viernes, 24 de enero de 2014
Una breve historia sexual
Estaba tan preocupado en ver la paja en el ojo ajeno, que no veía la biga en el suyo.
domingo, 19 de enero de 2014
(Róterdam, 28 de octubre de 1466 - Basilea, 12 de julio de 1536)
Se abre la puerta de madera combada, pintada de blanco con
un esmalte duro, que se descascarilla con cada roce, y encuentras varias caras que
te miran directamente. No les suenas. Caras altas y bajas, del hemisferio norte
y del hemisferio sur. Caras con ojos, como suele ser habitual, ojos azules,
marrones y verdes, acompañados todos, sin excepción, por grandes bolsas y
ojeras teñidas de púrpura.
Saludas de medio lado, mirando de reojo, con ese saludo
internacional que consiste en apretar los labios como si fueras a pronunciar
una M larga, alzas las cejas y levantas levemente la frente. Joder no conoces a
nadie, no puedes ser mas efusivo. Además, no sabes qué idioma hablan.
Reconoces que ese tío alto (extremadamente alto), con la
cara cuadriculada y las facciones angulosas debe ser muy del norte, alemán o
sueco. El otro del fondo, rubio y con la cara redonda como una torta de jugoso
pan recién hecho debe ser ruso. O de por ahí cerca. Le delatan los ojillos
pequeños y juntos.
La china es fácil de reconocer, porque no has visto nunca a
nadie en tu vida bailar con menos gracia una cumbia. Sólo puede ser china. O
coreana. O japonesa. Chinos, a fin de cuentas.
Hace calor, todos están borrachos y te limitas a seguir a la
persona con la que has venido. Conoce a los que viven en la casa, pero no
están. Luego descubres que sí que están, obviamente, pero los nervios y la
incomodidad no te dejan pensar porque te has dado cuenta de que estás en una
habitación.
Hay un ordenador a modo de equipo de música. Un armario. Una cama. Gente tumbada en la
cama. Gente tumbada sobre gente que está tumbada en la cama. Y otros tantos
bailando, menos la china, la china está haciendo algo parecido a bailar pero no
sabrías decir qué hace exactamente.
Todos bailan por parejas. Parejas multirraciales con el
libido aumentado por el alcohol y las drogas. Estás metido en un maldito
anuncio de Beneton Colours dirigido por
Robert Rodriguez. Surrealista.
No sabes muy bien cómo, pero estás en la cocina. Una cocina
amplia, con dos neveras y una pila de piedra. Los fuegos podrían funcionar a
leña, pero están cubiertos por una tabla y a su lado reposa un horno con
vitrocerámica eléctrica. Les estará saliendo cara la factura de la luz.
Allí están los dueños del piso. Bueno, no dueños, claro, los
responsables. Italianos. Se insultan de una punta a otra de la cocina mientras sonríen y te das
cuenta de que son primos mediterráneos, a fin de cuentas.
Están todos tan borrachos que no importa que no hayas
llevado nada para beber, te vas a acabar todas las existencias que tengan. No
importa, de verdad, es un mundo distinto. Y encima te van a invitar a cenar, o a desayunar, a esas horas
uno nunca sabe lo que está haciendo.
Un mejicano, o mexicano, o como se escriba, se te acerca y
se presenta. Parece hawaiano, samoano o de por ahí. Pero tanto él como su
acento aseguran que son mejicanos. O mexicanos.
Nos pregunta de dónde somos y toma especial cariño a una de las chicas
con las que has entrado a esa improvisada reunión de la ONU. Quiere fotos,
pero no le interesas tú, solo la chica, así que te pide a ti que las hagas.
Cinco años de bellas artes para acabar fotografiando una fiesta. Con un móvil. Y lo peor es que intentas enfocar y componer la imagen, casi estás tentado a pedir que se reorganicen, porque el que va disfrazado de Kiss (con muy poco éxito) descompone ahí atrás, atrayendo toda la luz. Pero recapacitas y pasas, claro, y que salga como sea.
Maldita sea, el móvil hace fotos mejores que cualquiera que
haya sacado con una réflex digital.
"Oye, ¿De qué vas?" Suelta bruscamente la chica. Nadie le he dicho nada malo, ni la a tocado en un intento beodo e insistente por ligársela, no, sólo pregunta que de qué va disfrazado uno de los chicos de la cocina. Ese pequeño argentino que no para de cruzar la cocina con movimientos nerviosos. Pero claro, tiene modales del norte y decide omitir en la oración todo aquello que definiese la actitud tranquila y curiosa de su intención.
La miras con reprobación y repites su frase con voz cascada y acento de yonki. Se da cuenta de cómo ha sonado y corrige: "Oye, ¿de qué vas disfrazado?"
"De qué iba, dirás" responde con tranquilidad el argentino. Nos cuenta no se qué de un sombrero y un payaso. Creo que solo ha utilizado la palabra payaso para usar ese característico sonido de la Y /l/ que le define como argentino. O como Uruguayo. No, argentino, porque escuchas de fondo algo de Buenos Aires, todos quieren contar su vida y saber la vuestra, de una manera u otra; además, les hace mucha ilusión cuando descubren que ni siquiera tú eres nativo.
