miércoles, 3 de julio de 2013

POW

No sabes lo que acaba de pasar. Pero ha sido real, lo notas.
¿Alguna vez habéis aspirado agua por la nariz? Estás nadando en la piscina y respiras cuando no debes, justo en el momento en el que una gotita perdida, cabeza de pelotón de otras muchas, avanza con decisión hacia tus orificios nasales, entra con afán exploradora y parece que penetra con armas de ráfaga automáticas en lo más hondo de tu cerebro.
Notas el frío y cómo lo que sea que haya bajo la piel, músculos y huesos de tu frente se deshace en millones de puntitos de electrificantes colores. Y duele. Mucho.

Pues algo así se siente. Después notas el dolor grave y general y el sabor herrumbroso. Pero no deja de ser menos doloroso de lo que parece, porque, con los ojos llorosos, notando cada latido del corazón en la nariz y la sensación de haber respirado muy hondo el gas de un refresco de cola recién abierto, en lo único que piensas es en qué coño acaba de pasar.
La adrenalina también ayuda, claro, pero resulta menos poética para la narración.

Como un idiota posas la mano sobre la superficie hinchada y anestesiada, como si temieses que se fuese a caer, como si pudieses curártelo así de fácil. Y hablas con la mano puesta. Y no se te entiende porque has creado una insonorización de carne perfecta, aparte de que cada vez que mueves los labios te rozan con el diente y prefieres intentar vocalizar sin moverlos. Y no te das cuenta, porque ya no puedes pensar. Intentadlo. No se puede.
Y así sigues, andando por la calle, mientras el mundo sigue a lo suyo, buscando una explicación con la mano puesta sobre tu cara, pero sin tocarla, porque empieza a doler.

Poco a poco empiezan a aparecer los primeros síntomas de lucidez en forma de pensamientos aparentemente lógicos, pero vienen todos juntos, hablando muy alto y sin respetar turno de palabra. Cúrate la herida. Compra analgésicos. Ahí al lado está el ambulatorio. No quiero puntos. ¿Tendré el diente bien? Dios, escuece. Llama a la policía. Que vergüenza que me vean así. Alguien podría ayudarme con un pañuelo o algo. ¿Para qué la policía si el mal ya está hecho?
Mientras, das vueltas sobre ti mismo, intentando elegir hacia dónde dirigirte.

Llegas a casa con una pequeña caja de cartón con suficiente analgésico como para hacer feliz a un suicida, organizado en cómodas píldoras blanquecinas para que el trámite sea más llevadero, que, a su vez, van dentro de un plástico de color plateador.
Todo con un aspecto de limpieza y elegancia que no se corresponde con la escena que estás viviendo. Una caja blanca y azul, con tipografía sencilla y legible, sin serifa. Doblado a la perfección por máquinas que no sangran. Oliendo a antiséptico. Definitivamente los medicamentos no representan aquello a lo que siempre van unidos.
Te tomas el comprimido, solo uno, porque piensas que aun, a pesar de lo ocurrido, no es momento de acabar tu vida. Aunque deseas morir cuando el agua fría, cargada de cal y lejía, roza los cortes interiores del labio.

Pero sonríes. Sonríes al mirarte al espejo porque estás muy feo. Deformado. Hinchado. Los ojos llorosos y las ojeras marcadas. Sonríes del lado izquierdo, porque el derecho está anestesiado y duele. Pero sonríes.

Pasado unos días ya solo queda una pequeña fisura bajo la nariz.

Y la duda de qué es lo que ha pasado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario