Podría decir que fuera lloraban las nubes, dejándose el aliento en ello, con tristes lágrimas continuas que, mecidas por el aliento de los dioses, viajaban rápido de aquí para allá para recordarnos su sufrimiento.
Pero qué va.
Sólo estaba lloviendo. Sin más.
Y yo sin nada que hacer. Aburrido.
Caía agua de las nubes como solía hacer cada vez que llovía. Nubes grises, continuas, que creaban una capota densa de color terroso. La poca luz que filtraban era ridículamente amarilla.
Joder, lo nunca visto. Amarilla, lo juro.
El viento resultaba molesto. Te golpeaba como el abusón de clase, de manera inesperada y con total impunidad, empujando a su vez las gotitas de lluvia contra su objetivo, convirtiéndolas en pequeñas agujas de agua.
Podían llegar a doler. Si le echabas algo de imaginación, claro.
Por suerte Dios inventó el techo y las ventanas con cristales, lo que me permitía verlo todo de lejos, resguardado. Demos gracias. Todos juntos.
Apoyado sobre la calefacción, notaba que estaba demasiado cerca de la misma en mis tibias, ardiendo, directamente en contacto con el radiador y en la sequedad de mis fosas nasales. Mas tarde me iba a arrepentir, cuando quisiera sonarme. Seguro.
El caso es que quería, no, necesitaba estar tan cerca, colocando la punta de la nariz en el frío cristal, dejando, con cada respiración, una zona de bao condensado, que crecía y crecía.
Y así observaba lo que pasaba fuera. Los árboles tumbados por el viento, la lluvia horizontal, los coches levantando agua...
Desde la seguridad del hogar todo parecía una película. Ya sabéis, cuando vivís algo pero parece que sólo lo estáis observando desde fuera, como a través de una pantalla. Como un sueño. Sin participar. Aburrido.
Tenía muchas ganas de salir.
Es cierto que hacía un tiempo de mierda, es cierto que dentro de casa se estaba mejor, es cierto que a la vuelta vendría acompañado por litros de agua entre las fibras de mi ropa y un precioso resfriado que amenizase mis días. Lo se.
Era consiente.
Pero al menos fuera ocurrían cosas.
(...)
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