domingo, 19 de enero de 2014

(Róterdam, 28 de octubre de 1466 - Basilea, 12 de julio de 1536)

Se abre la puerta de madera combada, pintada de blanco con un esmalte duro, que se descascarilla con cada roce, y encuentras varias caras que te miran directamente. No les suenas. Caras altas y bajas, del hemisferio norte y del hemisferio sur. Caras con ojos, como suele ser habitual, ojos azules, marrones y verdes, acompañados todos, sin excepción, por grandes bolsas y ojeras teñidas de púrpura.

Saludas de medio lado, mirando de reojo, con ese saludo internacional que consiste en apretar los labios como si fueras a pronunciar una M larga, alzas las cejas y levantas levemente la frente. Joder no conoces a nadie, no puedes ser mas efusivo. Además, no sabes qué idioma hablan.

Reconoces que ese tío alto (extremadamente alto), con la cara cuadriculada y las facciones angulosas debe ser muy del norte, alemán o sueco. El otro del fondo, rubio y con la cara redonda como una torta de jugoso pan recién hecho debe ser ruso. O de por ahí cerca. Le delatan los ojillos pequeños y juntos.
La china es fácil de reconocer, porque no has visto nunca a nadie en tu vida bailar con menos gracia una cumbia. Sólo puede ser china. O coreana. O japonesa. Chinos, a fin de cuentas.

Hace calor, todos están borrachos y te limitas a seguir a la persona con la que has venido. Conoce a los que viven en la casa, pero no están. Luego descubres que sí que están, obviamente, pero los nervios y la incomodidad no te dejan pensar porque te has dado cuenta de que estás en una habitación.
Hay un ordenador a modo de equipo de música. Un armario. Una cama. Gente tumbada en la cama. Gente tumbada sobre gente que está tumbada en la cama. Y otros tantos bailando, menos la china, la china está haciendo algo parecido a bailar pero no sabrías decir qué hace exactamente.
Todos bailan por parejas. Parejas multirraciales con el libido aumentado por el alcohol y las drogas. Estás metido en un maldito anuncio de Beneton  Colours dirigido por Robert Rodriguez. Surrealista.

No sabes muy bien cómo, pero estás en la cocina. Una cocina amplia, con dos neveras y una pila de piedra. Los fuegos podrían funcionar a leña, pero están cubiertos por una tabla y a su lado reposa un horno con vitrocerámica eléctrica. Les estará saliendo cara la factura de la luz.
Allí están los dueños del piso. Bueno, no dueños, claro, los responsables. Italianos. Se insultan de una punta a otra de la cocina mientras sonríen y te das cuenta de que son primos mediterráneos, a fin de cuentas.
Están todos tan borrachos que no importa que no hayas llevado nada para beber, te vas a acabar todas las existencias que tengan. No importa, de verdad, es un mundo distinto. Y encima te van a  invitar a cenar, o a desayunar, a esas horas uno nunca sabe lo que está haciendo.

Un mejicano, o mexicano, o como se escriba, se te acerca y se presenta. Parece hawaiano, samoano o de por ahí. Pero tanto él como su acento aseguran que son mejicanos. O mexicanos.  Nos pregunta de dónde somos y toma especial cariño a una de las chicas con las que has entrado a esa improvisada reunión de la ONU. Quiere fotos, pero no le interesas tú, solo la chica, así que te pide a ti que las hagas. Cinco años de bellas artes para acabar fotografiando una fiesta. Con un móvil. Y lo peor es que intentas enfocar y componer la imagen, casi estás tentado a pedir que se reorganicen, porque el que va disfrazado de Kiss (con muy poco éxito) descompone ahí atrás, atrayendo toda la luz. Pero recapacitas y pasas, claro, y que salga como sea.
Maldita sea, el móvil hace fotos mejores que cualquiera que haya sacado con una réflex digital.
"Oye, ¿De qué vas?" Suelta bruscamente la chica. Nadie le he dicho nada malo, ni la a tocado en un intento beodo e insistente por ligársela, no, sólo pregunta que de qué va disfrazado uno de los chicos de la cocina. Ese pequeño argentino que no para de cruzar la cocina con movimientos nerviosos. Pero claro, tiene modales del norte y decide omitir en la oración todo aquello que definiese la actitud tranquila y curiosa de su intención.
La miras con reprobación y repites su frase con voz cascada y acento de yonki. Se da cuenta de cómo ha sonado y corrige: "Oye, ¿de qué vas disfrazado?"
"De qué iba, dirás" responde con tranquilidad el argentino. Nos cuenta no se qué de un sombrero y un payaso. Creo que solo ha utilizado la palabra payaso para usar ese característico sonido de la Y /l/ que le define como argentino. O como Uruguayo. No, argentino, porque escuchas de fondo algo de Buenos Aires, todos quieren contar su vida y saber la vuestra, de una manera u otra; además, les hace mucha ilusión cuando descubren que ni siquiera tú eres nativo. 
Uno de los italianos, el que más sonríe, te mira mientras abre la nevera con una mueca que indica, claramente, que no tiene comida. Pero sí hambre. Y ganas de invitarte a cenar. Por suerte es una fiesta donde todo puede ocurrir, así que pasados unos minutos aparece sonriente y triunfante, con las manos en alto gritando: ¡PAAASTAAA!

Alimentando tópicos.
También te alimentará a ti, así que no importa.

Pero ya es excesivamente tarde. O temprano. Los primeros negocios empiezan a abrir ahí fuera, en el mundo real, y crees que es hora de marcharte, sin probar la pasta. Una pena.
Recoges tu abrigo del suelo de la cocina, junto a un charco rodeado de vasos y bricks de diferentes colores, no sabes cómo ha acabado ahí pero sabes y aceptas con resignación que olerá a vino tinto barato durante días. Atraviesas el pasillo, te despides y bajas las escaleras imaginándote las reuniones de la ONU con alcohol, droga y música, todos presentándose en un idioma común y preguntando ¿De dónde sois? ¿Sois de por aquí?
Todo iría mejor, seguro.

Bueno, no, iría igual, joder, no puede salir nada bueno de estas fiestas...pero sería mucho más divertido.

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