-
Esto es ridículo – dijo la chica recostada en la
cama.
Era guapa, las había conseguido mejores, pero además de
guapa tenía algo en la mirada que la diferenciaba de las demás.
-
Es que de verdad, no lo entiendo, eres un poco
gilipollas
Él la miraba desde lejos, en la otra esquina de la
habitación, semi oculto, muy pegado contra la pared. Como un cachorrito
regañado. Callado.
-
Esto no tiene lógica, lógica ninguna – siguió la
chica mientras se tocaba las muñecas, con marcas de cuerdas y rozaduras. Tenía
el labio partido y la camiseta rota - ¡Si no te hacía falta nada de esto!
Hubo un largo tiempo de silencio, mientras buscaba sus
calcetines, perdidos entre las sábanas y la ropa.
-
Me voy. Olvidaré esto. Y tú olvídame a mí.
Adán lo tenía todo. Era guapo y atractivo. Era un imán. Un
maldito Casanova. Era ese tío al que quieres matar porque todas y todos se lo
quieren follar, incluso tu novia enamorada y tu hermana pequeña. Joder hasta tu
abuela querría follárselo.
Pero Adán tenía un problema. Dentro de su aparentemente
amueblada cabeza de tío joven y emprendedor, era un puto violador. Como oís, un
violador. ¿Y cómo se viola cuando todas quieren abrirse de piernas para ti?
Joder, a mi no se me ocurre manera. Y a él tampoco. Eso le mataba.
Lo había probado todo. Había descuidado su imagen,
consiguiendo así un rollo grunge hipster que daba más morbo que asco. Había
probado con disfraces ridículos, lo que le hacía ser un tipo gracioso, además
de guapo. Había probado con actitudes violentas, pero siempre le tocaba la
típica zumbada a al que quiere que la ates y la pegues. Había probado con
bolleras incluso, pero joder, hasta ellas encontraban atractivo su femenina
manera de tratar con ellas. Y que un consolador se parece mucho a una polla,
claro. Un despropósito.
Adán trabajaba de relaciones públicas en una importante empresa
de publicidad. El pack completo. Y se le daba bastante bien, triunfaba, y eso
le llenaba. Pero necesitaba violar. No aguantaba más, le podía esa necesidad,
una chica retorciéndose de dolor, entre lágrimas, bajo su cuerpo cincelado.
Estaba enfermo y lo sabía. Pero que le den, joder, todos
estamos enfermos, pensaba. Había visto en el historial de internet de su jefe
más mierda de la que era capaz de imaginar. Su compañero de trabajo, el nuevo,
le confesó en la última fiesta que le encantaban las mujeres con pene (desde
ese momento entendió que existiera esa categoría en las porno, pensaba que era
por rellenar, pura coña, joder). Una de las últimas chicas a la que intentó
violar le pidió que se cagase encima. Así que sólo era hijo de su tiempo.
Él sólo pretendía un poco de llanto.
Pero esta vez lo iba a conseguir.
Había tenido que mover todos los muebles del salón y bajar
las persianas, por si acaso. No pensó en esto cuando se le ocurrió la idea.
Como toda su generación, era un consumidor de la cultura
audiovisual norteamericana y por ello había contado con un sótano, pero, joder,
la vida real, sólo disponía de un piso. Suerte que era un bajo, al menos no
molestaría a nadie del piso inferior.
El sofá puesto contra la pared y la mesita del salón en la
cocina, lo cual era un incordio a la hora de cocinar. Tenía la tibia destrozada
y llena de cardenales al patear las esquinas de la mesita cada vez que me
acercaba a la encimera. Pero no había más espacio, el piso era pequeño y estaba
lleno de muebles enormes y figuritas de porcelana.
La casa de la abuela.
En el medio de todo el espacio que había podido crear había
plantado una silla de madera verde, con flores pintadas a mano, y sobre la
silla estaba la chica. Maniatada y con cinta americana sobre la boca.
Era ciega. Del todo. No podía ver lo guapo que era Adán y se
había ocupado de cubrir su cuerpo con cojines y mantas para engañar al tacto de
la chica, lo que le hacía sudar y oler mal. Todo era perfecto. Lo tenía al fin.
