Te miro directamente a los ojos y pienso que estoy solo, que tú eres lo único que me queda, la única que sigue ahí, que me quiere tal y como soy y que jamás me abandonará. Te miro y no te digo nada porque no me vas a entender. Te miro y solo pienso en que no te sientes anulada ni estás cansada de ayudarme. Qué afortunado soy. Lo peor de todo es que se te ha acabado el pienso y con este calor da mucha pereza ir al supermercado.
Me interesas tú. Y tú. E incluso tú. Tu vida actual, tu presente cercano, tu acto más trivial. Quiero tu historia, tu tedio, tu aburrimiento y tu alegría. Tu felicidad y tu tristeza, tu emoción y tu frialdad, tu sinceridad y tus mentiras. Necesito tus arrugas, tus ojeras, tu sudor y la pelusa de tu ombligo. Los pelos de tus dedos, tus uñas deformes, los mocos de tu nariz y tu pubis mal depilado. Me cautivan tus talones hinchados por los tacones y la incómoda rozadura roja de tu cuello al roce con la camisa, demasiado ceñida por la corbata. Y cómo sonríes, cómo no le das importancia. Pido tu día a día, lo que haces y luego olvidas. Lo que haces y luego quieres olvidar. Tu vergüenza es lo más interesante. Tu sonrojo es lo que me hace grande.