"Oye, ¿De qué vas?" Suelta bruscamente la chica. Nadie le he dicho nada malo, ni la a tocado en un intento beodo e insistente por ligársela, no, sólo pregunta que de qué va disfrazado uno de los chicos de la cocina. Ese pequeño argentino que no para de cruzar la cocina con movimientos nerviosos. Pero claro, tiene modales del norte y decide omitir en la oración todo aquello que definiese la actitud tranquila y curiosa de su intención.
La miras con reprobación y repites su frase con voz cascada y acento de yonki. Se da cuenta de cómo ha sonado y corrige: "Oye, ¿de qué vas disfrazado?"
"De qué iba, dirás" responde con tranquilidad el argentino. Nos cuenta no se qué de un sombrero y un payaso. Creo que solo ha utilizado la palabra payaso para usar ese característico sonido de la Y /l/ que le define como argentino. O como Uruguayo. No, argentino, porque escuchas de fondo algo de Buenos Aires, todos quieren contar su vida y saber la vuestra, de una manera u otra; además, les hace mucha ilusión cuando descubren que ni siquiera tú eres nativo.
Uno de los italianos, el que más sonríe, te mira mientras
abre la nevera con una mueca que indica, claramente, que no tiene comida. Pero
sí hambre. Y ganas de invitarte a cenar. Por suerte es una fiesta donde todo puede
ocurrir, así que pasados unos minutos aparece sonriente y triunfante, con las
manos en alto gritando: ¡PAAASTAAA!
Alimentando tópicos.
También te alimentará a ti, así que no importa.
También te alimentará a ti, así que no importa.
Pero ya es excesivamente tarde. O temprano. Los primeros
negocios empiezan a abrir ahí fuera, en el mundo real, y crees que es hora de
marcharte, sin probar la pasta. Una pena.
Recoges tu abrigo del suelo de la cocina, junto a un charco rodeado de vasos y bricks de diferentes colores, no sabes cómo ha acabado ahí pero sabes y aceptas con resignación que olerá a vino tinto barato durante días. Atraviesas el pasillo, te despides y bajas las escaleras imaginándote las reuniones de la ONU con alcohol, droga y música, todos presentándose en un idioma común y preguntando ¿De dónde sois? ¿Sois de por aquí?
Recoges tu abrigo del suelo de la cocina, junto a un charco rodeado de vasos y bricks de diferentes colores, no sabes cómo ha acabado ahí pero sabes y aceptas con resignación que olerá a vino tinto barato durante días. Atraviesas el pasillo, te despides y bajas las escaleras imaginándote las reuniones de la ONU con alcohol, droga y música, todos presentándose en un idioma común y preguntando ¿De dónde sois? ¿Sois de por aquí?
Todo iría mejor, seguro.
Bueno, no, iría igual, joder, no puede salir nada bueno de estas fiestas...pero sería mucho más divertido.
domingo, 5 de enero de 2014
Rotura espacio-tiempo
“Hola”
Decía.
“Hola”
Repetía algo más fuerte.
Se
movía de aquí para allá, probando suerte. “Hola”, dijo mirando fijamente a los
ojos a ese chico moreno. Nada. “¡Hola!” repitió con efusividad a la chica de la
esquina, la cual, él juraría, la conoce. “Hola”.
No.
De
alguna manera se había vuelto transparente, como si no perteneciese a esa
dimensión. Parecía que nadie pudiera verle, ni oírle, ni sentirle de ninguna de
las maneras que un humano puede sentir. Elegid vosotros el número de sentidos
que hay, para así no entrar en conflicto
con lo científico o lo paracientífico.
Aún
así no se daba por vencido, seguía yendo de un lado a otro, de grupo en grupo,
saludando. “Holaaaa”
Insistió
más con aquellos que mejor conocía. O al menos con aquellos que él recordaba
más conocía. Aunque visto lo visto, no pondría la mano en el fuego por su
afirmación. “Holaa, ooyeee, hola”.
Nada.
Deja
de intentarlo, pensó, está claro que no se puede. No cabía otra respuesta,
venía de otra dimensión, vivía en un mundo paralelo al de ellos, aparentemente
misma realidad, pero nada que ver. Mundos distintos.
O
eso, o le estaban haciendo oídos sordos. Pero eso no es propio de los colegas,
¿verdad? No, los amigos jamás harían como que no existe, los amigos no ignoran.
Estaba claro.
Así
que sin más, se marchó.
Ya
habrá alguien en su misma dimensión.
A
lo mejor había cambiado de dimensión sin darse cuenta, al dormir, en un
estornudo fuerte, o en un ataque de tos. Volver sería fácil.
También
pudiera ser que ellos hubieran cambiado y se les hubiera olvidado avisarle,
claro, era muy posible. Se habrían olvidado. Jamás hubieran pasado de él,
¿verdad?
Los
amigos no hacen eso.
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