lunes, 2 de diciembre de 2013

Extracto (ruptura)

De cómo Helena de Troya deja a Paris, después de una batalla en la que resulta herido en la cara.

A la mañana siguiente me desperté con un dolor continuo en la cara, apenas podía gesticular.
-          Quiero hablar contigo – Helena ya estaba vestida, sentada en su borde de la cama, mirándome con ojeras.
-          Tú dirás – dije cansado y dolorido
-          Lo quiero dejar. Te dejo, lo he pensado un tiempo. Esto no puede seguir.
¡Hey! Un momento, árbitro, tiempo.
Así, de repente. Pues resulta que así fue. Y no me lo esperaba, lo juro.
El tercio medio del rostro está integrado por quince huesos, de los cuales hay tres impares que son el vómer, el etmoides y el esfenoides, y seis pares, el maxilar, el malar, el nasal, el unguis, el cornete inferior y el palatino. Los traumatismos sobre el tercio medio de la cara generalmente producen fracturas que interesan a más de un hueso, ya que esta región está constituida por un conjunto de huesos de paredes delgadas y frágiles unidos estrechamente entre sí por suturas compactas.
-          Tú ya no me quieres, y yo ya no puedo soportarlo más – jamás sabré qué significaba su rostro. Una mezcla de pena, dolor y cabreo. Estaba enfadada conmigo y aun así lloraba por dejarme. – No hay marcha atrás.
-          Bueno, yo, no sé. Me ha pillado de improviso. No entiendo nada.
-          Quedamos esta tarde, no se si vendré a comer, pero esta tarde lo hablamos con tranquilidad.
Sí, claro, a ver si me entero de lo que está pasando. Joder cómo me dolía la cara.
No sabía si me había roto alguno de esos huesos o solo me dolía tanto porque era un quejica.
Los síntomas comunes a casi todas estas fracturas son: movilidad de los fragmentos, crepitación, dolor, impotencia funcional y aumento de volumen de la zona. Me dolía mucho, no podía mover la mandíbula y mi rostro se había hinchado como una lata caducada inflada por el gas de los hongos. No pude saber si se movía algo dentro de mí o si crepitaban los huesecillos, porque solo el roce ya me parecía insoportable.
Aun así era muy probable que solo estuviese magullado. Siempre he sido un quejica. 
-          Hace tiempo que esto no funciona – primera noticia, bueno, no exactamente, pero no pensaba que fuera para tanto. Además tendré que defenderme un poco. Mi cara de gilipollas fue épica – y creo que ahora es el mejor momento.
-          Pero yo te quiero
-          ¿Ahora me dices eso? – dijo, llorando – Hace dos años que espero que me lo digas. Antes solías hacerlo.
-          Bueno, no sé, creo que no hace falta. A Héctor no se lo digo, porque no hace falta, lo sabe. Punto. Y a ti te quiero.
-          ¡Cállate!
-          No, escucha, Héctor sabe que daría mis manos por él. Bueno, la derecha quizás no, la necesito para trabajar, ya sabes.
-          Si, lo entiendo.
-          Claro. ¡Pero daría mi brazo izquierdo sin dudarlo! Él lo sabe, no hace falta que se lo diga.
-          No me jodas.
-          ¿Qué?
Solo tenía una contusión, una lesión determinada por agentes contusos, que no desgarra tegumentos, generalmente no grave. Un puño acompañado de un pomo de metal puede ser considerado un agente contuso. 
Los síntomas a largo plazo son locales: dolor, hemorragia subcutánea, hinchazón e impotencia funcional leve. Los síntomas a largo plazo en lesiones graves son shock, fiebre, pérdida de consciencia y coma.
Definitivamente soy un quejica.
-          Me estás comparando con tu hermano... ¡Soy tu novia!
-          Bueno, ya no.
-          Exacto, ya no…Mira, déjalo, lo hablamos esta tarde. No es buen momento. – se enjugó las lágrimas y me miró – tómate algo, tienes el pómulo fatal.
Se levantó y se marchó. La luz del día era ridículamente bonita, entraba blanca y recortaba nítidas las sombras proyectadas de los objetos del cuarto. Delicioso, perfecto para la situación. ¿Quién cojones es el director de fotografía de mi vida? No me importa su nombre, despídanle. Y decidles a los guionistas que necesito una charla con ellos.
Bueno.
La droga no me la iba a quitar nadie. Ahora tenía motivos para meterme seiscientos miligramos de un derivado de 2-arilpropionato, más concretamente ácido (RS)-2-(4-isobutilfenil) propiónico. Soluble con sabor a naranja; pero no soluble como el azúcar o la sal, ni soluble como uno se imagina algo soluble, más bien soluble como el aceite en agua, de forma que acabas tomando los polvitos del medicamento flotando en el vaso, pero no disueltos.
A la media hora se me había bajado algo la inflamación y empezaba a poder mover la mandíbula sin problemas.

(...)

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