Joviano ahora tiene trabajo.
Joviano se dedicará ahora al diseño web.

Su hija a entrado a trabajar en un establecimiento de comida rápida y da clases de pintura a dos niños pequeños. Aunque normalmente los niños son pequeños, así que podría decir que da clases a dos niños.

Su compañero de trabajo,un chico sonriente que se ha fijado en lo apretado que le queda en el pecho el uniforme rojo del local, estudió un módulo de diseño web. Pero se lía con los pedidos y sabe que no lo renovarán a los tres meses, aunque no el importa, porque hace tiempo echó el curriculum en una empresa con una vacante y solo fueron a la entrevista él (joven cualificado, ansioso por aprender y trabajar) y un señor mayor. 

De mediana edad.