La chica intentó murmurar algo, sin éxito. No es fácil
hablar con una tira de cinta, es lógico, y pensó que quizás era el momento de
dejarla hablar. Quizás iba aquejarse y llorar. Es lo que él haría.
Se levantó y se acercó a ella, le agarró la cara con cuidado
y notó la suavidad de su rostro, llevándole a otras épocas. Épocas donde las
cosas tenían algo de sentido. Con la otra mano agarró uno de los extremos de la
cinta y tiró poco a poco, no quería hacerle daño.
-
¿Quién eres? ¿qué quieres? – pregunto al chica.
Muy calmada. Muy, muy calmada joder, demasiado. Tantos años de fracasos le
auguraban lo peor.
Las fotos de la infancia le observaban desde cualquier
rincón. Sobre tapetes de ganchillo con más de 50 años de antigüedad descansaban
cientos de portafotos con imágenes de su padre y sus hermanos, cuando eran
jóvenes, fotografías granuladas con unos colores particularmente
característicos; entre medias él mismo se observaba, sonriente, con diez o doce
años. Una foto del colegio, esas con fondo neutro, de color celeste. Horrible.
-
¡Responde! – insistió
-
Cállate, te he traído para violarte
-
Muy directo
-
¿Qué?
-
Que has sido muy directo, no se, ha perdido
fuelle toda la parafernalia de atarme y tal.
Adán no sabía dónde meterse. Puta niñata. Cómo era capaz de
aguatar así y cómo se atrevía a ser tan insolente. Es cierto que no fue su
mejor discurso, claro, pero estaba nervioso, no se le podía pedir más.
-
Siento haberte jodido el espectáculo chaval,
pero es que noto algo raro. Verás, me has traído sin hacerme daño, me has
sentado sobre la silla, me has atado con cuidado y en cuanto me he quejado un
poco me has quitado la cinta. Y ahora me dices que me vas a violar…Te has
vendido demasiado bien, casi estoy por dejarme.
-
No, pero..yo…no te va gustar…era, era para engañarte
-
No jodas jajajajaa – rió la chica ciega – no vas
a hacerme nada, anda, quítate los cojines y la máscara y déjame verte – alargó los
brazos tendiéndole las manos.
-
No, no, por favor.
-
Bueno, pues, ¿tienes café? Al menos para pasar
el rato hasta que te decidas por algo.
Adán dudó, no era la manera, se le estaba yendo de las manos
otra vez. Ni siquiera había pasado a la violencia, joder, tenía que haber sido
violento desde el principio. Otro fracaso a su lista. En fin. A la mierda.
-
No tengo azúcar aquí.
-
Lo tomo sin.
Puso la cafetera en el fuego y esperó un rato, pero escuchó
un ruido fuera y salió al salón.
Cuando llegó a la sala la chica estaba de pie, desatada, con
un cigarro en la boca.
-
¡Eh! ¡Eh! ¿Qué haces? ¡Vuelve a la silla!
-
Tranquilo, ya me siento, pero no hace falta que
me ates
-
Joder, ¿cómo lo has hecho?
-
Me has atado fatal, pero no te preocupes, a ver,
vamos a hablar esto tranquilamente.
-
¡No! ¡Vuelve a la silla! – gritó de rabia –
ahora traigo el café
Buscó algo de comer y pensó en el olor acre e intenso a
vieja que impregnaba toda la casa, con asco, hasta que escuchó el grito agudo y
ahogado.
Salió de la cocina corriendo, con el corazón en la garganta,
hasta el salón, donde le esperaban dos tipos. Uno tenía a la chica,
reteniéndola con un cuchillo en el cuello.
-
Hola – dijo. Por ser educado.
-
Hola – respondió el más grande de los dos, que
no sobrepasaba el metro setenta y cinco, rapado.
-
¿Se puede saber quiénes son y qué hacen aquí?
-
Soy el del gas, no te jode. Hemos entrado a
robar y nos hemos encontrado con tu preciosa muñequita.
-
No es mi…nada, es igual
-
Cállate y escucha, dime dónde están los objetos
de valor, os quedáis calladitos sin llamar a la policía y todo bien.
-
No sé dónde están
-
Miente – apunto el más bajito, con una voz
grave, mientras sostenía a la chica
-
No, en serio, es la casa de mi abuela…a ver,
supongo que en su dormitorio. Pero, por favor, no lo dejéis todo desordenado
-
No, tranquilo chico, que lo dejamos todo tal
cual – respondió el más alto con una sonrisa, se acercó a él y le propinó un
fuerte puñetazo en la cara que sonó a hueso roto.
-
¡Ah! ¡Joder, capullo! – gritó Adán – Déjala en
paz, soltadla. ¿No veis que es ciega? Un poco de compasión.
La chica rió. Compasión, dice el
que quería violarla.
-
¿De qué mierdas te ríes? – preguntó el pequeño
-
De nada, de nada – respondió – cosas de ciegos…
Ninguno respondió.
Con ojos rojos el pequeño caco encontró la cinta americana y
con ella ató a la chica en la silla. “Ya estamos otra vez” musitó ella, pero el
ladronzuelo no le hizo caso.
-
Vigila al guapo, voy a ver qué hay.
-
Así que encima guapo – dijo ella
Adán pensó que era su momento, que podía con su atacante, ya
que le sacaba al menso dos cabezas y alguna que otra espalda. Se lanzó contra él
con toda su fuerza, tensando sus trabajados músculos de gimnasio y consiguió
propinarle un fuerte golpe en la mano para que tirase el cuchillo.
Esto cabreó mucho al rapado, que se levantó en guardia y comenzó
a dar un recital de boxeo. Arriba, abajo, arriba, dentro, fuera. Buena
respiración, movimientos rápidos y sueltos, sin parar de moverse. Precioso.
Adán acabó tendido en el suelo, sin un diente y algunos cortes
en el pómulo y las cejas, pidiendo clemencia con la mano y un ojo completamente
tapado por la sangre.
-
Y ahora queitecito. Esta vez de verdad.
-
¡Ya está, lo tengo! – gritó con voz profunda el
más pequeño – Nos piramos…jooooder, cómo te has pasado con el guaperas, tío.
Bah, que le den. Vámonos, no queremos interrumpir a la pareja.
Y se fueron.
Así, sin más. Con la cara partida y su última oportunidad de
violar convertida en un show de terceros. La chica, atada a una silla y esta
vez correctamente, le preguntaba con dulzura. Cómo estás, cómo te encuentras y
esas mierdas. Pero él prefería no escuchar. No, joder. A tomar por culo todo.
Se levantó y se fue a lavar, con suerte las cicatrices le
dejarían desfigurado, aunque lo dudaba, sabía lo bien que le curaban las
heridas. Desató a la chica y la dejó donde la había raptado.
-
Un día movidito – dijo ella
-
No estoy para bromas, ¿vale?
-
Perdona, bueno, si quieres, me puedes llamar –
le dictó su número y él lo apuntó en el móvil – tenemos que terminar la charla,
esta vez sin tonterías, ¿eh? - y rió con
dureza.
-
Sí – respondió, con voz débil y abatida.
Adán no la llamó, siguió con su vida normal. Los compañeros alababan
su historia, se la hacían repetir y envidiaban sus cicatrices, que creaban una
especie de enfermizo morbo en las chicas que le miraban. Imposible. Su sino era
ser así.
A la mierda todo. Llamaría a la chica y olvidaría su sueño
violador con una chica amable y simpática, para la cual, su físico no
importaba. Un sueño precioso, el mejor final de la historia. Pero nadie
respondía al otro lado. Apagado o fuera de cobertura. Así día tras día.
Una semana.
Un mes.
Y dejó de llamar…
Así que se resignó a sonreír y ser el mejor en su trabajo,
era lo único a lo que podía aspirar, admitió la frustración y la incluyó en su
forma de vida. Porque, como todo el mundo, nunca podría llegar a ser lo que
deseaba y tenía que convivir con la realidad de que, como todo el mundo, de una
manera u otra, era un puto enfermo frustrado.
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